La mecha larga

Luis Herrero Goldáraz

La juventud existe para que la gente pueda hacer el gilipollas, dicen. Y también para que después, en los años de panza ancha, tenga la opción de mirar a su pasado con un ligero gesto de vergüenza que lo mismo podría confundirse con nostalgia, nunca se sabe. Esa reconfortante sensación de regresar con el recuerdo a aquel lugar del que se terminó por salir ileso y que ahora sólo simboliza un momento vital carente de neuronas pero cargado de un futuro al que aún podía encomendarle uno su propia salvación. Recuerdo el shock que me supuso escuchar por primera vez, en una conversación adulta, el rechazo perfectamente consensuado que generaban las actitudes camorreras de los ultras de fútbol, como si sus peleas absurdas y sus gritos graves de adolescentes a los que les acaba de cambiar la voz fuesen realmente un problema y no un juego estúpido con el que los niños descubren por las bravas la frontera que separa la ficción bélica de la realidad. 

Supongo que todavía me faltaba comprender que existen cosas serias que merecen ser defendidas. Y que la inconsciencia, muchas veces, termina siendo su mayor amenaza. Yo escuchaba a mis mayores y no entendía, si al final la excusa para pegarse era algo tan etéreo como el fútbol, qué suponía tanto tormento. Después aprendí que el problema no reside tanto en que ciertos energúmenos desaten su pasión animal en una especie de ritual de despedida que precede a su entrada en la civilización, sino en que las razones que se ven obligados a encontrar para llevarlo a cabo puedan trastocar ciertas formas elevadas de vivir. Lanzar petardos a las puertas de un hotel para interrumpir el sueño del equipo rival igual consigue, como mucho, que un grupo de millonarios uniformados puedan quitarle hierro a su derrota del día después. Reventar escaparates, prenderle fuego a los contenedores y arrancar papeleras de la vía pública en nombre de un balón y dos porterías es un acto vandálico sin demasiados visos de dejar su huella en el porvenir. Una cerilla que se consume a sí misma. Hacer lo mismo en nombre de un discurso hueco que se presta a ser inflado por la demagogia política se parece más a la mecha larga de esas bombas de dibujos animados que sólo sirven para avisar al héroe del tiempo que le queda antes de que la ciudad estalle en mil pedazos.

Y es que al final de eso trata el asunto Pablo Hasél. Debates serios, enrevesados, de múltiples respuestas, todas difíciles y ninguna definitiva; discusiones que deberían protagonizar juristas en los platós, y no todólogos, desbrozadas de sus complejidades y lanzadas a la masa imberbe para que pueda pegarse el gusto de destrozar alguna cosa antes de que la vida imponga otros quehaceres más sosegados. En el fondo todo sigue la misma lógica falaz del referéndum populista, tan anclado generalmente a las dicotomías maniqueas. La legitimación democrática del sí o el no, como si no existieran más respuestas entre medias. Libertad de expresión o barbarie, como si los bárbaros, que existen, persiguiesen realmente los consensos y no pudieran delinquir con la palabra. Pensando en eso, tiene sentido que aquellos que presumen de ser intérpretes del pueblo se dirijan a aquellos grupos que hacen más ruido, aunque sean hooligans. Suena más un escaparate roto que el lamento de su dueño a la mañana siguiente. Así podrán decir que la gente ha hablado y que urge un cambio. No sé, tal vez algún tipo de control sobre los medios para que las soflamas terroristas, a partir de ahora, sólo sean denunciables si pueden ser atribuidas a la derecha.   

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