A vueltas con la blasfemia

Eduardo Goligorsky

En octubre de 1975 visité por primera vez España, en plan turístico, un año antes de volver para radicarme definitivamente en Barcelona. Recuerdo que en aquella ocasión viajé, siempre en plan turístico, desde Barcelona a Granada, en un tren muy lento y en una cabina de literas. Las restantes plazas las ocupaban jornaleros andaluces que regresaban después de participar de la vendimia en Francia. Aquella era todavía la España de Franco, aunque el dictador estaba agonizando. Y me quedé atónito al oír que, precisamente en la España de Franco, esos hombres salpicaban su conversación con las blasfemias más procaces que uno podía imaginar. Su blanco predilecto, pero no el único, era la hostia consagrada.

Pena y vergüenza

No me sentí personalmente agraviado porque, como he explicado muchas veces, soy ateo, pero sí volví a reflexionar sobre la degradación de la cultura que generan todos los regímenes totalitarios, tanto cuando imponen la enseñanza nacional-religiosa coactiva, cualquiera sea la nacionalidad o la religión imperante, como cuando los comunistas imponen el ateísmo por la fuerza. En ambos casos los perjudicados son la libertad individual y el pensamiento autónomo, y las favorecidas son la estulticia y la irracionalidad. Lo que sentí fue pena y vergüenza.

Pena y vergüenza es también lo que experimento cuando observo que la blasfemia se instala en los recintos de instituciones oficiales o se propaga con la colaboración de funcionarios, que la encarnan o la facilitan. Escribe Daniel Arasa ("La casta Colau-Asens", Suplemento "Vivir", LV, 23/2):

La entrega de los premios Ciutat de Barcelona fue una muestra del intento de provocar enfrentamientos, de herir a otros. Una poetisa cuyo nombre no merece ser recordado vomitó unos versos de cloaca que unían un mal gusto infinito con la ofensa blasfema. Sólo un concejal tuvo la sensibilidad y la valentía de levantarse y marcharse mostrando su desacuerdo.¡Felicidades, Alberto!

Si los versos son reprobables, mucho más grave es la actitud de la alcaldesa Colau justificando, y defendiendo, tamaño despropósito. Pude ver en 8TV que el teniente de alcalde Jaume Asens hacía lo mismo, con el estúpido argumento de que el rechazo de aquella basura era un asunto de Fernández Díaz y del PP.

Todo muy previsible. La alcaldéspota Ada Colau desprecia ostensiblemente las festividades cristianas y celebra públicamente la llegada del nuevo Año del Mono chino. Dura, además, con la gente de orden emprendedora, y blandengue con los alborotadores antisistema.

Entendámonos. La blasfemia es la versión chabacana, envilecida, proferida en un lugar inadecuado ante un público atrapado con engaño, de lo que en circunstancias normales sería una fecunda confrontación entre las ideas de un creyente y las de un heterodoxo, un hereje o un ateo. No olvidemos que en tiempos felizmente superados, los heterodoxos, herejes y ateos eran tildados de blasfemos y condenados a la hoguera o al degüello en guerras de religión. Católicos contra protestantes y protestantes contra católicos. Aun hoy, las religiones anacrónicas conservan estas fobias intestinas, y así es como pesa una fetua sobre Salman Rushdie mientras chiíes y suníes se masacran los unos a los otros por diferencias sobre la herencia dinástica de Mahoma. Todos acusados arbitrariamente de blasfemos.

Quinta columna de la barbarie

Si me apena y avergüenza la sustitución de la controversia intelectual por la blasfemia barriobajera, es precisamente porque esta última empaña los valores del razonamiento civilizado. Y permite que los ultramontanos apliquen el mote de blasfemo a todo lo que contradiga sus creencias dogmáticas. A veces la línea divisoria es muy fina y se presta a equívocos. Como casi todo en este mundo, su encasillamiento depende del contexto histórico y cultural.

¿Era y sigue siendo blasfemo Charlie Hebdo? A mi juicio lo era y lo es, pero su naturaleza blasfema no se agota ahí sino que es producto de una concepción ideológica de mayor envergadura: es una publicación nihilista, lo que implica que su hostilidad no apunta sólo contra una o más religiones sino contra los pilares de nuestra civilización. Que nadie toque a sus redactores y dibujantes, pero que no pretendan que nos identifiquemos con ellos. El nihilismo que difunden es, sin proponérselo, la quinta columna de la barbarie que los mata y que nos amenaza a todos. Por eso, los nostálgicos de Al-Ándalus asisten complacidos y expectantes -con la sharia en la mochila- al empoderamiento en España de los blasfemos y de los nihilistas. Y de los secesionistas, faltaría más.

