La aporía de la tercera ola

Amando de Miguel

Hay una magnífica expresión inglesa, que resulta difícil de traducir al castellano: wishful thinking. Es algo así como asegurar que el futuro va a traer lo que uno desea o se imagina como bueno. Es la mentalidad que impregna al jugador de lotería o de apuestas, esto es, a casi todo el mundo. Su contrapartida lógica sería el hateful thinking, el temor de que, en el futuro, se cumplan los peores presagios. Hay casos: no está el horno para bollos.

Un siniestro espectro planea sobre la sociedad española, entre otras. Es el regalo envenenado de los próximos Reyes Magos, como colofón de las Navidades. El azar astronómico ha querido que las próximas fiestas de Nochebuena y Nochevieja caigan en jueves. Es claro, por tanto, que se sumarán los respectivos puentes feriados en un prodigioso acueducto. Lo cual estará muy bien, si no fuera por la maldita pandemia, que nos fuerza a no movernos de nuestros domicilios, a anular las intenciones de reunirnos en grupos jubilosos y bullangueros. Es casi una maldición contra natura. Ni en las guerras se ha visto tal contención.

Tenemos el precedente del puente de Acción de Gracias en los Estados Unidos. A los 15 días del cual (el tiempo que tarda en desarrollarse el virus chino) se alzó, vertiginosa, la curva de los fallecidos por la pandemia en ese país. Es la temida tercera ola. No sabemos si ese mismo efecto se producirá, en España, a las dos semanas del puente de la Inmaculada y del aniversario de la Constitución. Solo se puede atestiguar que supuso un desbordamiento del público sobre las calles, los comercios y los lugares de esparcimiento. Es lógico, la gente está un poco harta de confinamientos perimetrales, cierres de establecimientos, aforos restringidos y toques de queda. Pronto sabremos si se ha producido el efecto de la tercera ola de la pandemia en España.

La aporía es clara. Si, a las dos semanas del puente de la Inmaculada, se registra un aumento en el número de contagios por la pandemia, hay que echarse a temblar. Me refiero a la anticipación sobre lo que ocurrirá con el acueducto navideño. Pero, si se diera el caso de que no se produjera esa subida significativa de la nómina de contagiados y fallecidos por mor del virus, entonces, la salida no será menos tranquilizadora. En efecto, se relajarán los hábitos de las reuniones navideñas con mucho personal. En cuyo caso, lo lógico es que se produzca el efecto de la profecía autoderrotante, un terminacho de los sociólogos. Es decir, aumentará, todavía más, la incidencia de la pandemia, al cebarse con una población relajada en sus hábitos de festejar en grupo. Estamos rodeados.

Los Gobiernos –central y regionales– han adoptado una serie de medidas preventivas con respecto a la temida tercera ola, como efecto anticipado del acueducto navideño. Añádase, todavía, la semana festiva de Reyes, pues el 5 de enero cae en miércoles. Bien, no habrá despedida del año en la madrileña Puerta del Sol, pero ¿cómo se podrán controlar los tumultuosos equivalentes domésticos? El Estado carece de suficientes fuerzas de policía para tener a raya las reuniones festivas de las familias o los amigos –ahora dicen “allegados”–, con motivo de las fiestas navideñas. ¿Cómo evitar que se congreguen más de una decena de personas en cada una de ellas? Y son cientos de miles esas ocasiones placenteras por todo el territorio nacional.

No existe nada parecido a un Diablo Cojuelo que pueda levantar los tejados de los hogares de los españoles durante las celebraciones navideñas. Así que no podemos saber cómo de jocundas y plurales van a ser esas ocasiones de juntarse muchas personas. Confiar en la responsabilidad personal de los españoles me parece como “soñar con truchas”, que dicen los catalanes.

En resumen, la tercera ola de la maldita epidemia nos amenaza como una especie de tsunami telúrico y simbólico. Solo nos salvará de esa amenaza las inminentes vacunas y, sobre todo, la evolución de la pandemia. Mi predicción intuitiva es que el maldito virus se extinguirá de forma natural, antes de que se haya vacunado el grueso de los españoles y el resto de los habitantes del mundo. Puede que sea un wishful thinking. Lo mío poca ciencia es.

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