Guerra tras la guerra contra el Estado Islámico

Pablo Molina

La campaña militar internacional contra el califato terrorista proclamado por Abubaker al Bagdadi está recuperando grandes extensiones de territorio. La organización islamista se cada vez más restringida en sus movimientos y con un menor control sobre las zonas que tenía en su poder desde la ofensiva que lanzó en Irak en junio de 2014, cuando llegó a controlar una porción importante de ese país y también de Siria.

Todo parece indicar que el Estado Islámico va a seguir sufriendo golpes por parte de la coalición internacional liderada por EEUU, pero el final de la organización terrorista, en caso de que se acabe con ella, no va a suponer el remedio de todos los males de Oriente Medio. De hecho, su desaparición dará lugar a la erupción de nuevos conflictos que permanecen larvados por la urgencia de acabar con un actor que todos los demás consideran, de momento, el enemigo común.

Como explica aquí la corresponsal del Washington Post en Beirut, en la batalla contra el EI están implicados grupos que, a su vez, son enemigos entre sí. Es muy probable, por tanto, que, desaparecida o reducida a su mínima expresión esa amenaza, las distintas fuerzas presentes en la zona conviertan las tensiones soterradas en conflictos bélicos abiertos, a fin de conquistar sus objetivos particulares.

Para los kurdos, una etnia sin entidad estatal repartida por Irak, Siria, Turquía e Irán, y con serios conflictos con los regímenes de esos países, es una especie de ahora o nunca. Los kurdos, desde luego, van a lidiar en diversos escenarios para alcanzar finalmente su objetivo de tener un Estado propio, algo que se antoja muy difícil por las numerosas divisiones internas que padecen.

Las milicias kurdas desplegadas en Siria van a tener que combatir a las milicias árabes patrocinadas por Turquía, que ve en la creación del Kurdistán una seria amenaza a su soberanía nacional. El hecho de que las milicias kurdas cuenten con el apoyo de EEUU por su eficacia en la lucha contra el EI introduce un elemento de mayor gravedad en este conflicto que, tarde o temprano, acabará cobrando fuerza.

Para alcanzar su meta de tener un Estado propio, los propios kurdos deben antes forjar un acuerdo interno de unidad, algo que parece poco probable, dadas sus actuales divisiones. Los kurdos de Irak, por ejemplo, están separados en dos facciones férreamente opuestas que llegaron a combatir en una sangrienta guerra civil en los años 90 del siglo pasado.

Luego está la permanente batalla entre suníes y chiíes, que la lucha contra el Estado Islámico no ha conseguido atenuar. Las conquistas de localidades de mayoría chií o suní son seguidas de abusos de todo tipo por la secta victoriosa contra la derrotada, lo que alimenta las condiciones para una nueva guerra en la que estarían implicadas las dos principales potencias de la región, Arabia Saudí en el bando suní e Irán en el chií.

A menos que las fuerzas internacionales aplasten por completo al EI y erradiquen toda amenaza futura por parte de esta organización, algo que no parece probable, quedará un núcleo de resistencia que seguirá haciendo la guerra contra todos, como vienen haciendo hasta ahora los hombres de Bagdadi.

Por todo ello, quien piense que acabar con el califato terrorista traerá la paz a Oriente Medio debería reflexionar sobre las tensiones que existen entre los que combaten a esa amenaza global, que, tarde o temprano, acabarán poniéndose de manifiesto con toda su virulencia.

© Revista El Medio

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