La penosa formación de Gobierno

Amando de Miguel

Lo interesante no es tanto la mecánica de la suma de votos para formar Gobierno, sino cómo van a resultar las alianzas, qué precio van a tener. El PSOE tiene ahora la llave, bien pactando a la derecha con el odiado PP o a la izquierda con el temido Podemos. En el primer caso se daría paso a que Podemos se constituyera como la leal oposición de su Graciosa Majestad, para remedar la expresión británica. No sería mala cosa para estimular la tradicional acidia del PP, tan lleno de complejos. En el supuesto de que el PSOE pactara con Podemos, se llegaría a una especie de Frente Popular, al estilo de 1936, con la notable diferencia de que ahora no hay sangre.

Ante el posible pacto de la gran coalición (PP+PSOE+C´s), el PP es quien tiene más que ceder, sencillamente porque va a ser el principal beneficiado. De momento no se vislumbra tal actitud, envalentonado como está el PP con el estribillo de que "ha ganado las elecciones". También Pirro ganó la batalla.

Cualquier coalición que se establezca se va a ver obstaculizada por el fulanismo (en expresión de Unamuno), la relación personal tan mala entre los líderes de la tetrarquía. De ahí que fuera conveniente su dimisión, pero no caerá esa breva.

Lo mejor sería volver al sentido primigenio de la política, como lo referido a la polis, los contribuyentes. Hoy se enfoca más bien como un juego entre los líderes, las estrellas mediáticas, como los futbolistas o los actores. Nuestra democracia es realmente un régimen de partidos, en los que, además, pesa sobre todo la apetencia de poder. Cada partido entiende que hay que reformar lo que le beneficia; por ejemplo, la ley electoral. Lo peor es la intención de derogar algunas leyes, en lugar de proponer su alternativa mejorada.

Por desgracia para los contribuyentes, ninguno de los cuatro partidos en liza plantea prescindir de las subvenciones públicas para sus desaforados gastos. Esa reforma sí sería un paso decisivo en la regeneración democrática, que, de otro modo, se queda en agua de borrajas. En todo caso, puestos a aceptar la financiación pública de los partidos, el criterio no debería ser en proporción a los escaños conseguidos. Antes bien, sería mejor que la ayuda pública fuera inversamente proporcional al número de escaños. Seguimos con las utopías.

Más que obstinarse con erradicar la corrupción política, sería más productivo tratar de contener el despilfarro de los gastos públicos. La corrupción no es más que la guinda de ese pastel del derroche público. El cual destaca de forma especial en los ayuntamientos y autonomías. Los partidos olvidan esa reforma porque su poder aumenta conforme lo hace el gasto público. De ahí la moda de considerarse todos un tanto socialdemócratas, partidarios de que crezca el Estado de bienestar. Se ha olvidado que tal institución fue más bien una iniciativa de los partidos conservadores, precisamente por temor al socialismo revolucionario.

En síntesis, la formación de Gobierno tendrá que superar la tradición del fulanismo. El objetivo no debe ser que se constituya cualquier Gobierno, sino uno que sea estable. Aun con un Gobierno estable, se hace cuesta arriba la reducción del tamaño del Estado, necesaria para los contribuyentes, no para los partidos. Tal como están las cosas, lo más probable es que haya elecciones antes de un año. Si ganaran las izquierdas, llegaríamos en seguida a la desintegración del territorio nacional. Sería algo así como la desmembración de la antigua Yugoslavia. Antes de llegar a ese futuro indeseable, se prevé la intervención de los que antes llamábamos "poderes fácticos".Ahora son los Estados Unidos, la Unión Europea y el Ibex 35.

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