La nueva cepa

Cristina Losada

El Reino Unido, aislado del continente por una nueva cepa del virus que es más infecciosa aún que las que ya conocíamos. Este es el titular. La letra pequeña es que esa nueva cepa no es tan nueva: se detectó en muestras recogidas en septiembre. Es ahora, sin embargo, cuando se le da el tipo de publicidad que llega al gran público y se traduce en decisiones de los Gobiernos. De un lado, la del propio Gobierno británico de cancelar sus planes de abrir la mano durante las Navidades. Del otro, la de muchos países de la Europa continental de suspender los vuelos procedentes de Gran Bretaña, con el efecto de aislamiento que representa gráficamente el Brexit.

En el origen de este episodio crítico, ¿está la nueva cepa o está la vieja y conocida variante política? Vaya por delante: que nadie deje de estar alarmado ni de ser alarmista, incluso. La alarma es factor de protección. Pero hay que preguntarse por qué el Gobierno británico alerta ahora de una cepa que circula allí desde finales de septiembre, y que a 15 de diciembre se había identificado en 1108 casos en el Reino Unido, aunque el número real puede ser muy superior.

Una posible respuesta partirá de observar los giros acrobáticos que ha dado el primer ministro en pocos días. La secuencia. El Gobierno anunció la semana pasada que existía esa nueva cepa e impuso en Londres y otras áreas del país un alto nivel de restricciones. Dos días después Johnson dijo que, tal como había prometido, las medidas se relajarían entre el 23 y el 27 de diciembre para que las familias pudieran reunirse. Tres días más tarde prácticamente canceló las Navidades, alegando el peligro de la variante descubierta. Lo cierto es que los contagios suben, sea a causa de esta cepa o no, y los servicios sanitarios están bajo presión. Con la aparición de la variante hiper contagiosa, Johnson ha podido desdecirse de una promesa que no debía haber hecho sin quedar como un perfecto irresponsable por hacerla.

Y vamos al otro lado del Canal, que ahí también se hace política. ¿No es una curiosa coincidencia que dejemos al Reino Unido aislado justo cuando acaban de fracasar las negociaciones para un acuerdo post Brexit? La nueva variante del virus es un buen motivo, sí, pero el aislamiento impuesto para impedir su circulación resulta extremadamente simbólico a pocos días del fatídico 1 de enero. Tanto, que da la impresión de que en esa barrera repentina y rápidamente erigida hay un elemento de represalia.

No son más que hipótesis. Políticas. Pero se alinean con una constante que permanece, de momento, en forma de incógnita: cuál es el peso que ha tenido la pura táctica política en la gestión de la epidemia. Cuántas decisiones en apariencia destinadas a contenerla han obedecido al imperativo de la supervivencia política, al propósito de arrinconar o castigar al adversario, al objetivo de salvar la imagen o al de eludir responsabilidad. Cuántas, en fin, eran maniobras. Maniobras que algunos encubren con la incesante proclamación de que los únicos criterios que motivan sus decisiones son los científicos y sanitarios. Casi diría que, por norma, cuanto más proclame un gobernante que sólo se guía por lo que diga la ciencia, más hay que sospechar.

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