Casado no vale

Emilio Campmany

“Extrapolable”. Es la palabra que está en boca de todos los que analizan los resultados de las elecciones catalanas en el ámbito del centro-derecha. ¿Es o no extrapolable el sorpasso de Vox al PP? Claro que no. Desde que Aznar entregó a Pujol la cabeza de Vidal-Quadras, el PP había dejado de existir allí. En el resto de España la situación es completamente distinta. Sin embargo, la campaña de las catalanas ha sido útil en algo al centro-derecha, y es en revelar que la actual dirección del PP, con Casado al frente, no vale. No vale para ganar elecciones en Cataluña, que eso se daba por descontado. Pero es que tampoco sirve para ganarlas en España.

Hasta ahora, la estrategia de Casado ha sido una gruesa imitación de la de Rajoy: moverse poco, tratar de satisfacer a todos, cortarle la cabeza a quien la asome y esperar a que el cadáver de Sánchez (con Rajoy fue el de Zapatero) pase por su puerta. Con seguridad, alguien le dijo: “Si no cometes errores y sabes mantenerte al frente del PP, en un par de legislaturas serás presidente del Gobierno”. Casado ha grabado el consejo en piedra porque, siendo nadie fuera de la política, no puede permitirse el lujo de perder la oportunidad que se le ofrece. De manera que el problema no es que no tenga ideas, que desde luego carece de ellas. El problema es que no se permite tenerlas, ya que, como tiene que ser presidente a toda costa, espera serlo con las ideas de su potencial electorado una vez las haga propias, tras descubrir cuáles son. 

El problema es que su electorado es muy diverso y cambiante en su forma de pensar. Es imposible no caer en contradicciones si todo se limita a darle satisfacción. Por eso apela a la España de los balcones y despide a Cayetana Álvarez de Toledo. Por eso despotrica de la falta de patriotismo de Sánchez como embiste a Santiago Abascal. Por eso proclama el retorno a las esencias del PP y luego renuncia a ellas para demostrar que es muy moderado. Por eso se declara heredero de Rajoy y Aznar y luego reniega de ellos. No es tanto que no sepa lo que es, sino que no sabe ni siquiera lo que le gustaría ser. Lo único que sabe es que quiere ser presidente del Gobierno. ¿Para hacer qué? Lo que sea. Eso es lo de menos.

Un líder tiene que tener como propios los principios de la corriente a la que pertenece y luego convencer al grueso de los votantes de esa corriente que las directrices que él marca son las correctas. Un líder lidera, dirige, muestra el camino por el que conseguir, dentro de las creencias comunes, lo que se pueda, y sabe renunciar a lo que no es posible de momento alcanzar. Es decir, sabe ser fiel a las ideas a la vez que pragmático en su puesta en práctica. Y, tras meses de atolondrada dirección hacia ninguna parte, se ha demostrado sin lugar a la duda que, para eso, Casado no vale.

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