El marquesado de Galapagar y sus vasallos

Amando de Miguel

Durante la penosa formación del Gobierno, el marqués de Galapagar (y no me refiero a don Jacinto Benavente) ha permanecido silente. Ya es rara una conducta así en un tipo tan gárrulo como suele ser don Pablo, el dómine de Ciencias Políticas. Sus parvas lecturas le han servido para comprender una cardinal constancia histórica. A saber, casi siempre que socialistas y comunistas han aunado sus fuerzas para compartir el poder, los comunistas se han llevado el gato al agua. De ahí que no haya podido cristalizar la idea de un PSOE gobernando en solitario apoyado nominalmente por las derechas, asustadas estas del eventual dominio de los comunistas.

Conviene precisar que el comunismo hodierno en España ya no es soviético sino latinoamericano. Por eso sus jerarcas necesitan la ostentación de guardaespaldas y niñeras. Este comunismo ya no es el austero equivalente de la izquierda libertaria de hace un siglo. Se presenta más bien con el uniforme feminista, el aire ecologista y una cierta retórica buenista. No busca, ni por asomo, el interés de España, palabra vitanda para esta patulea, sino una especie de mixtura de tribus locales. No llegan a la categoría de taifas, porque los reyezuelos taifas de la Edad Media eran cultos y refinados.

Por encima o por debajo de las ideologías, lo que representa este nuevo personal que hoy domina el cuaderno de bitácora del Estado es su increíble mediocridad. Les mueve la mentalidad del resentimiento, la ética del reparto, la estética narcisista.

Se podría pensar que, ante la amenaza de un Gobierno dominado por los hoplitas de Unidas Podemos, el grueso del pueblo español se levantara indignado. No se espere nada de eso. La población española se mantiene anestesiada por el fútbol omnipresente, el atractivo de las drogas alucinógenas, los placeres de la cama y de la mesa, la tentación de los juegos de azar. Solo la minoría de Vox intenta representar una nueva moral política, pero se ve marginada ante el predominio de las fuerzas establecidas.

Lo que sí sucede es que, a pesar del indiferentismo general, los españoles conscientes se ven asaltados por toda suerte de descubrimientos estupefacientes. Vaya como ilustración el siguiente decálogo de las aporías que asaltan a los españoles interesados por la cosa pública:

  1. Un buen número de los diputados del Congreso no se consideran españoles.

  2. Muchos centros públicos de enseñanza en ciertas regiones se oponen a que en esos recintos ondee la bandera española y los alumnos no reciben la enseñanza en la lengua oficial de España.

  3. Los principales sindicatos viven de la munificencia del Estado. Son así una cómica réplica de su anterior adversario: los funcionarios sindicalistas de cuando Franco.

  4. Hay partidos políticos bien asentados que no intentan representar al pueblo español, sino solo a una fracción territorial.

  5. En los actos públicos solemnes, fuera de los celebrados por Vox, no suele oírse el himno nacional y tampoco es frecuente la ostentación de la bandera de España.

  6. Por su modo de entender las leyes, los impuestos y otros muchos capítulos de la vida pública, no parece clara la diferencia que pueda haber entre la política del PP y la del PSOE.

  7. No está claro qué utilidad puede tener para los españoles la pertenencia de España a la Unión Europea.

  8. No se entiende bien que España reciba un numeroso contingente de inmigrantes extranjeros mientras se mantienen unas tasas de paro que son una de las más altas de la Unión Europea.

  9. Sorprendentemente, los españoles acaban de percatarse de que el Tribunal Supremo no es tan supremo como parecía.

  10. Por lo visto, un español puede ser acusado, o incluso condenado, por un delito de secesión contra el Estado y al tiempo ser parlamentario en el Parlamento Europeo.

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