La letal arrogancia de este Gobierno

Marcel Gascón Barberá

Con la negligencia podía contar. Estamos gobernados por apparátchiki de medio pelo agresivamente ideologizados. Y sería una gran sorpresa descubrir que uno, solo uno entre los instagramers abonados al eslogan que aquí cortan el bacalao, hubiera atendido no ya con rigor, solo con una mínima atención desprejuiciada a la realidad, al detalle, a alguno de los asuntos públicos sobre los que decide.

Más chocante me ha resultado la arrogancia con que hasta esta misma semana han tratado la amenaza del coronavirus. Y cómo esa red de cuadros expertos que creemos que sostienen la estructura del Estado en la sombra no ha podido conjurarla para imponer la necesidad de medidas que a cualquiera medianamente consciente le dictaba el precedente de Italia.

En las declaraciones oficiales de los ministros, y a través de eso que llaman con bellísima precisión conspirativa sus "terminales mediáticas", quienes mandan en España hicieron gala desde que surgió el virus en China de una arrogancia adolescente francamente escandalosa e incompatible con cualquier tarea de gestión o gobierno.

El virus no ha llegado a España ni va a llegar, y si llegara contagiará a muy pocos y en ningún caso nos supondría un gran problema, dijo el inefable Simón, todo flacidez y desaliño, por fuera y por dentro, y la voz elegida por el Gobierno para explicar la reacción de a crisis. El mensaje oficial fue repetido mil veces en las televisiones y periódicos afines a Moncloa.

Simón daba tranquilidad, prometía seguridad sin dar ningún dato o hecho concreto que justificara el mensaje. España no debía preocuparse porque lo decía Fernando Simón. Como si por alguna razón que no podía compartir los españoles estuviéramos a salvo de un virus que ya había infectado a centenares de personas en todo el mundo y seguía expandiéndose por cada vez más países, también en Europa.

Esa despreocupación, construida en parte colgando el sambenito de 'paleto' a todo el que reconociera miedo o empezara a tomar precauciones, fue fundamental para poder seguir adelante con las manifestaciones del feminismo anticapitalista del 8 de marzo.

Medio Gobierno de España (o quizá solo un tercio, que más que un Gobierno pagamos la plantilla entera de un equipo de fútbol) salió ese día a la calle y convocó a cientos de miles de personas en todo al país a hacer lo mismo, ignorando los consejos médicos más básicos y el más elemental sentido común para protegerse de una epidemia.

Todos tenían claro que no convenía, y los gritos y los saltos de las ministras de la boina de chulapo, el pañuelo y los guantes morados que en representación del Estado –¿el Estado opresor que es un macho violador?– desfilaron por Madrid con el ministro Marlaska no iban a salvar a una sola mujer amenazada por el cafre que eligió o le tocó por marido. Pero ¿iba a hacer un virus inoportuno que renunciaran a salir de despedida de soltera, después de tantos meses preparándose?

Tan responsable como ellas fue, por supuesto, su jefe Sánchez, y un poco menos, pero solo porque no tienen responsabilidades nacionales de gobierno, los políticos de oposición dispuestos a acostumbrarse al papel de gusano en las representaciones europeas de los actos de repudio cubanos.

Quizá no se atrevieron a posicionarse en contra de las marchas por miedo, para evitar que les llamaran machistas y les metieran en el saco de Vox. Pero lo cierto es que cedieron a ese miedo, ¿y qué es hacer alta política sino pagar el precio de la calumnia demagógica en aras del bien común?

(Mención aparte merece el monumental error de Vox en Vistalegre, por el que le honra haber pedido perdón. ¿Qué otra cosa podría haber hecho después del positivo de Ortega Smith?, preguntan algunos. Podría haber hecho lo que ha hecho el Gobierno después de convocar al 8-M).

La actitud del Gobierno y sus palmeros de la prensa y la intelectualidad en el primer capítulo de esta crisis que se promete larga y dolorosa es de un narcisismo adolescente de consecuencias gravísimas. Como la realidad no les convenía, el Gobierno de Sánchez y quienes le acompañaron en la minimización del peligro del coronavirus decidieron ignorarla y avanzar con sus consignas hacia el precipicio. (Algo no muy distinto, si se piensa bien, han hecho hasta ahora los socialistas con todas las crisis económicas).

Por suerte para ellos, parecen tener bula. Gracias a la alucinante flexibilidad perceptiva de una parte sustancial de la sociedad devastada, hasta perder el equilibrio cognitivo, por la totalizarización ideológica. Y gracias también a la imponente capacidad de propaganda de la izquierda, siempre capaz de presentarse como oposición cuando le quema la responsabilidad de gobierno con que por hechos mucho menos graves achicharró a otros.

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