Los tabernarios

Antonio Robles

Todas las comparaciones son odiosas, tan odiosas como irresistibles: ¿por qué el PP arrasó en Madrid y en Cataluña lo barrieron?

Hay dos maneras básicas de intervenir en política, con populismo (prometiendo al pueblo sus propios deseos) y con persuasión (vender a la gente la necesidad de trabajar por un ideal).

En el primer caso, la demagogia suplanta a la responsabilidad; en el segundo, la responsabilidad trata de persuadir al pueblo de las ventajas de ajustar esfuerzos y gastos para asegurar la máxima prosperidad para el mayor número al menor coste. En el primer modelo, el populismo promete a coste cero. En el segundo, la responsabilidad vende; el ciudadano ha de pagar un coste como precio de su bienestar. En el primer caso, el ciudadano cree que tiene derecho a ello por el mero hecho de nacer, los demagogos lo infantilizan; en el segundo, sabe que todo tiene un coste. Ninguna ideología es privativa de uno u otro modelo, hay demagogos y constructores de ideales de izquierdas y derechas.

Vuelvo a cambiar de tercio. Después de 40 años de dictadura, el bando perdedor se adueñó, desde una supuesta superioridad moral, de la hegemonía cívica, hasta convertir a los ciudadanos con ideologías conservadoras en herederos naturales del franquismo. Y, por extensión, franquistas; es decir, sin legitimidad democrática. Mientras, izquierdas y nacionalistas se reservaron la herencia de los ideales de la ilustración, la libertad y la democracia. Esa gran falsificación ha hecho que la derecha española haya estado pagando un peaje moral a esa supuesta hegemonía cívica de la izquierda, como si la Constitución del 78 no hubiera creado un Estado de Derecho de ciudadanos libres e iguales. Como si nacionalistas e izquierdas tuvieran un plus democrático per se.

No está mal que esa arrogancia la enarbolen quienes así se sientan, hay gente pa to; lo inaudito es que los constitucionalistas hayan asumido esa inferioridad moral pagando un peaje a nacionalistas e izquierdas identitarias, cuyas consecuencias están a la vista: a nivel territorial, los nacionalistas se pasan la Constitución y los derechos de los hispanohablantes por la entrepierna; y a nivel de Gobierno, asumiendo como normal lo que es profundamente anormal: pactar con quienes trabajan para dinamitar desde dentro la propia nación.

Lo vimos con vergüenza ajena en las últimas elecciones catalanas. Pablo Casado capó al mejor candidato disponible para enfrentarse a esa caspa, volvió al apaciguamiento con la burguesía catalanista que nos ha traído hasta aquí y renunció a plantar cara a la arrogancia inconstitucional del secesionismo. Vox aprovechó el terreno abandonado. El primero pasó de 4 diputados a 3 y el segundo, de 0 a 8.

¿Cuál fue la diferencia? El PP siguió paralizado ante el anatema de la ultraderecha y a Vox le resbaló. La manera más eficaz de que un maltratador pierda su capacidad de intimidación es dejarle claro que no le temes ni respetas.

En buena medida, la diferencia entre la campaña de las catalanas y la de las madrileñas estuvo en una mujer liberal que ha roto con el sambenito de franquista impuesto por la izquierda a las generaciones de derechas que le han precedido. Lo demostró en su incursión en la batalla cultural contra el nacionalismo con la invención de una nueva moneda, el zendal: "Los nacionalistas gastan al año 1.700 millones en acciones independentistas; solo en TV3 gastan 303 millones de euros, lo que equivale a tres zendales". Y ha luchado a brazo partido en la defensa de Madrid contra esa izquierda reaccionaria que la maltrató con todos los estigmas propios de un maltratador. No por ser mujer, sino por no ser una mujer sumisa.

"Espero que los tabernarios hayáis pasado un buen día", soltó con sorna tras el triunfo electoral. Un tezanazo contra cualquier tipo de tutela o chantaje. Ahora es cuestión de que Casado tome nota. La batalla cultural que Álvarez de Toledo inició la ha llevado a la realidad Isabel Díaz Ayuso. Primero cultivar, después recoger. Ya lo advertimos con pelos y señales en el "Coste de la renuncia del PP a Cayetana". Rectificar es de sabios.

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