Volvamos a la necesidad de situar un material heterodoxo, herético o ateo en su contexto histórico y cultural para saber si es blasfemo o no. ¿Es blasfema La doncella de Orleans, de Voltaire, que narra los amores de Juana de Arco con el borrico que la transportaba? Evidentemente lo es, pero la época en que fue escrita, en medio de una guerra desigual contra la intolerancia religiosa y las supersticiones populares, la coloca en una categoría muy distinta de la que hoy ostentan las ceremonias oficiales y los guiñoles cargados de sectarismo anticatólico. Además estaba destinada a un público culto y no era un espectáculo de títeres para una platea infantil.

Radicales apolillados

Mirados con una óptica fundamentalista, muchos libros de mi biblioteca parecen un semillero de blasfemias. Pero jamás los he empleado para ofender a los creyentes y menos aun para lavar cerebros infantiles. Los reservo para mi uso y el de quienes comparten mis ideas o sienten curiosidad por ellas. Sobresalen las 688 páginas de Blasphemy - Verbal abuse against the sacred from Moses to Salman Rushdie, de Bernard W. Levy (Alfred A. Knopf, 1993) y las 669 páginas de Dios no existe - Lecturas esenciales para el no creyente, compilado por Christopher Hitchens (Debate, 2009), donde figuran textos de pensadores que van desde Lucrecio y Baruj Spinoza hasta Bertrand Russell y Albert Einstein. Sin embargo, esos volúmenes no tienen nada en común con el gamberrismo blasfemo de nuestros radicales apolillados.

Lo que sí abunda en las obras que he reunido con perseverancia es, por un lado, el racionalismo más riguroso y, por otro, una sutil ironía. Disfruté sobremanera con el humor cáustico de Henry Louis Mencken, de quien seleccioné, traduje y prologué, guiado por mi maestro Julio Aníbal Portas, dos antologías (Prontuario de la estupidez y los prejuicios humanos y Hombres y dioses en la picota, Granica Editor, Buenos Aires, 1971 y 1972). Ironizó Mencken en la segunda de estas obras, en el apartado "Ciencia y religión":

Si la teología fuera realmente una ciencia, sus profesores se dedicarían asiduamente a lo que se conoce como investigación espiritista. No pueden objetarla con el argumento de que este campo está infestado de charlatanes, porque según ellos mismos han demostrado su propio arte y misterio también está infestado de charlatanes; en verdad, consagran una buena parte de su tiempo y energías a desenmascarar o denunciar a esos charlatanes, o sea, a argüir que el pastor del tabernáculo vecino predica herejías.

Mencken, periodista profesional, recorría los templos para transcribir las disputas teológicas entre católicos, evangélicos, luteranos, presbiterianos, mormones, adventistas, testigos de Jehová, miembros de la Iglesia de Cristo Científico y otras congregaciones. Sus crónicas son prodigios de humor y jamás blasfemas.

No incorporé a mi biblioteca La doncella de Orleans, de Voltaire, porque al leerla por primera y única vez la encontré aburrida, pero sí atesoro su Cándido y su Diccionario filosófico, que nunca termino de saborear. Bajo la entrada "BIEN (TODO ESTÁ) leo:

Tengo que citar a Lactancio, padre de la Iglesia, quien en el capítulo XIII Sobre la cólera de Dios, hace hablar así a Epicuro: "O Dios quiere suprimir el mal de este mundo y no lo puede, o lo puede y no lo quiere, o ni lo quiere ni lo puede. Si lo quiere y no lo puede es impotencia, lo que es contrario a la naturaleza de Dios; si lo puede y no lo quiere es maldad, y eso es no menos contrario a su naturaleza; si no lo quiere ni lo puede es maldad e impotencia a la vez; si lo quiere y lo puede (la única de esas posibilidades que conviene a Dios), ¿de dónde viene, pues, el mal sobre la Tierra?"

El argumento es apremiante; por eso Lactancio responde muy mal, diciendo que Dios quiere el mal, pero que nos ha dado la sabiduría con la que se adquiere el bien. Hay que admitir que esta respuesta es demasiado débil en comparación con la objeción, ya que supone que Dios no podía dar la sabiduría más que produciendo el mal; ¡por lo demás tenemos una sabiduría singular! El origen del mal ha sido siempre un abismo del que nadie ha podido ver el fondo.

¡Qué lejos está este fragmento, donde sabios citan y rebaten a sabios, de las patochadas de nuestros radicales apolillados! Es deber de los liberales y socialdemócratas, creyentes y no creyentes, rescatar el tema de la religión del sumidero donde lo arrojó la agresiva coalición de fuerzas totalitarias y guerracivilistas, en la que los zafios e ignorantes conviven con los universitarios leninistas, para volver a abordarlo con el cerebro y no con las vísceras.

A continuación