Rumbo firme: de Génova al naufragio

Carmelo Jordá

Me pregunto cuántos de los miles y miles de votantes catalanes del PP que han dejado de serlo este domingo y cuántos de los que habrían podido votar a los populares pero al final han acabado confiando en Vox se lo habrían pensado mejor de haber sabido que Pablo Casado había decidido ya cambiar la sede del partido.

Por supuesto, es una pregunta retórica y sé la respuesta, como la saben ustedes: absolutamente ninguno. Lo que este martes nos ha vendido Pablo Casado como una especie de apuesta moral y de fondo no es otra cosa que una operación inmobiliaria que, por supuesto, no interesa a nadie que no sea el responsable de las cuentas del partido (iba a escribir “tesorero” pero mejor no meneallo). 

La dirección del PP da un paso más en la torpe maniobra de distracción emprendida ya antes de la votación en Cataluña y que consiste en culpar a Bárcenas del fracaso electoral. Entiendo que deben de estar desesperados, pero aún así es de una pobreza intelectual que por una parte da ternura y por la otra indigna. ¿De verdad creen Casado y García Egea que había alguien al principio de la campaña que pensaba votar por el PP y no sabía quién era y qué había hecho Bárcenas?

Me dirán los mejor intencionados de ustedes que sí que se sabía, pero que la campaña de noticias y supuestas revelaciones alrededor del extesorero ha impedido a los populares explicar su mensaje y sus ideas entre el electorado. Y yo les responderé: ¿qué mensaje?, ¿qué ideas?

Porque ese y no otro ha sido el problema de Casado y el PP desde hace meses: no hay ideas y no hay otro mensaje que no sea desmarcarse de Vox. No deja de ser curioso que los populares hayan entendido –o al menos eso parece, a tenor de su discurso– que para arrebatarle votos a Ciudadanos y el PSOE deben tratar con guante de seda a estos partidos, sobre todo a los socialistas; pero, sin embargo, para quitarle votos a Vox –algo que en principio debería ser más fácil, ya que hay más puntos en común e incluso más votantes que lo fueron en su día del PP– lo que hay que hacer es escupir en la cara de Abascal día sí y día también.

Y obviamente ese ha sido el problema de una campaña electoral en Cataluña, en la que lo único que ha dejado claro el PP es que había que "ensanchar la base" –aunque no sepamos bien qué significa eso– y que los de Vox son malísimos y muy poco moderados.

Así las cosas, está claro que el votante catalán que piensa que ya no queda otra que pastelear con los separatistas ha pensado que la mejor opción es Illa y, la verdad sea dicha, en eso no le falta razón. Y mientras tanto, el catalán que sigue pensando que es un deber moral y una necesidad enfrentarse al nacionalismo… pues ha elegido mayoritariamente a Vox, que parece un compañero mucho más fiable para la batalla.

Pablo Casado nos ha prometido dejar Génova y mantenerse firme en su rumbo, es decir, seguir definiendo ideológicamente al PP por contraposición a Vox, lo que ya hemos visto en Cataluña que lleva a un fracaso clamoroso. Empieza a ser el momento de pensar si no será mejor que otro capitán marque un rumbo más razonable, que eso de hundirse con la nave queda muy bien en los barcos, pero no es lo mejor en política.

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