Persiguiendo a Chaves Nogales

Luis Herrero Goldáraz

La siniestra mente que mueve los hilos y utiliza el poder de la televisión para dominarnos a todos, ya se sabe, nos ha hecho creer durante generaciones que las despedidas eran odiosas y los regresos liberadores. Quizás por eso ahora haya tanta gente cortocircuitando por los deseos del emérito, que se fue de España como Griezmann del Atleti y quiere volver igual que un anciano cuya avanzada edad le ha dejado sin visión suficiente para testar los ánimos de la sociedad. Pocas cosas hay más tristes que constatar la decadencia de cerca. De ahí que algunos sólo puedan mirar a don Juan Carlos como lo harían ante las ruinas de Cartago. El hombre que fue capaz de escuchar las esperanzas de los españoles y les brindó la posibilidad de gobernarse a sí mismos actúa ahora como si la vida se pareciese a los anuncios de El Almendro. Uno se lo imagina bajando del avión sonriente, con los brazos extendidos, abandonado a la esperanza de que el espíritu navideño haga su magia y lave sus pecados ante un ejército de ancianas locas de contentas por el regreso del hijo pródigo; y sin embargo lo más probable es que el único dispuesto a recibirle con un abrazo sea Pablo Iglesias, consciente desde hace tiempo de que pocas veces tendrá tan a mano mojar el filo de su navaja con la sangre azul de los Borbones.

La historia guarda paradojas llamativas para que los escritores puedan hacerse los interesantes en sus textos. Así sucede en estos días que los autoproclamados republicanos sueñan con el regreso del rey y los monárquicos con tenerle lejos, no vaya a ser que los primeros terminen desbaratando los verdaderos valores que nos mantienen a todos libres e iguales bajo el amparo de una Corona neutral. La cosa se pone todavía más interesante cuando se constata que el principal enemigo de la Monarquía es el exmonarca, que debe de haber creído que tiene el mismo margen que el presidente del Gobierno para tratar a los españoles como si fuesen idiotas. Así se acoge a su inviolabilidad pasada, con su campechanía habitual, mientras sólo regulariza sus desmanes tributarios de los años en los que ya no era intocable. Una jugada maestra que se sostiene únicamente si de verdad se cree que ponerse a buenas con hacienda equivale a ser refrendado por el pueblo. El hecho de que se especule con su vuelta en el preciso instante en el que la amenaza de la ley haya dejado de pesar sobre su cabeza legitima a aquellos que dudaron de las verdaderas razones de su marcha. De un plumazo, el hombre de Estado ha quedado desdibujado por la patética caricatura del señorito cuyos caprichos pesan más que la estabilidad del país.

Así las cosas, se vacían los argumentos contra aquellos que claman escandalizados por los privilegios de una institución cada día un poco más desacreditada. La difícil configuración de una Ley de la Corona se asemeja al preámbulo de un futuro en el que los actores políticos que conforman la Cámara más resquebrajada de la historia de esta joven democracia se vean en la tesitura de tener que proclamar una república incapaz, por su propia idiosincrasia, de gobernar para todos. Volverá el emérito y caerá el sistema, quién sabe. Y será entonces cuando, paradojas del destino, los verdaderos republicanos tengamos que marcharnos emulando a Chaves Nogales: dando saltos por el mundo en busca de un lugar en el que el pasado no sea una herida incurable y donde sobreviva la quimera de libertad, igualdad, fraternidad y respeto a la ley que un día creímos asegurada.

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