Lo que va de un cura vasco a Maximiliano Kolbe

Carmelo Jordá

Después de sus repugnantes declaraciones en la película Bajo el silencio, del gran Iñaki Arteta, el ya tristemente famoso párroco de Lemona profirió unas a modo de disculpas y el obispo de Bilbao, con buen criterio, le suspendió de sus funciones.

No esperaba yo que el castigo se prolongase mucho, que ya sabemos que la Santa Madre Iglesia es muy suya a la hora de castigar a sus pastores, pero por si acaso ya han salido tres plataformas tres de curas a defender al de Lemona y a decir que nada de disculpas, que muy bien dicho y que exactamente eso es lo que piensa "un amplio sector" de la sociedad vasca.

La primera pregunta que me surge es que para qué necesitará un cura más plataforma que su parroquia y sus feligreses, pero igual es que mis ideas sobre la Iglesia son un poco anticuadas y resulta que los sacerdotes lo que deben hacer no es dar consejo espiritual y repartir sacramentos, sino polítiquilla repugnante en plataformas, coordinadoras y colectivos. La verdad es que no se puede descartar nada en estos tiempos bergoglianos, en los que tanto y tan malo sale de Roma.

Pero no nos desviemos de lo que es el propósito de esta columna y analicemos lo que han dicho esas tres cuadrillas de seres ensotanados: la justificación a las palabras del párroco de Lemona es, como les decía, que un "amplio sector de la sociedad vasca" estaba de acuerdo en que sus vecinos se merecían la extorsión, los secuestros, los tiros en la nuca y las bombas lapa. Y es cierto: así de enferma estaba y está la sociedad vasca; como enferma estaba la sociedad alemana en los años 30 y 40, y a Maximiliano Kolbe no se le ocurrió justificar los crímenes nazis, sino que fue detenido por salvar a cientos de judíos y, una vez en Auschwitz, se ofreció para morir en lugar de un desconocido que iba a dejar varios huérfanos.

¡Qué diferencia con sus colegas en el País Vasco, que, desde el calor y el confort de la sacristía, animaban a los jóvenes a meterse en ETA, eran pieza fundamental en la estrategia de hostigamiento en tantos y tantos pueblos vascos y, para colmo, maltrataban a las víctimas, los más débiles, siempre que tenían la oportunidad!

La Justicia ya no les alcanzará, por desgracia, pero espero que algún día la historia cuente bien a las claras y todo el mundo sepa el repugnante papel que la inmensa mayoría de la Iglesia vasca –con el consentimiento o al menos el silencio de la Iglesia española– desempeñó durante todos los terribles años de ETA.

Pastores que llevaban a lo mejor de su rebaño al matadero; chusma que arrastró por el fango y la sangre de inocentes sus sotanas y sus almas; gentuza que nunca contribuyó a la paz, tal y como exige su credo; socerdotes, que no sacerdotes, que merecerían que el infierno existiera, aunque sólo fuese para ellos.

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