Los hipócritas y degenerados de las vacunas

Pablo Planas

Hay grandes dosis de hipocresía y de mala conciencia en la exhibición impúdica de las primeras abuelas vacunadas contra el coronavirus. Durante la primera fase de la pandemia, las residencias de mayores eran algo así como el centro de Chernóbil después de la explosión nuclear. Los ancianos fueron abandonados a su suerte. Morían solos, algunos de inanición, sin cuidados de ningún tipo. Sólo el Ejército se atrevía a entrar para recoger cadáveres y desinfectar las instalaciones. El gran Pablo Iglesias, ese superhombre de la nueva política, dijo que se quedaba con las competencias de los centros, pero ante las primeras noticias sobre la elevada mortalidad se quitó de en medio.

Hay miles de denuncias por homicidio imprudente, abandono, trato degradante y lesiones, pero la mayoría de los juristas cree que no van a prosperar. Tal vez por la vía civil se consigan algunas indemnizaciones, pero es difícil que se haga justicia. Entre otras razones por el nulo interés del Gobierno y los gobiernillos regionales, así como de la Fiscalía.

Durante lo peor de la pandemia hubo hospitales, muchos hospitales, que negaron el ingreso a personas procedentes de geriátricos porque estaban saturados y se aplicaban criterios de medicina de guerra. La Generalidad catalana instó al personal sanitario a recomendar a los familiares que dejaran a sus mayores morir en casa porque así al menos lo harían rodeados de sus seres queridos.

Ahora, en cambio, las autoridades políticas exhiben su presunto buen corazón con los ancianos, que son los primeros en recibir la vacuna. Dados los antecedentes, no sería de extrañar que en realidad se les esté utilizando como cobayas de unas vacunas elaboradas en unos plazos muy inferiores a los habituales.

Está quedando al descubierto la cara más grosera y lamentable de los políticos. Esas pegatinas del Gobierno en los embalajes. La fotografía del candidato de ERC y vicepresidente regional, Pere Aragonès, con la primera vacunada de Cataluña en una residencia saltándose todas las restricciones y recomendaciones de su propio Gobierno. Los degenerados que se quejan en Twitter de que tal abuela "no es catalana ni habla catalán". O esa pobre mujer, Pilar Cancela, diputada del PSOE, que afirma que las vacunas las paga el Gobierno y que se siente "muy orgullosa de pertenecer al PSOE y contribuir a la mejora de la vida de todas las mujeres y hombres que hoy pueden vacunarse gracias al buen hacer de Sánchez". Hay que ser mezquina, fanática e ignorante para proferir semejantes idioteces.

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