Cuando la mordaza se afloja

Eduardo Goligorsky

La aluminosis que resquebraja el bloque secesionista contribuye a movilizar a figuras e instituciones del catalanismo que no se resignan a quedar sepultadas bajo los escombros. La mordaza que hasta ahora los enmudecía o apenas les permitía emitir algunos tímidos susurros de prevención se afloja a medida que se abren goteras en el procés, y empiezan a oírse voces críticas de fuentes insospechables. Discretas, pero críticas. (Ojo: esta mordaza no tiene nada que ver con la Ley de Protección de la Seguridad Ciudadana, que los buenistas tildan de "mordaza" y pretenden derogar con gran regocijo de los insurrectos y los vándalos).

Discurso visceral

No me sorprendió que fuera Miquel Roca Junyent quien, despojándose de su proverbial prudencia, se sintiera obligado a revelar rotundamente la naturaleza intimidatoria de la mordaza aplicada en todos los niveles de la sociedad, incluidos los más elevados, donde él se encuentra. Escribió el veterano político nacionalista, sin identificar a los responsables de la intimidación, pero igualmente sin dejar dudas de que son sus antiguos correligionarios quienes, prisioneros a su vez de la horda antisistema, se obstinan en transitar por la hoja de ruta del secesionismo estéril ("Reservadamente", LV, 22/11):

No es una buena cosa esta temerosa actitud de refugiar en lo reservado la expresión de la discrepancia. Decir que no se está de acuerdo con aquello que la opinión dominante ha instalado en el discurso político da, como mínimo, pereza. En algunos casos, incluso miedo. (…) Esto, digámoslo claro, es muy malo. La libertad de expresión no es sólo poder decir y opinar lo que uno quiere, sino que necesita como compañía la tranquilidad de poder decirlo sin riesgo de verse excluido. (…) Las descalificaciones primarias, la crítica ‘ad hominem’ para evitar el debate de las ideas, condicionan y retraen la libertad de cada uno. Y en este momento se está a favor o inmediatamente se pasa a formar parte de los enemigos a batir. (…) Si la sociedad está dividida sobre cuestiones fundamentales, ¿por qué la expresión de cada uno tiene vías diferentes? ¿Grito o con reserva? ¿No sería mejor hablar desde el respeto?

Este llamado de atención que firma uno de los redactores de la Constitución vigente contiene una palabra clave: miedo. Miedo que impide, so pena de marginación y anatema, abordar con argumentos racionales, en voz alta y en los medios de comunicación públicos, un debate que concierne al futuro de nuestra sociedad. Hasta ahora sólo se ha escuchado un discurso visceral, monolítico y sectario, que ocupa todos los espacios sin respetar la pluralidad de opiniones y atribuyéndose la representación de una mayoría ficticia. Totalitarismo puro y duro.

Marabunta cupera

Cuando la mordaza se afloja, sucede lo mismo que cuando se abre una grieta minúscula en un dique: el hilo de agua inicial se transforma poco a poco en un torrente. La clase media catalana y catalanista se quedó huérfana, con sus derechos y sus intereses desprotegidos, cuando CiU se fue extinguiendo gradualmente para quedar reducida a un puñado de arribistas cómplices de la marabunta cupera. Hasta la inefable Pilar Rahola es cada día más consciente del desbarajuste, y el temor de que su medio de vida caiga en la bancarrota la mueve a levantar la voz para poner un poco de orden en la tropa entrenada por sus caudillos –y los de Rahola– para la desobediencia ("Perplejidad", LV, 15/11):

Lisa y llanamente, cada día más cerca de la pancarta, la provocación y la reacción, y menos de la política de altura. Como si el movimiento se hubiera contaminado de cupismo. (…) Ahora, por ejemplo, nos entretenemos con el día de la Constitución, y nuevamente haremos rodar el hámster, que si trabajamos, que si los jueces, que si desobedecemos, que si nos detienen, y tendremos nuevas medallitas de latón para mostrar a los nietos.

La desobediencia, ah, la desobediencia. Es el eje alrededor del cual gira todo el procés y es asimismo el factor que ofende la sensibilidad de la gente civilizada. Lo denuncia Màrius Carol ("El discurso de la desobediencia", LV, 15/11):

Una de las cuestiones más preocupantes del momento que vive Catalunya es que nuestros dirigentes hablan de la desobediencia como si fuera un acto de libertad, cuando seguramente se trata de una cuestión de despotismo. Si las leyes no nos gustan, no nos parecen justas, o consideramos que deben ser actualizadas, utilicemos los mecanismos de la democracia para eliminarlas, cambiarlas o reformarlas. Lo que resulta un disparate es saltárnoslas a la torera, como si pudiéramos ser arte y parte en la gestión de la sociedad. No queda claro cómo se puede gobernar incumpliendo el marco legal. Cómo es posible exigir el cumplimiento de las normas cuando el poder no es capaz de respetar el pacto de convivencia.

