Aznar tiene razón

EDITORIAL

Entre esta frase: "Nos hemos pasado cuatro pueblos en el tema de la austeridad"; y ésta otra: "Relajar la corrección del déficit público es un error", no sólo media una gran distancia ideológica, sino que ejemplifica a la perfección la peligrosa y suicida deriva que ha protagonizado el PP bajo la dirección de Mariano Rajoy. El autor del primer enunciado es el ministro de Asuntos Exteriores en funciones, José Manuel García-Margallo, el artífice del segundo es el expresidente del Gobierno, José María Aznar.

El antiguo mandamás popular lanzó un nuevo y contundente recado a su partido este viernes tras afirmar que la reducción del déficit es esencial para impulsar la recuperación económica. De hecho, alertó de que "aceptar la oposición entre disciplina [fiscal], reformas y crecimiento es un error muy grave. Económico y político". Este tipo de declaraciones contrastan diametralmente con la opinión de la actual cúpula del PP, mucho más preocupada por los votos y el qué dirán que por hacer lo correcto y más beneficioso para el interés general del país.

Aznar, por desgracia, llega tarde en sus advertencias, sobre todo si se tiene en cuenta que el objeto de sus denuncias se veía venir desde hace mucho tiempo, pero tiene toda la razón. El fuerte desequilibrio fiscal que sigue registrando España ejemplifica a la perfección uno de los grandes fracasos de la gestión de Rajoy, tanto a nivel económico como político.

Así, en lugar de ejecutar las medidas a las que se había comprometido en su programa electoral, el Gobierno popular apostó desde el principio por disparar los impuestos, mucho más que el ínclito Zapatero, hasta el punto de superar a IU por la izquierda en materia fiscal. Además, por si fuera poco, los escasos e insuficientes recortes acometidos se concentraron en la mera reducción coyuntural de la inversión pública y en una rebaja generalizada de sueldos públicos cuyos efectos ya han sido revertidos, en lugar de apostar por una profunda reestructuración del sobredimensionado e ineficiente aparato estatal.

La ausencia de reformas estructurales en la Administración y la sangría fiscal que han sufrido los contribuyentes se han traducido en el segundo mayor déficit público de la zona euro, sólo superado por Grecia, y una deuda pública que ya supera el 100% del PIB, además del lógico cabreo de millones de votantes que perciben en la figura de Rajoy la traición a los principios y valores que dice -o decía- defender el PP.

La situación de aparente calma que viven las cuentas públicas españolas no responde, por tanto, al buen hacer del actual Gobierno, sino al salvavidas lanzado por el Banco Central Europeo. Y lo trágico es que aquellos países que sí han apostado con convicción por la austeridad presupuestaria y la liberalización económica, como es el caso de Irlanda, por ejemplo, ya han salido oficialmente de la crisis, con tasas de crecimiento próximas al 7% y una reducción muy sustancial del paro.

Lo peor para el PP, sin embargo, es que tampoco les ha servido de mucho a nivel político, tal y como evidencia la histórica pérdida de votos que arrojan las urnas. Ahora, Génova se contenta con mantener sus votantes o escalar ligeramente en número de escaños recurriendo, única y exclusivamente, al discurso del miedo, lo cual siempre acaba resultando infructuoso a largo plazo. La estrategia electoral más eficaz es la de convencer e ilusionar al electorado, demostrándole con hechos y argumentos que su propuesta es mucho mejor que la del resto de aspirantes a la Presidencia. Sin embargo, dicha tarea es imposible si se renuncia a la batalla de las ideas y, sobre todo, se abandonan los ejes fundacionales de tu partido para abrazar, al menos parcialmente, los de tu contrincante, que es justo lo que ha hecho Rajoy en los últimos años.

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