Laporta se anuncia en el Bernabéu, Illa en la Puerta del Sol y Sánchez en Telesánchez

Federico Jiménez Losantos

Lleva el Barça tanto tiempo identificado con el separatismo catalán, que el separatismo catalán ha acabado identificándose con el Barça y su campaña permanente contra el Real Madrid, Madrid o, por extensión, España. Laporta, que vivió días de gloria y champán, nada de cava, en el Barça de Guardiola, Xavi, Messi y el villarato arbitral, se presenta de nuevo a las elecciones del club con un gigantesco cartel frente al Bernabéu. Sólo un acomplejado patológico o una sociedad gravemente enferma de paranoia pagarían por anunciar su futuro en tierra ajena para reivindicarse en la suya. Pero como el Ministerio de Pompas Exteriores Catalanas vive obsesionado con los éxitos del Real Madrid, para hacer creíble que puede recuperar los éxitos de ayer, Laporta se anuncia frente a la sala de Trofeos del Bernabéu. 

Illa, un ministro contra Madrid y España 

Antes de que Laporta se anunciase en la Castellana como redentor de la Ciudad Condal, una extraña versión filiforme de Doña Croqueta llamada, paradójicamente, Salvador, y apellidada, más razonablemente, con el sufijo despectivo Illa, apareció como ministro contra Madrid. De la hemeroteca ya no quedan más que cachitos, la memoria se vende troceada en historietas y pensar en lo de hace un año es acercarse por la espalda a Nostradamus, así que nadie recuerda que el nombramiento de Illa ya se presentó en su día como el rodaje de un posible candidato a la Generalidad o a la alcaldía de Barcelona, dado que Iceta era por entonces el único personaje conocido del PSC, y ni solía ganar elecciones ni arrasaba en las encuestas. Un prospecto. Como Sanidad no tenía competencias claras, su trabajo era salir en la tele.   

Casi nadie lo recordaba como el suplente de Iceta en la gigantesca manifestación española contra el golpe de Estado del 2017. En su lugar apareció un tipo con aspecto de cobrador del frac que hubiera perdido la chistera. Era Illa. A la segunda manifestación, la del "circo romano" de Borrell, no tuvo más remedio que ir Iceta, y el espiritado faquir, primo del deshollinador de Mary Poppins, se esfumó. Imposible competir con el oblongo Iceta, que quiso saltar la valla rodando a lo Fosbury y casi se mata. 

Pero llegó el virus, el estado de alarma y el súbito protagonismo de Illa, ministro de Sanidad que recuperó todas las competencias del Estado y con las que no supo qué hacer. Salvo lo único para lo que estaba preparado: atacar a Madrid, que es la forma de hacer política en Cataluña desde Pujol

Por supuesto, en primer lugar, atacó a España, que es lo que para los nacionalistas catalanes significa atacar a Madrid. Y cabe decir que nadie en su cargo ha hecho más daño nunca a las vidas y haciendas de los españoles. Primero, acompañado por un muñeco de origen rajoyano llamado Simón, negó la posible gravedad del virus chino. Luego, que pudieran producirse contagios, "si acaso uno o dos, por el turismo". Después, que pudieran ser mortales o coger desprevenido a su Ministerio. Porque ya en enero los tres partidos de la entonces Oposición le preguntaron por sus planes frente a la covid. Tranquilidad, todo bajo control, dijo Illa, el ministro de Sanidad. 

Una inactividad criminal 

Junto al flamante vicepresidente Iglesias, máximo responsable de las residencias de ancianos, Illa aseguró frente a las insidias de la Oposición que su ministerio estaba "perfectamente preparado" para hacer frente al virus, si llegaba, que no llegaría. Lo importante era preparar el 8 de Marzo. Esa fue la prioridad del Gobierno en pleno y de su sicariato desinformativo. Mientras todas las cadenas de televisión, con criminal frivolidad, tomaban a broma la covid-19 o decían que era una treta de la Derecha para sabotear la apoteosis feminista del 8M, los contagios se multiplicaban y llevaban un mes largo produciendo víctimas mortales. El nefasto día iban ya diecisiete. 

Pero hasta culminar la apoteosis feminazi o transcomunista del 8M, el ministro Illa ni informó ni dejó informar sobre la situación sanitaria en España. Y era demasiado tarde. Se cree que cada día de retraso en tomar medidas produjo miles de contagios y decenas de muertes evitables. Pero el dichoso Illa se tiró dos meses sin hacer, preparar o preocuparse por nada más que salir en televisión, que era para lo que lo habían hecho ministro.  