Trayectoria de choque

Josep Miró i Ardèvol, de cuya visión religiosa del mundo me encuentro, como ateo, en las antípodas, describe, sin embargo, con precisión milimétrica los pasos que sitúan el proceso secesionista en una trayectoria de choque con la órbita de la burguesía catalana emprendedora y culta ("Un país en destrucción", LV, 7/11):

Este camino transforma el proceso. Las declaraciones del president de la Generalitat, el último llamamiento a desobedecer de Artur Mas, la multiplicación de actos de esta naturaleza, señalan que el proceso ha cambiado de carril. De ahora en adelante lo que cuenta es aquello que da pie a la dialéctica acción-reacción.

Es una ruptura estratégica decisiva. ¿Pero querrá la mayoría del país seguir la vía de la confrontación, manifestaciones conflictivas, ocupaciones, escraches, enfrentamientos? El hecho de que Podemos, en Madrid, opte por una vía parecida, el anuncio de ERC de que la independencia catalana puede abrir el camino a un cambio de régimen en España y a la proclamación de la república, dota al proceso de coherencia, pero lo transforma radicalizándolo.(…) Una ideología como la que se va imponiendo tiene que introducir nuevas prácticas. La más escandalosa es la de la delación: el Ayuntamiento de Barcelona nos habitúa con los pisos turísticos, y la Generalitat en la aplicación de la ley de privilegios sobre las personas GLBTI.

(…)

El resultado de todo es coherente, sí, y también destructivo. Significa entregar el liderazgo social y político a la CUP, Podemos y Barcelona en Comú. Y al mismo tiempo ir destruyendo el país que fuimos construyendo.

Repliegue táctico

A medida que aumenta el volumen de las voces que trasponen la mordaza se acentúa la deserción en las filas del ya raquítico PDECat y se multiplican las iniciativas tendentes a crear movimientos y redes sociales comprometidos con los sentimientos y las necesidades de la ciudadanía llana. Incluso aparece en escena un nuevo partido –Lliures– que se presenta como liberal y humanista, con desprendimientos de la fenecida CiU.

Un observador escéptico me reprocha que haya definido estas novedades como una "marcha atrás" de los nacionalistas, y sostiene, probablemente con razón, que en realidad se trata de un repliegue táctico encaminado a reclutar una mayoría de adictos en los próximos veinte o veinticinco años. Lo que sucederá en ese lapso, y aun mucho antes, dependerá, en este mundo convulso y cambiante, de factores hoy imprevisibles, que no figuran en la agenda de los españoles. Desde la inmersión lingüística en ruso, mandarín o amazig hasta la sustitución de la legislación vigente por la sharia islámica.

Vista la incertidumbre de los tiempos que corren, lo aconsejable sería salvar el presente aplicando una política posibilista y pragmática, que aproveche todos los frentes que se abran para garantizar la convivencia en paz, el progreso y el bienestar de todos los ciudadanos dentro de un mismo país, en sintonía con el resto de Europa. ¿Nuevos partidos catalanistas leales a la Constitución? Bienvenidos sean.

Contra el gen mortífero

Mientras tanto, valoremos y conservemos los partidos que ya existen en el ámbito nacional: el PP, Ciudadanos y lo que sobreviva del PSOE. Sin exigencias de ortodoxia y asepsia como las que han empezado a castigar a Ciudadanos. Fenómeno este que siempre fue el precursor de la división y el fracaso, y que José Antonio Zarzalejos aborda con ejemplar sensatez ("Rivera, caudillista; Arrimadas, ambigua", El Confidencial, 29/11):

Si algunos no lo tienen claro, Gabriel Rufián, Francesc Homs y Pablo Iglesias y otros más, por el contrario, lo tienen nítido. Es importante juzgar a los líderes y a los partidos por la entidad y hostilidad de sus adversarios. Y la que suscitan Rivera y Ciudadanos es tanta en los independentistas y en los populistas que rebate una buena parte de las críticas que se endosan al líder y al partido.

Las fracturas internas están en el ADN de los secesionistas, los populistas y los comunistas. Urge que el PP, Ciudadanos y todos los defensores de la España constitucional se inmunicen contra ese gen mortífero.

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