La nueva política no es lo que parece

Amando de Miguel

Se comprende que los españoles se muestren ansiosos de experimentar nuevos usos y contenidos de los partidos políticos, tanta es la insatisfacción que producen las viejas prácticas. Lo malo es que la nueva política se ha identificado mecánicamente con los partidos de nuevo cuño, los recién llegados al Congreso de los Diputados.

Lo sano sería que la renovación (mejor que regeneración) se produjera en todos los partidos, también en los tradicionales. Pero la ley que mejor funciona en la sociedad es la de la inercia. Los viejos partidos no cambian, mientras que los nuevos se contaminan de los vicios inveterados. Así nos va.

Un solo caso. Aburre la cantinela de que a nuestros padres de la patria no les interesa el medro personal ("los sillones", dicen ellos) sino el bienestar general, la salud de las instituciones. Mienten más que hablan. Nunca como hoy hemos visto tantos políticos obsesionados con el número que van a ocupar en las listas electorales. Para lo cual hay que ser complacientes con el mando. Los de los nuevos partidos no se quedan atrás en esa carrera de sacos. Una vez aposentados en sus escaños, les entra la urgencia de viajar, de consumir dietas.

Otro rasgo de toda la vida que no se supera. A la hora del escrutinio electoral nadie se considera perdedor. Siempre cabe argüir que los perdedores han conseguido más de lo que pretendían. Tienen otra razón. Si bien se mira, el éxito electoral de un partido está en conseguir escaños. Con un par de ellos ya pueden negociar y salir en los titulares de los medios. Lo que a ningún líder se le pasa por la imaginación es dimitir si saca pocos votos, menos de los que habían previsto las encuestas. Como en el fútbol, todos salen a ganar. Si luego pierden es por culpa del árbitro o de las inclemencias.

Una vieja tara de los partidos es que no hace falta ninguna calificación especial para ser diputado, ni siquiera para obtener un alto cargo a dedo. Para ser un modesto camarero o un empleado de los ferrocarriles se exige saber un poco de inglés. En el caso de los diputados habría que añadir la experiencia de haber administrado fondos públicos con honradez y eficacia, aunque solo haya sido en cantidades modestas. Pues bien, nada de eso se exige para medrar en un partido político. Basta con saber adular a los jefes. Eso se llama después "unidad".

Lo que parece nueva política es la de siempre. Comprendo que el arte de mentir se encuentre muy apreciado en nuestra sociedad. Pero los señores de la política deberían superar tales resabios. ¿Tan difícil es comprender que, si no cambian, van a seguir siendo despreciados por el grueso de la población? ¿No hay alguno que parezca que lee lo que se escribe sobre ellos?

En la democracia y en la vida las etiquetas importan. Los nuevos partidos llamados emergentes se consideran más bien fuerzas, confluencias, formaciones. Utilizan marbetes que evitan la palabra partido y la sustituyen por verbos (Podemos), sustantivos aislados (Compromiso) o locuciones (Juntos por el Sí, Ahora Madrid o equivalentes). En muchos casos se trata más bien de movimientos, colectivos, movilizaciones. La resistencia a utilizar la palabra partido constituye una extraña herencia subconsciente del franquismo. Por último, la apelación política a lo nuevo se asocia históricamente con tintes autoritarios. Claro que, si no se ha leído mucho, no importa.

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