La última de las libertades

Amando de Miguel

Tan es la última que ni siquiera figura ya en el catálogo habitual de los derechos humanos. Es la libertad de movimientos o de circulación para asentarse en cualquier lugar de la Tierra. Vergüenza me producen las declaraciones de los políticos de la Unión Europea haciéndose los remolones para aceptar las cuotas de unos pocos miles de refugiados políticos, asiáticos y africanos. En este momento de teórica paz mundial (o al menos europea), asistimos al escandaloso hecho de que hay muchos millones de refugiados políticos en todo el mundo. Súmense otros tantos que tratan de huir del hambre o se sienten atraídos por las condiciones de vida de los países llamados desarrollados. No solo los declaramos "sin papeles" (presuntos delincuentes). Todo lo que se les ocurre a los eurócratas es la ignominia de una "misión militar" contra las mafias que se aprovechan de los infelices emigrantes. Se habla incluso de hundir los barcos en los que son transportados penosamente esos desgraciados.

Con lo fácil que sería abrir las puertas de la Unión Europea a todos los que quisieran asentarse en ella. No nos quitarían puestos de trabajo, puesto que estos inmigrantes se hallan dispuestos a desempeñar las tareas que desprecian los europeos autóctonos o ya instalados. No se pueden poner puertas al campo y menos al mar. ¿Hay algo más absurdo que las vallas para contener a los inmigrantes en Ceuta y Melilla?

Hace algo más de un siglo había un reconocimiento de facto para moverse de un país a otro. La única limitación era el dinero, pues los transportes eran muy caros. Millones de europeos salían todos los años para el resto del mundo. No había pasaportes, ni visados, ni cuotas migratorias. Todo eso vino enseguida con el auge de los nacionalismos A veces se retrocede en la Historia. ¿Por qué no se reconoce el derecho a tener una doble nacionalidad?

No habrá una democracia sana en Europa mientras no aceptemos el principio de la libertad para asentarse donde a uno le convenga, empezando por la acogida de los refugiados políticos o los emigrantes económicos. Comento el asunto con mi colega de Bolonia, la ilustre profesora Maria Colomba Iuris. Su tesis ortodoxa es que los Estados deben defender a sus nacionales y cerrar las fronteras a la pacífica invasión de los sin papeles. Su argumento es que sería un gran desorden que cientos de millones de habitantes del mundo pobre irrumpieran en Europa. Mi respuesta es que, aun en ese supuesto extremo, no habría más remedio que aceptar una especie de ley de vasos comunicantes entre las naciones. Sin llegar a tanto, es un hecho que Europa es ya un mosaico étnico. Lo cual trae problemas, sin duda, pero los europeos cumplimos de ese modo el mandato histórico de haber traído al mundo las libertades. Todas ellas sorprendieron el día en que las pusimos en práctica.

No encuentro a ningún político español dispuesto a plantear esta nueva libertad de asentarse en la parte del mundo que a uno le convenga. En cuyo caso se trata de una utopía, lo reconozco. Pero así empezaron muchas ideas que hoy nos parecen civilizadas.

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