Militares, Monarquía, Marruecos

Javier Somalo

Tal es la devoción del socialcomunismo de La Moncloa por el pasado, que vamos camino de celebrar el Año Nuevo… de 1975. Cierto es que 2020 es un bisiesto al que todos deseamos echar a patadas de nuestras vidas para el infausto recuerdo, pero la moviola de la izquierda es delirante. Quizá la ventaja que nos queda es que ellos quieren cambiar la historia sin haberse parado a conocerla.

Sólo 18 días antes de que muriera Franco, el Príncipe Juan Carlos estuvo unas horas en El Aaiún, capital del Sahara español, para tranquilizar sin razón ni esperanzas a las tropas en momentos de tanta incertidumbre. Todavía antes del 20 de noviembre se produjeron dos acontecimientos más: el inicio de la “marcha verde”, como invasión civil, y no tan civil, sobre el Sahara por parte de Marruecos (6 de noviembre) y los llamados Acuerdos de Madrid (14 de noviembre) entre España, Marruecos y Mauritania —ésta se retiró pronto del problema— para iniciar el proceso de descolonización, o sea, la entrega a Hassan II del Sáhara Occidental a cambio de promesas siempre incumplidas sobre pesca y sobre las siempre infundadas reclamaciones ante Ceuta y Melilla, españolas antes de que naciera el Reino de Marruecos.

La descolonización fue un completo desastre para españoles y saharauis pero ahí estaba Marruecos sabiendo aprovechar un momento político delicado en el país vecino. Pues lo mismo es cierto que vamos a brindar amargamente por 1975.

Si nos abofetean es porque se puede. De hecho, algunos pensarán que esto lo arregla Zapatero, el socio más fiel de Nicolás Maduro, que posó con Mohamed VI bajo un mapa del “gran magreb” que incluía a Ceuta, Melilla y las Canarias bajo el manto del reino alauí. Circuló por internet un bulo con una imagen pueril al respecto, pero la reunión de verdad, en la sala de verdad, con imagen distribuida por EFE mostraba ese mapa cierto, menos grosero que el fake. De hecho, Aznar también posó bajo él cuando Mohamed VI llegó al poder.

De momento, estamos en plena crisis por la llegada masiva e ilegal de inmigrantes a Canarias, y de ahí a la península. Pero no se puede decir sin que te tachen de algo o, simplemente, te tachen. Además, como hay pandemia, se suspende la cumbre que iba a celebrarse entre España y Marruecos, no sea que haya contagio en las respectivas delegaciones. Porque claro, tampoco se puede decir que es Marruecos la que suspende la cita dejando a España con cara de Zapatero. Nadie sabe si la culpa es de Pablo Iglesias porque tenía pensado reivindicar al Polisario en Casablanca o si el problema era Dina Bousselham, marroquí de pro, o no. Del Sahara, la izquierda se queda con el “derecho de autodeterminación” para demostrar que existe en todas partes, haya o no un proceso de descolonización previo. Ese es un detalle que no se permite discutir y que una parte del centro-derecha asume como intocable: en el Sahara, como en Euskal Herria, o en los Països o en Galiza o donde arraigue.

Esta semana parece que han saltado algunas alarmas más porque Donald Trump ha reconocido la soberanía de Marruecos sobre el Sahara, pero parece que nadie quiere preguntarse qué tal ha sentado la labor de Zapatero, avalado por el Gobierno de España, en la Venezuela chavista, archienemiga de Estados Unidos y de la libertad de todos. Es verdad que Estados Unidos cuida tradicionalmente a Marruecos por su supuesto papel moderador en el Magreb, no siempre sujeto a la revisión que merecería, pero en estos momentos el mensaje americano suena también a advertencia por los desmanes “españoles”.

En resumen, cuando el enemigo está dentro se nota desde fuera. Tal debilidad requerirá renovados esfuerzos divulgativos sobre Ceuta, Melilla, Gibraltar y quién sabe si hasta sobre Canarias. En definitiva, es toda España la que está en almoneda y se ve desde todas partes.

Esos militares…

El “ruido de sables” siempre ha sido fuente de inspiración periodística. Hay un libro muy entretenido, Los sables, la corona y la rosa (1984), en el que José Luis de Vilallonga conversa con José Mario Armero y con Felipe González sobre etapas clave de la Transición, algunos convenientemente maquillados para pasar a la historia con más decoro del merecido. Detalles y millones de reservas aparte, como ocurre con todos los libros del marqués rojo, el título de éste parece pensado para las intrigas de hoy, casi cuarenta años después.

