Artur Mas

Nada que perder

Eva Miquel Subías

Hace unos pocos días me acerqué a ver a Paco el quiosquero. Al no trabajar por aquella zona, la frecuento menos y tengo la poca fortuna de no mantener con él las conversaciones que manteníamos no hace tanto tiempo. Lo primero que hizo al verme fue espetarme : "Anda, que cómo me tenéis el patio en tu tierra..." Para acabar añadiendo: "contento estoy... Mira, aquí sigue tu Vanguardia". Y ojo a lo siguiente: "Y eso que tú lo defendías en cierta manera al principio".

Aclaro. Y confieso que tras haber estado inmersos en la política de un tripartito confuso y difuso, creí en que alguien aparentemente "assenyat" pudiera poner orden. Lo cierto es que el comentario de Paco no me sorprendió lo más mínimo. Lo esperaba, de hecho. Es lo que viene siendo habitual, aunque mi ex quiosquero tiene mucha más gracia que la media de los que me suelen hacer este tipo de comentarios. Eso también es verdad.

Habrán observado que hace ya muchas columnas que no me refiero a la situación a la que nos ha llevado el actual president. Por un lado, por una auto impuesta prudencia -y que ahora no viene al caso-, pero por otro lado y en gran parte, por el impacto que sobrellevo digna y buenamente conmigo.

Las conversaciones con amigos y conocidos de mi querida tierra, han adquirido -en algunos casos- un cariz del todo surrealista. Otras, como siempre. Y las hay también mucho más contundentes, pero en sentido contrario. Conclusión absolutamente extrapolable: Se ha abierto una brecha importante entre un sector y otro. Apenas hay término medio. En la sección Vivir de La Vanguardia, ayer mismo, me llamaba la atención cómo empezaba el párrafo en el que se pretendía destacar que el alcalde de Barcelona había agradecido el apoyo al PP de Barcelona en el ámbito municipal para poder seguir gobernando.

Decía así: "Aunque a veces pueda parecer que les separa un abismo, el que dista del soberanismo de CiU frente a la defensa a ultranza de la unidad de España del PP, Xavier Trias no tuvo inconveniente de..." Juzguen ustedes mismos. "A ultranza". Pero no quiero despistarme. Regreso a Mas y a la brecha absoluta que ha dibujado y perpetrado en la sociedad catalana. Pensé en su día que se trataría de un pulso. Luego llegué también a pensar que realmente se había creído su propia aventura, como la idea romántica que albergaban los nacionalismos decimonónicos a modo italiano.

Ahora, sin embargo, le observo y veo a un hombre que habla como el que nada tiene que perder. Y, a pesar de que el problema ya no es él, sino el pueblo que va a dejar a su paso tras un bucle letal que todavía no acabo de entender por qué motivo decidió abordar, no son pocas las caras conocidas que empiezan a lamentar el no haberse tomado demasiado en serio sus advertencias y no haber entrado a fondo de la cuestión. Porque, al fin y al cabo, son, en cierta manera, cómplices. Como sus más estrechos colaboradores, algunos de los cuales empiezan a hablar de "daños colaterales". Daños colaterales. Y se quedan tan anchos. Una sociedad a la que le pasará factura, ya no me refiero en términos económicos, porque sigo convencida de no se producirá el sueño de Artur Mas, quien confundió unos deseos de mejora fiscal con otro de mucha mayor envergadura y que el catalán medio, en su mayoría, sigue sin acabar de visualizar.

Me refiero a una sociedad a la que le pasará factura emocional, sentimental, familiar. De las que ningún acuerdo político puede sanar con eficacia. Y eso, queridos, es lo que el pueblo catalán le echará en cara durante años. Al tiempo.

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