El golpe farsa

Luis Herrero Goldáraz

Que uno es un pesado –“chapas”, en jerga coleguil– es una revelación que conviene pasar cuanto antes, como la varicela o el primer bache amoroso. Nunca se sabe cuándo será tarde para recular y dejar de ser ese amigo pelmazo del que todos huyen en las cenas de Navidad. Que yo lo soy lo he descubierto recientemente, aunque mirándolo en retrospectiva tampoco puedo decir que la gente que me quiere haya escatimado esfuerzos por hacérmelo comprender. Aún recuerdo las risotadas y los ojos en blanco cada vez que una frase sacada de contexto alentaba mi intervención, cargada de reminiscencias y temores por la inminente reedición de una Guerra Civil que nunca viví, pero que no paro de ver por todas partes, por ejemplo. Supongo que al principio hacía gracia porque, de alguna forma, me he convertido en un personaje de sitcom: algo parecido a Marshall Eriksen cuando estuvo poseído por el espíritu de Edgar Allan Poe durante las dos semanas que vivió sin seguro médico. Como él, veo la fatalidad en cada esquina. Luego comprendí que lo poco gusta y lo mucho cansa. Al final tuvo que ser el otro día, en mitad de un monólogo acerca de la necesidad de redescubrir esos valores liberales cada vez más amenazados por la deriva populista de Occidente. Mi víctima, supongo que abandonada a la desgana de los condenados a los que ya todo les importa una mierda, no tuvo reparos en ponerse los cascos en mi cara y girarse en el sofá, para a los pocos minutos comenzar a roncar sin que yo me percatase de su falta de interés. Confieso que no sé cuánto tiempo pasó antes de caer definitivamente del caballo, pero la cosa no me hubiera quedado más clara si además de indiferencia hubiese recibido un burofax. A veces la vida aporta enseñanzas irrefutables: donde no cabe el entendimiento sobra la educación.

Así que ahora estoy aquí, abandonado por la amistad y teniendo que desahogar mis penas ante cualquiera lo suficientemente aburrido como para leerme. Todos celebramos este nuevo método. Porque la verdad es que motivos para el desánimo que producen los paralelismos históricos hay a patadas. Ahora son una serie de militares jubilados los que hacen oír el ruido de sables a través de whatsapp y le mandan misivas al rey, supongo que incluyendo notas de voz que recojan el sonido de sus espadas siendo desenvainadas. Menudas risas. El hecho de que lleguen a decir que habría que fusilar “a 26 millones de hijos de puta”, así a bote pronto, preocupará menos a ciertas personas que sólo ven con malos ojos que el Gobierno social-comunista pueda llevarnos a la ruina y a la dictadura del pablotariado; pero es imposible que nadie más perciba la cantidad de elementos que recuerdan a lo ocurrido en los años treinta. las cosas, lo que yo veo es a un vicepresidente del Gobierno agitando la amenaza del fascismo y asegurando que los intereses de más de veinte millones de españoles representados por los partidos de la oposición no volverán a ser prioritarios para el Ejecutivo nunca, mientras unos exmilitares prefieren bromear con pasarse por el paredón a los otros veinte, no vaya a ser que la gente pueda pensar que no hay pelotas para subirle la apuesta al coletas. Si Marx tuviese razón y la Historia repitiese como farsa lo que en su día fue tragedia, me pregunto cómo será la nueva Sanjurjada. Quizás un grupo de ancianos desempolvando su uniforme y siendo detenidos por los sanitarios de su residencia —“Usted dirá lo que quiera, pero hasta que la pandemia no remita se queda sin golpe de Estado, y no hay más que hablar”—. Más complicado parece imaginar que la derecha pueda formar Gobierno tras las futuras elecciones, condición de posibilidad necesaria para que los que ahora se proclaman defensores de la democracia progresista impugnen el valor de las urnas en la calle con la intención de tomar Asturias, que ya se conoce que es la única región desde la que es pensable cualquier reconquista con tintes revolucionarios. Quién sabe. Tal vez la nueva guerra se libre en el Call of Duty y sea narrada por Ibai. O igual es que es mejor pensar ese tipo de cosas para no ponerse en lo peor.

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