Por mal camino

Luis Herrero

En un lúcido ensayo que no me canso de recomendar desde que cayó en mis manos (2017, ediciones Deusto), el investigador David Jiménez Torres le sigue el rastro a la onda expansiva que provocó el golpe independentista del 1 de octubre. Muchas de las consecuencias de aquella machada independentista, que marcó un antes y un después en la política española, están todavía por aflorar. Otras ya han salido a la superficie. Una de ellas es el despunte de Vox.

"El auge de Vox —sostiene David Jiménez en su ensayo— fue también una respuesta a la incapacidad del Partido Popular de Mariano Rajoy de afrontar aquella situación de forma satisfactoria para muchos de sus votantes". La idea que anidaba en el ánimo de aquellos electores desencantados era que la defensa de la Constitución sólo se podía garantizar desde posturas fuertes y desacomplejadas. Por eso, frente a la tibieza meliflua de Rajoy emergió la energía testicular de Abascal. 

El desánimo no cundió solo entre el electorado del PP. También hizo mella entre su militancia. "Cuesta pensar —escribe Jiménez Torres— que Pablo Casado se hubiera impuesto a Soraya Sáenz de Santamaría en las primarias de 2018 si no fuera por el enorme descrédito que para ésta supuso, ante sus propios simpatizantes, la pésima gestión del 1-O". 

Si aceptamos esa premisa, una de las grandes dudas que debe aclarar el resultado electoral del domingo es si Casado, dos años y medio después de haber llegado a la presidencia del principal partido de la Oposición, ha sido capaz de borrar de la cabeza de su gente la imagen de indolencia que proyectó, durante los peores momentos del desafío independentista, el Gobierno de Rajoy. Por eso se antoja tan importante lo que hemos dado en llamar "la batalla del sorpasso" catalán.

Que el partido abascalista va a tener representación en el Parlament es un fijo en la quiniela que no discute ninguna de las encuestas, públicas y privadas, que han venido publicándose durante el último año. Pero no es lo mismo que esa representación se quede a mucha distancia de la que obtenga el PP —lo que podría interpretarse como una consecuencia benéfica del efecto Casado—, o que se aproxime al empate.

Dicho de otra forma: o el caudillo de la derecha es capaz de demostrar que ha comenzado a recuperar la confianza perdida de su electorado, manteniendo a raya al partido que surgió como consecuencia del desencanto de los suyos, o su liderazgo quedará tocado del ala. Y no sólo tocado, sino directamente maltrecho, o incluso desahuciado, si llega a consumarse el temido sorpasso de Vox que ya empiezan a pronosticar algunas encuestas. 

El viernes se publicó una de DYM —dejemos al margen las de Tezanos por higiene intelectual— que auguraba un  espectacular cataclismo para el principal partido de la derecha. Según ese instituto demoscópico, que en otras contiendas electorados ha demostrado bastante puntería, los de Abascal doblarán en escaños a los de Casado (6-8 frente a 3-4) y les sacarán más de dos puntos en porcentaje de voto (5’8 % frente  a 3,5 %). El acabose. 

Con todo, no es eso lo peor del vaticinio. Lo peor es que, si esos datos se aproximan a la realidad del recuento, el PP no sólo no habrá progresado una sola décima respecto al resultado de hace cuatro años —el peor de su historia— sino que habrá retrocedido siete. Casado no será la imagen del inicio de la remontada, sino la del espeleólogo que hizo más profunda la sima de la debacle. No quiero ni pensar en las consecuencias de tamaña hecatombe.

Vaya por delante, de todas formas, que a mí me cuesta mucho pensar que ese pronóstico tan desastroso vaya a verificarse el 14-F. He consultado con muchos de los gurús que escrutan los hígados de las ocas y ninguno —¡ni siquiera Tezanos!— es tan extremadamente pesimista. El PP, según la mayoría de los arúspices, tendrá mejores resultados que Vox. Aunque eso sí: todos coinciden en que el margen de sus marcas no será demasiado amplio. ¿Lo suficiente para que Casado salve los muebles? Uffff, eso no está muy claro. Habrá que verlo —sostienen— en la foto finish. La encuesta de Sigma dos que hemos conocido este domingo avala esa tesis.

Cuando el PP decidió revolverse contra Vox en la moción de censura del pasado mes de octubre, para solaz y regocijo de los barones del PP, yo escribí que en mi humilde opinión se equivocaba de lugar y de momento. Ponerle peros a la censura a Sánchez, por miedo a apoyar a un candidato alternativo que no tenía ninguna posibilidad de ganar la votación, me resultaba difícil de entender. Y más cuando vi que la ruptura se producía en medio de una incandescencia dialéctica tan tórrida.

¿Qué ganaba Casado promoviendo aquella acometida feroz contra Abascal en vísperas de unas elecciones que iban a medir, meses después, el equilibrio de fuerzas entre uno y otro, y además en el territorio donde Rajoy había cavado su tumba? Venía de cargarse como portavoz parlamentaria a Cayetana Alvarez de Toledo, epítome de la fortaleza y la ausencia de complejos que reclamaban los electores desencantados con la tibieza del PP a la hora de encarar el desafío independentista, y encima se permitía el lujo de dar la sensación de haber sido abducido por el discurso marianista que se suponía que había venido a enmendar. Demasiado riesgo.

No sé si las urnas del próximo domingo me darán la razón o me taparán la boca, pero salvo sorpresa mayúscula agazapada en el voto oculto parece claro que, en todo caso, ratificarán que Casado no va por buen camino.  

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