Casado y la apuesta por la derecha liberal

EDITORIAL

Hace bien Pablo Casado en romper definitivamente los anclajes que le ataban orgánicamente al rajoyismo y apostar por que el PP vuelva a ser la más clara e indiscutible alternativa liberal-conservadora a la socialdemocracia, así como la más combativa punta de lanza contra el nacionalismo antiespañol. Haberse rodeado de personas de su absoluta confianza, algunas de las cuales provienen de la sociedad civil –como Cayetana Álvarez de Toledo o Pablo Montesinos–, le ayudará, sin duda, tanto como le facilitará la consolidación de su liderazgo. A este respecto, es de vital importancia que el PP tenga, tal y como ha señalado Montesinos, un "único discurso" en todo el territorio nacional; para que, por ejemplo, la crítica al nacionalismo o la defensa de la libertad de elección de lengua que se hagan en Valencia o en Cataluña se hagan también en el País Vasco o en Galicia; y que la reducción de impuestos y gasto público que se practica en Madrid se haga también –tal y como ya se empieza a hacer– en Andalucía.

La conformación de un equipo directivo de la absoluta confianza del líder debe servir no sólo para apaciguar el partido y acabar con las rencillas internas, sino para impulsar con la máxima ambición un proyecto de lucha ideológica contra el statu quo socialdemócrata y la contemporización con el nacionalismo, pecados en que ha incurrido con fruición el PP durante muchísimos años.

Igualmente, un partido que aspira no sólo a retomar el liberalismo sino a hacer de él su más distintiva seña de identidad no puede seguir renunciando a combatir la antiliberal, discriminatoria, injusta, ineficaz y mal llamada Ley contra la Violencia de Género, o la no menos aberrante Ley de Memoria Histórica. La encomiable e insuperable crítica que hace Álvarez de Toledo de ambas no puede seguir siendo una excepcionalidad, sino que debe pasar a ser parte del discurso del partido, como inicialmente lo fue de Ciudadanos o como lo es ahora de Vox, que desgraciadamente no tiene quien le acompañe en esta batalla trascendental.

Si el PP de Casado quiere demostrar que hay una solución al demencial modelo autonómico que no pase por su supresión debe atreverse a presentar una nueva propuesta de descentralización –tal y como en su día hizo FAES– que ponga en el foco el despilfarro y la disfuncionalidad del sistema actual. De igual forma, si el PP quiere ser el adalid del liberalismo económico no debe contentarse con tímidas rebajas de impuestos, sino proponer las más ambiciosas. Todo ello sin olvidar que el gran reto de reunificar lo que hay a la derecha del PSOE en torno al liberalismo no pasa exclusivamente por tratar de recuperar a votantes y miembros del partido que en su día lo abandonaron, sino que también ha de desplegar la elasticidad suficiente como para llegar a acuerdos e incluso forjar coaliciones con las demás formaciones constitucionalistas que quieren ser una alternativa al socialismo.

A Casado, pues, se le ha acabado la pretemporada y ha de empezar a darlo todo ya por su partido y su proyecto.

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