Sánchez envía a pedir el voto en Cataluña al verdugo de Madrid

EDITORIAL

Con 80.000 muertos a sus espaldas, cuando ya comienzan a percibirse los graves efectos de la tercera ola de contagios del coronavirus y el ritmo de vacunaciones permanece estancado muy por debajo de las expectativas anunciadas, Sánchez prescinde de su ministro de Sanidad y lo envía de cabeza de lista a Cataluña para que ejerza de lacayo del separatismo.

Nada habría que objetar si el ministro de Sanidad con peores registros del mundo occidental hubiera sido destituido por su manifiesta incompetencia, pero el presidente del Gobierno jamás actúa en defensa del interés común sino del suyo propio, en función de la coyuntura política del momento.

La patada hacia Cataluña al ministro filósofo, por tanto, tiene como único fin rentabilizar su presencia constante en los medios desde que comenzó la pandemia. En todo caso, Illa fue fichado para eso, puesto que el ministerio de Sanidad era un puesto irrelevante dado el traspaso de competencias a las autonomías y su única función es servir de plataforma mediática para convertir al ministro de turno en un candidato rentable. Illa fue siempre el candidato de Sánchez y su presencia en el Gobierno no tenía más objetivo que rodarlo y darlo a conocer. Para nuestra desgracia, el coronavirus convirtió a esta nulidad en el gestor de una crisis sin parangón, con el resultado conocido.

Para una sociedad enferma de odio como la catalana, exacerbado por la más reciente campaña de separatistas e izquierdistas contra el Gobierno de Isabel Díaz Ayuso, Illa es el ministro que torció la legalidad para castigar a Madrid con un confinamiento abusivo, que nunca aplicó en otros territorios gobernados por los socios de Sánchez con registros mucho más letales. Como verdugo entusiasta de Madrid, no cabe duda de que Illa presenta excelentes credenciales para convertirse en el candidato socialista más apropiado de Sánchez y el más cómodo para sus socios separatistas, que es de lo que se trata en última instancia.

Illa es responsable de haber mentido a los españoles durante toda la crisis del coronavirus y de gestionar la catástrofe con criterios políticos en lugar de estrictamente sanitarios. Suya fue la decisión de mantener convocatorias multitudinarias como las manifestaciones ultrafeministas del 8-M, que contribuyeron decisivamente a colapsar el sistema sanitario causando decenas de miles de víctimas mortales. Solo por eso debería estar fuera de la política, esperando turno para sentarse en el banquillo de los acusados a responder de sus actos. Sánchez, en cambio, lo ha convertido en su candidato a la Generalidad catalana (por supuesto a dedazo; sin primarias que valgan), en una decisión que demuestra muy claramente lo que le importa al presidente del Gobierno de España la salud de todos los españoles.

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