Reunión de ministros, lobo muerto

Miguel del Pino

Cuando menos lo esperábamos, cuando estábamos implicados en gravísimos problemas sanitarios, económicos y sociales, las declaraciones de la Ministra de “transición ecológica”, vaya nombrecito del departamento, desata de pronto la “guerra del lobo” al asumir plenamente las tesis ecologistas: “lobo vivo, lobo protegido”, lo que desata la protesta del Ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación que se pone inmediatamente de parte de los ganaderos que conviven con el cánido, en definitiva: ¡pobre lobo!

Porque el lobo, es decir las manadas de lobos que sobreviven en España, especialmente al norte del Duero, no necesita polémicas apasionadas sino gestión eficaz, que es precisamente lo que hay que exigir a los políticos.

Una especie joya de muy difícil gestión

Nadie puede poner en duda que el lobo es un animal emblemático de la fauna española, de hecho el lobo ibérico es una especie única, Canis lupus signatus, después de la persecución a muerte que viene soportando por parte del hombre desde el neolítico, y que fue especialmente cruenta durante la primera mitad del Siglo XX. Parece increíble que se haya salvado de la extinción

A la hora de gestionar los últimos efectivos supervivientes del lobo ibérico hay que partir de profesionales con suficientes conocimientos no sólo zoológicos, sino también económicos y sociológicos. La unidad funcional del lobo no es el individuo sino la manada, y en estos momentos los censos arrojan la cifra de aproximadamente doscientas cincuenta manadas de lobos.

El funcionamiento social de las manadas de lobos requiere evitar abatir ejemplares aislados ya que con ello se desestabilizaría el grupo y los desconcertados individuos se dispersarían por el territorio o buscarían otros nuevos, tornándose mucho más peligrosos y difíciles de controlar.

Dejando al margen lo referente a la mitología, a la superstición o a la literatura cinegética, el corazón de la polémica sobre el lobo se encuentra en los daños que sus ataques causan a los ganaderos de extensivo, especialmente al ganado lanar pero también al vacuno o al caballar, en estos casos sobre todo a sus recentales: terneros y potros respectivamente. En tiempos en que la supervivencia de este tipo de explotaciones ganaderas de extensivo pasa por las grandes dificultades propias de la llamada “España vaciada” es muy fácil desatar el odio de la opinión pública contra el lobo, y a partir de aquí volver a las campañas de exterminio y terminar definitivamente con los últimos efectivos de la especie.

Suele decirse que desde la ciudad se idealiza y mitifica al lobo, mientras en el medio rural y especialmente en ambientes ganaderos se le odia hasta convertirlo en una criatura diabólica. ¿Seremos capaces de llegar a un equilibrio práctico y científico propio del nivel cultural que se supone a un país como España? Viendo la polémica entre ministros no somos demasiado optimistas.

Hablemos con los ganaderos

Suelen decir los ganaderos que la especie en peligro de extinción no son los lobos, sino ellos. Resulta patético contemplar cómo los políticos que llevan al menos los dos últimos siglos “vaciando España” por no atender suficientemente el medio rural y por no realizar en el mismo las reformas necesarias para su supervivencia, encuentran en el lobo la ideal cabeza de turco. No destrozaron la cabaña lechera cantábrica los lobos, sino las malas negociaciones con lo que entonces se llamaba “Mercado común”, por no buscar más que un ejemplo.

¿Piensan de verdad los ganaderos de extensivo eternamente abandonados a su suerte, y castigados por guerras de precios y falta de creación de infraestructuras rurales y locales, que la extinción del lobo en su entorno acabaría con sus problemas? Antes bien la realidad nos llevaría a desenlaces muy diferentes.

La ganadería extensiva del futuro deberá integrarse en entornos ecológicamente sostenibles y equilibrados, complementada con turismo ecológico, con caza bien gestionada, con explotación de casas rurales y con toda clase de complementos que permitan a las poblaciones ganaderas contar con los ingresos necesarios para evitar la despoblación, que es un enemigo muchísimo más temible que el lobo.

Si los lobos generan ingresos que hacen los entornos lobunos más rentables que los despoblados, los ganaderos dejarán de considerar al cánido su peor enemigo y por lo menos pasarán, si no a valorarlo positivamente, al menos en principio a soportarlo.

Lo primero que hay que preguntar a los ganaderos cuyas explotaciones que cuentan con lobos en su entorno sería: ¿Qué necesitan ustedes para poder soportar la presión predatoria del cánido? No nos referimos solo a las indemnizaciones en caso de los ataques a los que llaman “lobadas”, sino también a incentivos y subvenciones por el propio hecho de contribuir con su trabajo a que se mantenga en buen estado el estado silvestre de su medio, lobo incluido.

Para convivir con el lobo la ganadería extensiva necesita los sistemas de cercado electrificado conocidos como “pastores eléctricos”, de apriscos seguros y de mastines cuyos gastos, tanto veterinarios como de sustitución de ejemplares deben correr a cargo de la Administración; todo ello, al igual que las indemnizaciones en su caso, sin burocracia ni dilaciones.

La gestión del oso pardo en el Principado de Asturias ofrece un ejemplo de excelencia que ha conseguido evitar la mayor parte de los problemas que hace décadas afectaban a esta otra joya zoológica; se han plantado frutales y colmenares para desviar la atención del oso y alejarlo de los cultivos de los paisanos y se ha trabajado en el fomento del turismo rural para que un terreno osero sea más rentable que otro similar en el que haya extinguido el plantígrado.

Hagamos gestión ecológica

No todas las actividades del lobo son negativas para el ganado: en algunos Parques Nacionales de los Estados Unidos devastados por los incendios, la introducción del lobo ha conseguido nivelar la población de los grandes ciervos Wapiti que asolaban, por excesivos, los mejores pastos del sotobosque; en nuestro entorno hispano, el lobo mantiene a los herbívoros silvestres en movimiento constante, sin dejarlos asentarse en zonas concretas de los pastos, que resultan así mejor aprovechables por el ganado. Donde haya lobos debe fomentarse la presencia del corzo, su principal presa natural, y también del jabalí, hoy convertido en especie plaga.

En algunos puntos determinados donde sea demostrable la incompatibilidad entre ganado y lobo podría recurrirse a la captura y reconducción de algunas manadas a zonas cercadas suficientemente grandes donde pudieran convertirse en objeto de turismo de observación; y si se recurriera a la triste solución de eliminar algunos ejemplares especialmente incisivos por sus “lobadas”, entraríamos en otra polémica: ¿cazadores o agentes forestales? Como escuché decir en un coloquio sobre el tema a uno de los mayores expertos, el biólogo Juan Carlos Blanco, “al lobo le da lo mismo”.

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