Guante de seda con los recelosos

Cristina Losada

Toda la artillería verbal que se desplegó contra los llamados, muy mal llamados, “negacionistas” del coronavirus se ha transformado en algodón de azúcar con los “recelosos” de la vacuna. La mutación se está produciendo delante de nuestros ojos y hay que observarla antes de que sea corriente. Podrá alegarse que no es lo mismo negar el virus que negar la vacuna. Pero quienes lo aleguen tendrán que esforzarse en justificar las diferencias. Y, sobre todo, las consecuencias: negarse a ponerse la vacuna tiene, para la comunidad, efectos tan perjudiciales o más que negarse a llevar mascarilla.

Para empezar por las trampas: muchos de los que fueron groseramente amontonados como “negacionistas” no dudaban de la existencia del virus, sino de las medidas confinadoras impuestas para frenarlo. Sin embargo, o por ello, el trato que se les dispensó, desde los medios y la política, fue todo menos comprensivo. No se planteó que había que convencerlos. No se propuso emplear la persuasión. No se dijo que, en lugar de descalificarlos, convenía proporcionarles más y mejor información: más transparencia. Nada de eso. La manera en que se trató con este heterogéneo grupo de escépticos fue ponerles la etiqueta maldita: extrema derecha. Y con el ganado así marcado no se anda con miramientos: se le sacude y punto.

Con los que recelan de la vacuna, qué diferencia. Hay que apelar a la solidaridad e informar con claridad para reducir su recelo, dicen las autoridades sanitarias. Hay que buscar cómo vencer el miedo a la vacuna, dicen también. Es contraproducente descalificarlos y avergonzarlos, dicen expertos. De modo que se está estudiando a fondo cómo convencer a los recelosos, cómo persuadirles de que pueden confiar en que la vacuna es segura. Todo ello con una comprensión, calidez y benevolencia que contrastan con la extrema dureza que se empleó con los otros desconfiados. Y siendo así que los dos grupos tenderán a solaparse.

¿A qué viene esa diferencia de trato? ¿Será porque los recelosos son más? Un 43,8 por ciento de los españoles, datos del último CIS, no se pondrían la vacuna de inmediato. ¿Será porque se ha entendido que es mejor por las buenas que por las malas? Sean cuales sean los porqués, el hecho es éste: vamos a ser mucho más comprensivos y amables con los que se nieguen a ponerse la vacuna que con los que decían que el virus era un invento, la mascarilla algo inútil y el confinamiento un craso error. Raro, ¿no?

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