El rey emérito y el dictador decrépito

Guillermo Dupuy

No creo que la muerte en la cama a los 90 años de edad de quien fuera el máximo responsable de la dictadura más represora, sanguinaria, empobrecedora y duradera que haya padecido el continente americano deba ser motivo de satisfacción para nadie, empezando por los partidarios de la libertad y del tiranicidio. Mientras la dictadura comunista siga en pie no habrá nada que celebrar que no sea algo tan absurdo como el hecho de que la parca nos llega a todos. De hecho, creo que son los comunistas lo que más motivos de celebración deberían sentir en estos momentos al ver cómo en Cuba, como antes en tantos otros países subyugados por la hoz y el martillo, la dictadura del proletariado es hereditaria. Eso, por no hablar de la satisfacción que deben sentir al ver cómo una parte de la prensa occidental presenta al tirano enalteciéndolo con los siempre míticos y hasta místicos ropajes de la revolución.

Lo que es un hecho es que el régimen castrista está celebrando y va a seguir celebrando por todo lo alto las exequias del dictador como forma de dar continuidad a la dictadura. Y resulta una vergüenza que nuestro país –mejor dicho, nuestro gobierno– envíe representación en estos actos de loa a la tiranía, más aun si va encabezada por D. Juan Carlos. Bastante papelón ya hizo el padre del Rey dando cobertura en Colombia al bochornoso acuerdo suscrito con los narcoterroristas del FARC, como para que ahora se ponga de nuevo a cultivar peligrosas amistades que en nada contribuyen al prestigio de España ni al bienestar de Cuba. A estas alturas, cualquier trabajo sucio se lo van a encargar a Juan Carlos I, con la excusa de que es rey emérito.

¿Se imaginan qué se hubiera oído en este país si el gobierno español hubiera enviado hace diez años representación al funeral de Augusto Pinochet? Y eso que se trata del responsable de una dictadura bastante menos totalitaria, duradera y empobrecedora que la que van a seguir padeciendo los cubanos. Eso, por no hablar del incomparable exilio causado por una dictadura y otra.

Ojalá Castro hubiera dado a los cubanos la oportunidad que Pinochet brindó a los chilenos para echarlo del poder. Castro, por el contrario, se ha ido al otro barrio asegurándose de que su desaparición no implique la de su régimen.

Lo dicho: no se qué celebran el exilio y el tiranizado pueblo cubano, y no se qué pinta el rey Juan Carlos en las exequias del dictador.

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