Nada será como antes de la pandemia

Amando de Miguel

La pandemia del virus chino ha alterado la vida de los españoles (y la de otros pueblos, claro); quiero decir, la de los sobrevivientes. Atrás quedan en España cerca de cien mil muertos, y la guadaña sigue segando. En todo el mundo, la cifra de bajas se aproxima a los tres millones. Es tal el efecto de esta catástrofe que podría entenderse como el equivalente de la III Guerra Mundial. Solo que ahora las víctimas mortales no son varones jóvenes sino, mayormente, viejos. Es una extraña forma de eutanasia. Tanto es así que se eliminan muchos ritos funerarios, más que en las guerras. Ni siquiera los moribundos en los hospitales han tenido el consuelo de sentirse acompañados de sus deudos, o, más bien, sus herederos.

Vamos a tomar en serio esta calamidad. Las disputas estadísticas son una bagatela. Estamos ante una desgracia colectiva, que supera los aspectos sanitarios, de higiene pública. Habrá que estar atentos a los profundos cambios en la sociedad (incluidas la política y la economía) que ha traído este infortunio.

Una consecuencia sutil de la gran tragedia es la pérdida de legitimidad de las autoridades allí donde no han sabido tratar bien la lucha contra la epidemia. Sin ir más lejos, en España. Se ha producido un fenómeno que tantas veces achacamos a los animales: simplemente, ante el peligro, reaccionan por imitación de lo que hacen sus congéneres. Es la típica estampida de las manadas ante una amenaza espectacular. O, también, se vuelven insensibles ante el peligro inminente. Ahí está el mito del avestruz, que esconde la cabeza ante un trance desconocido. Los humanos no dejan de responder a esa secuencia estímulo-respuesta de sus parientes zoológicos.

No es menor problema que, ante la urgencia de las necesidades clínicas impuestas por la epidemia, algunos enfermos de otras patologías queden desatendidos. Quizá no quede otra alternativa, pero no deja de ser bien triste. Esa es una razón por la que al número de víctimas mortales como consecuencia inmediata de la epidemia haya que sumar esos otros decesos indirectos o sobrevenidos.

La respuesta pública a esta universal aflicción no ha ido mucho más allá de lo que podían haber decidido las autoridades en los siglos pasados. Es decir, se confina a la población por decreto, se limitan sus movimientos y se la provee de mascarillas. No se conocen muchos intentos de diseñar algún tipo de antiviral eficaz. Sería el equivalente de lo que se hizo con los antibióticos en el caso de las enfermedades bacterianas. Ahora se confía en la panacea, un tanto mágica, de las vacunas, que son, más que nada, una terapia consoladora. Encima, su administración ha sido un desastre organizativo.

El remedio último consiste en esperar que la pandemia agote por sí misma su impulso maligno. Cabe, entonces, que se transforme en endemia, como existen otras infecciones, digamos, corrientes. Ese es el futuro menos malo; peor será que se desaten otras epidemias con parecida virulencia. Entonces se verá que el problema básico de esta plaga es la ausencia de conocimiento suficiente. Da vergüenza la difusa consideración de que nos encontramos en el estadio científico de la evolución humana.

En el entretanto, habrá que estar muy atentos a la irrupción de nuevos usos sociales como respuesta inmediata a la pandemia. Unos serán positivos y otros, negativos. Aunque surge una confusión con esa dicotomía, pues últimamente nos han acostumbrado a que positivo sea tanto como decir “contagiado”. Supongo que es la jerga médica la que se impone. Es la misma que dice “estadío” en lugar de “estadio”. Uno de los sorprendentes efectos de la pandemia ha sido el extraordinario reconocimiento social que se otorga a los médicos y al resto del personal sanitario.

El confinamiento masivo, obligado por la pandemia, ha acelerado ciertas innovaciones, como el teletrabajo, los cursos educativos en línea, el consumo en línea, las actividades de los mensajeros. Por la misma razón, se ha destapado la inhibición a viajar o a asistir a espectáculos. De la misma forma, se ha arruinado la hostelería y el turismo, que eran, nada menos, la columna vertebral de la economía española. Es de prever el declive de las residencias de mayores y de todo tipo de internados. No se trata de fenómenos coyunturales, sino de profundas alteraciones de la vida social. Hay más, pero no debo abusar de la paciencia lectora.

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