Si el general se llama José Julio Rodríguez y va en las listas de Podemos, los uniformes no son un problema, ¡cómo van a serlo con la devoción comunista por el verde oliva! Pero, gracias al orgulloso desconocimiento de la historia reciente de España, al estamento militar se le caricaturiza siempre al borde del golpismo. Parece como si los generales estuvieran en la democracia de prestado esperando la menor excusa para pronunciarse contra ella. Puede que en la Venezuela de Iglesias y Monedero eso sea axioma, pero en España no. Y el juego alimentado por Podemos de los chats, infiltradísimos por la izquierda como el régimen lo estaba en la izquierda de los 70, es tan grosero como peligroso. Si se esquiva la discusión será otra batalla perdida.

…y esa Monarquía

Provocar a las Fuerzas Armadas es como tocar el timbre de La Zarzuela para preguntar si el Rey, al que le corresponde su Mando Supremo, tiene algo que decir. Si lo hace, malo; si calla, otorga. Qué burdo y qué mal está gestionando esta trampa el PP de Génova, que jura banderas para enseñar la foto.

Tanto la crisis con Marruecos como las quejas monitorizadas en los cuarteles acaban en el mismo sitio: la Corona, escollo de la izquierda. Añadamos a esto la campaña tributaria contra Juan Carlos I, que a otro Juan Carlos, Monedero, le supuso los elogios de la izquierda y la prensa. Son tres frentes alimentados por acción de los medios habituales y omisión de muchos de los que no se esperaba tan poco. Tres frentes que quizá Sánchez no sepa gestionar, aunque consienta, pero que al vicepresidente le hacen enormemente feliz.

El presidente del Gobierno ha dicho esta misma semana: “La monarquía no está en peligro. Así de rotundo lo digo”. Tan rotundo o más que cuando dijo que jamás gobernaría con Podemos ni pactaría con Bildu ni con ERC. Cuando Sánchez se pone “rotundo”, sospechemos lo peor y nos quedaremos cortos. Porque no han tardado en Podemos, que es la vicepresidencia del Gobierno, en comparar a la Corona española con la estirpe de Pablo Escobar en “Narcos”. Ellos, que tan bien se llevan con las narcodictaduras, saben que el mensaje no se compara. No da tiempo, llega y punto. Y, por si fuera poco, la TVE de todos (ellos) se ha dedicado este viernes a lanzar globos sonda sobre el ciudadano Juan Carlos de Podemos. “Moncloa y Zarzuela sopesan”, “Moncloa y Zarzuela niegan”. El rumor queda ahí: que andaban valorando si retirar el título de rey al padre por si vuelve a España. ¿Pulso entre Iglesias y Sánchez? Puede que sí; pulso contra la estabilidad, seguro.

El caso es que la “España rota” que reclama Arnaldo Otegi es la misma que necesita Iglesias, dicho por él mismo cuando reconoció que en tiempos de normalidad nadie vota comunista. Por eso viajan y nos hacen viajar precisamente al momento en el que esa España empezó a reconstruirse, sin ninguno de ellos, tras una guerra civil y una dictadura. Para su asalto final necesitan rebobinar y cambiar los hechos construyendo una nueva transición en la que ETA sustituye al PCE, con amnistías y “presos políticos” que están en el lado represor, en el gobierno que impone una lengua sobre otra, en la Generalidad golpista o apoyando sin esconder el hacha y la serpiente al Gobierno de Pedro Sánchez, que lo es de Pablo Iglesias.

Todo esto ya está pasando y cuando los atareados demócratas de todos los partidos quieran reaccionar en serio no habrá nada que defender. ¿Alguien ve imposible a estas alturas que Íñigo Iruin o Jone Goirizelaia, por poner dos ejemplos, puedan ser vocales del CGPJ? El “reconocido prestigio” del cuarto turno va a hacer estragos como a Iglesias se le ponga de verdad en el moño que la ETA sea el PCE de su transición. Y el PP de Génova todavía tenderá la tierna mano.

Militares, Monarquía y Marruecos eran tres de las palabras habituales en los titulares de prensa de la Transición. Como casi todo se superó con éxito —queda Marruecos— y lo construido entonces se quiere demoler, volvemos a ver los cimientos desnudos. Quizá hasta Sánchez sienta cierto vértigo y por eso llama “lunáticos” a los que califican a su gobierno de socialcomunista. Dice que la gente cuando escucha eso se asusta. La gente de bien, por supuesto.

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