El 'jogo bonito' de Neymar

Antonio Robles

Hoy, las grandes catedrales medievales tienen su correlato en los estadios de fútbol. El deporte rey se ha convertido en una religión para la humanidad, y los diferentes equipos, en sectas de sus aficiones.Lo importante es ganar, aunque sea en el último minuto y con penalti injusto. El instinto depredador que la naturaleza humana lleva dentro, y que la civilización ha reprimido para poder convivir en sociedad, se manifiesta de forma abierta, incluso insultantemente abierta, dentro y fuera de sus estadios. Lo que no se permitiría a nivel individual, se sacraliza cuando la masa de enfervorecidos hinchas decide manifestar su pasión en la defensa de sus colores. Incluso tal incondicionalidad se ha convertido en un valor añadido.

Para bien o para mal, la fuerza predominante en el fútbol es la pulsión irracional que tanto detestamos en otros campos de la vida. Atrás han quedado valores como la belleza del juego, la ambición por vencer limpiamente o la deportividad. Todos ellos han sido suplantados por la rivalidad peor entendida. Los derbis son un ejemplo.

Lo hemos visto con Neymar a propósito de sus filigranas contra el Leganés cuando su equipo iba ganando 0-4. Ha recibido más críticas su habilidad que las coces que suele recibir.

Para quien ama al fútbol, sobre todo porque juega o lo ha jugado, la belleza, la habilidad, la armonía, la rapidez física y mental, la inteligencia como estrategia al servicio de la arquitectura del juego, las emboscadas y la astucia, la fuerza y el pundonor y, sobre todo, el juego de conjunto, adornado con chispas individuales que electricen el objetivo del gol, son valores en decadencia frente a la eficacia del triunfo. El triunfo a cualquier precio. Es la perversión de este deporte tan hermoso y tan humano.

Justificar el enfado de un rival y la consiguiente entrada violenta contra la habilidad de un jugador por interpretar que te está vacilando es tan patético como intolerable. No hay mayor vacile, si nos ponemos así, que el atrevimiento de lanzar a portería contraria desde tu propio campo y dejar en el suelo al portero mientras recula para evitar un gol inevitable. Sin embargo, todo el mundo reconoce la astucia y pericia del atrevimiento.

Resulta sospechoso que las críticas a Neymar vengan de los rivales, y las disculpas o alabanzas, de sus partidarios. El fútbol es así de subjetivo. Me temo que hace falta mucha pedagogía para frenar esa tendencia cainita. Los directivos, entrenadores, presidentes, comentaristas deportivos y responsables de las organizaciones que mandan en el fútbol deberían comportarse como la elegancia de Zinedine Zidane. Reconociendo a Neymar la libertad para interpretar el juego como le plazca y admirando su creatividad. ¿Hay algo más bello que ganar merecidamente con el juego más hermoso?

Desgraciadamente, solo hay un ramillete de escogidos que, además de ser grandes jugadores, aportan belleza. Leo Messi es posiblemente el mejor jugador de la historia, y Ronaldo, uno de los más efectivos; el primero un maravilloso ratón escurridizo, el segundo, un portento físico; pero ni uno ni otro están a la altura de los garabatos que dibujaba Maradona, de la elegancia de Zidane, de la clase de Beckenbauer o del malabarismo de Ronaldinho o Neymar. Y en el fútbol, como en los toros, vale más un detalle a veces que el partido entero. Por esos jugadores amamos el fútbol; y al fútbol, porque nos permite seguir en guerra sin resultar heridos.

La burocracia del fútbol debe dejar paso a la estética y a la ética. No puede seguir tolerando que los comentaristas de fútbol justifiquen la necesidad de las faltas tácticas, la agresividad contra los más habilidosos, o la necesidad de la polémica en jugadas conflictivas para evitar que desaparezca el veneno del fútbol. Hoy hay medios técnicos para evitar el error y la polémica. Y ojos digitales para expulsar la violencia de los estadios.

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