El protagonismo del mamarracho Simón nos ha hecho olvidar que, como el payaso serio del circo, el Augusto, frente al clown había un tío alto, serio y de oscuro que, con voz baja y el estilo pasivo-agresivo típico del catalanista profesional en Madrid, mentía como un bellaco sobre lo que pasaba, los que morían y las iniciativas que desarrollaba su ministerio. Illa adjudicó a empresarios fulleros cercanos a su partido la compra a toda prisa de las EPI que había dicho que tenía su Ministerio, cuando no tenía nada. 

Tras dos estafas y un acuerdo oficial con China, igualmente estafador, dejó en manos de las comunidades autónomas la compra de material sanitario cuyo uso, en el caso de las mascarillas, desaconsejó públicamente. Meses después, Illa confesó que lo dijo porque no tenía mascarillas. Y en vez de ahorcarse o meterse cartujo, el tío siguió tan fresco, centrando su actividad en agredir a Madrid escudándose, como Sánchez, en unos "expertos" que, según se supo después, nunca existieron. Eran un grupo de funcionarios de su cuerda que inventaron sobre la marcha los argumentos para injuriar a diario a la presidenta de la Comunidad y al Alcalde de la Villa y para descalificar la política sanitaria de Madrid como ejemplo de lo que no se debía hacer. Ni pusieron controles en Barajas, ni hicieron test masivos ni adoptaron las medidas que habían demostrado su eficacia en los sitios que las pusieron en marcha. Illa se limitó a insultar. 

Los dos peores crímenes de Illa  

Y pasado el verano, tras proclamarse Sánchez salvador de 450.000 vidas y vencedor del virus y después de invitarnos a consumir y disfrutar, llegó la segunda ola, de la que Madrid fue la primera víctima, no la única, pero sí la única que había tomado medidas en previsión de lo que podía pasar. Ahí es donde el candidato a la Generalidad catalana, como si fuera el candidato a la presidencia del Barça, se enceló con Madrid. Hasta el punto de que puede presumir que, por maldad y por la propensión criminal más desvergonzada de que pueda presumir ningún ministro del ramo, se atrevió y se enorgulleció, a confinar Madrid, para intentar humillarlo y arruinarlo

Hay dos momentos criminales que deberían impedir a Illa seguir en cualquier cargo público, antes de ser juzgado por prevaricación: el primero, cuando mantuvo a Madrid, sin ningún argumento, en fase cero, impidiendo la apertura de bares, restaurantes y demás infraestructura turística; y el segundo y más ruin, cuando declaró una especie de estado de alarma sólo contra Madrid, manipulando de forma desvergonzada con sus "expertos", los datos epidemiológicos de la Comunidad, cuando realmente era la única que había empezado a revertir los datos catastróficos de la segunda ola, en buena parte culpa de la ligereza y frivolidad del infame Gobierno Sánchez. 

Hay otras fechorías de Illa, mezcla de vileza y estulticia, pero esas dos, el asalto desde el Gobierno a la legalidad y a la economía de Madrid, bastarían para mandarlo a la cárcel en cualquier país donde rigiera algo parecido al Estado de Derecho. Es el máximo responsable técnico de los más de 80.000 muertos en España, la peor gestión sanitaria del mundo. Y, sin embargo, la banda de Sánchez, como muy acertadamente la describió Albert Rivera, presenta la candidatura de Illa a la Generalidad de Cataluña porque, según las encuestas, mejora muchísimo las expectativas del PSC. 

¡Infeliz año nuevo! 

Lo malo es que puede ser verdad. España ha dejado de exigir una mínima moralidad en la conducta de sus dirigentes, sobre todo si son del Gobierno y habitan en la televisión. Sánchez ya no es un presidente, es Telesánchez, 24 horas de teletienda ideológica. La candidatura de Illa es el triunfo de la desvergüenza de Sánchez, y de la Izquierda sobre la Derecha, y también una tristísima muestra de lo que nos puede reservar este Infeliz Año Nuevo. Porque poca felicidad cabe esperar de un país en el que la única ley, hecha a toda prisa y sin el menor debate, pero que, sin duda, todos piensan cumplir es la de eutanasia. 

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