El síndrome del avestruz

José García Domínguez

Si yo fuese Mónica Oltra, la de Compromís, ni reiría ni saltaría tanto. La ciudad de Valencia está ahora mismo a punto de ser gobernada por una mayoría constitucionalista liderada por Ciudadanos con el apoyo de PP y PSOE. Pero muy a punto. Y la de Valencia no tendría por qué ser una excepción en la política general de pactos que se plantean tanto Albert Rivera como Pedro Sánchez. Los camisas viejas de Ciudadanos, quienes fundaron el partido hace nueve años para plantar cara al nacionalismo omnipotente, no llevan esas pulseritas con la bandera de España que tanto se estilan en cierto Madrid, pero en cambio tienen muy claros los principios: ni agua a los que quieran destruir el orden constitucional español. Ni agua. Ni en los ayuntamientos, ni en las comunidades autónomas ni en las Cortes Genenales. Ninguna entente, pues, ni la más mínima, con los nacionalistas. Con la derecha se puede hablar. Con el PSOE se puede hablar. Con Podemos se puede hablar. Con los nacionalistas, jamás. Tan lacónico como simple, he ahí el mensaje que Albert Rivera quiere transmitir a sus interlocutores durante el periodo negociador que ahora se abre.

En otro orden de cosas, diríase que el síndrome del avestruz que se apoderó de las élites españolas tras el derrumbe sistémico de 2008 sigue determinando la percepción de la realidad de nuestras cabezas rectoras a día de hoy. Y es que si para el pueblo llano quedaba el relato chusco del trinque y la mamandurria como supremas variables explicativas del colapso económico general, las clases dirigentes consiguieron engañarse a sí mismas con una narración alternativa no mucho menos burda: la que remitía la persistencia del estancamiento a un problema en última instancia técnico, la incompetencia de los gobernantes llamados a arbitrar soluciones. Nos hundimos en el fango porque Zapatero era un aficionado inepto, sostenía esa doctrina, la canónica hasta hace un par de días.

Bastaría, pues, con sustituir a aquel bisoño diletante provinciano por un gestor cualificado, alguien bregado en los arcanos entresijos de la alta administración del Estado, para que las cosas volvieran a encauzarse por el recto camino. Una letra, la de la contrastada eficiencia de los tecnócratas del PP, que se complementaba con una música de fondo, la de la austeridad, ya ideología económica dominante en toda Europa para cuando Rajoy llegó al poder en loor de multitud: mayoría absoluta. Pero el problema de España,¡ay!, no era Zetapé, pese a que hayan hecho falta tres largos años para comprobarlo. Y pese a que, aferradas como gato panza arriba al efímero espejismo de la recuperación, las élites, tanto las políticas como las económicas, sigan con la testa enterrada bajo el suelo, negándose a ver lo evidente.

Y lo evidente es que la unión monetaria ha convertido la Zona Euro en una ratonera donde las divergencias estructurales entre el Norte y el Sur, lejos de atenuarse, no cesan de crecer. El asunto no es que Rajoy comunique mejor o peor, como tampoco lo era que Zapatero fuese más tonto o más listo, el verdadero asunto es que las asimetrías de los órdenes productivos de la Eurozona se han revelado insalvables. Y la acelerada fractura política en el Sur no es nada más que el reflejo institucional de esa manifiesta inviabilidad de la moneda única. Algo que de ningún modo se puede admitir desde el establishment, al menos en público, porque supondría tanto como reconocer su responsabilidad directa en un error de dimensiones históricas.

Ese choque de placas tectónicas, la realidad profunda que determina las políticas económicas en Europa, obligará, gobierne quien gobierne, a seguir con las reformas, piadoso eufemismo con el que se designa el desmantelamiento progresivo del Estado del Bienestar. Lo tendrá que hacer Rajoy si logra salvar el cuello de aquí a diciembre. E igual se verá forzado a hacerlo Sánchez si, al final, suena la flauta regeneracionista. En cualquier caso, gane el uno o gane el otro, nos estaríamos acercando peligrosamente a los últimos límites de resistencia del sistema. Lo de Madrid y Barcelona son dos avisos que hay que tomar en serio, pero que muy en serio. Mientras ellos siguen con la cabeza bajo el suelo, hay un vagón de tren que cada vez se acerca más a la estación Finlandia.

A continuación