Cataluña, comunidad fallida

Santiago Navajas

Se ha discutido mucho sobre las fechas de las elecciones en Cataluña. Que se realicen el 14F, amenazados los ciudadanos en las urnas por la tercera ola de la pandemia, es uno más de los atentados contra la salud pública que ha perpetrado el gobierno socialista en general y Salvador Ílla en particular. Sin embargo, el verdadero debate debería ser si se reúnen las condiciones necesarias para que haya elecciones en absoluto, ya que la mitad de la población está amenazada por una pandemia crónica que asola la comunidad hace décadas, el nacionalismo.

Los ataques a Vox, la intimidación contra el PP, el acoso contra Ciudadanos (que también se produce en el País Vasco) muestran que Cataluña es una comunidad fallida. La combinación de casta extractiva e ideología xenófoba, ambas el común denominador de la derecha y la izquierda nacionalistas, produce una situación de golpe de estado permanente y de sociedad en latente, cada vez más explícita, guerra civil.

Cataluña se caracteriza por su fracaso social, cultural, político e incluso económico. Es una sociedad fracturada y corrupta, acomplejada y miedosa, que reacciona de manera intrínsecamente autoritaria y del que se tienen que exiliar los disidentes de los dogmas nacionalistas. Que en un país como España haya refugiados y desplazados pone también en riesgo al país en su conjunto, que ha vuelto a renovar la calificación de “democracia plena” a pesar de la situación de extrema fragilidad que se vive en Barcelona o Gerona pero también en Alsasua o San Sebastián.

La violencia nacionalista no sería posible sin la complicidad del PSE que ante los ataques recibidos por Vox ha publicado un tuit en el que afirman condenar “todos los actos violentos sea quien sea el autor”. En la noche nacionalista de Cataluña todas las camisas son pardas para los socialistas, que se ofrecen a dialogar con la versión catalana del líder de la extrema izquierda vasca al que convirtieron en “hombre de paz”.

Sentenció el Tribunal Supremo que el golpe de Estado por parte de los socialistas había sido sólo una ensoñación, por lo que no castigó a sus principales perpetradores por rebeldía sino únicamente por sedición. Pero la auténtica ensoñación es la que vive la élite política española, con Sánchez de oportunista sin escrúpulos y Casado de fosilizado convidado de piedra, teniendo el Parlamento sometido al chantaje permanente de los nacionalistas que en sus territorios nativos se manifiestan con nocturnidad y alevosía, mientras el Estado, cuyo principal función debería ser el monopolio legítimo de la fuerza para proteger a los pacíficos y reprimir a los violentos, se difumina hasta convertirse en un espectro, dejando a los nacionalistas cancha libre para imponer la inmersión lingüística, el terror electoral y, en el horizonte, otro referéndum amañado e ilegal. Lo que para jueces cómodamente asentados en Madrid es ensoñación para los ciudadanos de Tarragona y Lérida es adoctrinamiento cotidiano en las escuelas, intimidación constante en las calles y ofensas habituales desde las instituciones políticas (entre ellas, TV3).

Explicaba el escritor catalán, tan brillante en catalán como en español, Terenci Moix que el régimen del Imperator Pujol (como lo llamaba) era una dictadura. Moix, que detestaba la “Catalunya” profunda de butifarra y caganers se hubiese horrorizado ante la deriva fascistoide, a la vez hortera y cursi, de su patria pequeña reducida a ser un regímen híbrido, democrático en español, dictatorial en catalán.

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