El ápice del poder, tiempo y espacio

Amando de Miguel

Tiempo y espacio son dos dimensiones básicas, universales, pero, si bien se mira, en la vida cotidiana se presentan con una agobiante escasez. Hay que ver los esfuerzos que acumulamos para lograr ser propietarios de una minúscula parcela del territorio nacional. El tiempo es la cosa más escasa que existe, pues todo el mundo desea tener más de lo que posee. Las personas que mandan o descuellan en cualquier orden de la vida se sienten especialmente acuciados por la falta de tiempo para hacer todo lo que desean.

Fijémonos en las personas al frente de la política. La obsesión por el espacio puede llegar a ser en ellas insaciable, patológica. En España, el jefe del Gobierno lo que desea no es solo mandar sino apalancarse en un hotelito de mal gusto que llaman Moncloa. A partir de ese asentamiento puede empezar a desplegar su poder, que consiste sustancialmente en dominar el tiempo de todos los demás (excepto el del rey). Una manifestación de ese poder es que a él solo compete la facultad de convocar elecciones generales. Tal exclusividad podría interpretarse como un resto autoritario o, al menos, como un exceso de poder. En mi modesta opinión mejor sería que las elecciones generales (como en los Estados Unidos) se fijaran cada equis años en un día determinado de forma automática. De lo contrario, el presidente del Gobierno puede convocar las elecciones cuando más le convenga a él y a su partido. No deja de ser una sutil forma de corrupción, de apropiación de bienes escasos. Otra opción podría ser que la capacidad de convocar las elecciones correspondiera al rey, como jefe del Estado y por encima de los intereses partidistas (ahora se dice "partidarios", pero no es lo mismo). Sería una forma de atribuir al rey una necesaria competencia de equilibrio o de moderación en la vida pública. No es suficiente el papel de figura decorativa que ahora tiene.

Si lo anterior pudiera parecer demasiado arbitrista, al menos se debería aceptar el principio de no reelección para el presidente de Gobierno, como existe, por ejemplo, en México. Es un cargo demasiado estresante, a pesar de sus enormes privilegios. Con la experiencia de la Transición hay datos suficientes en los presidentes reelectos que indican la decadencia y las corruptelas del segundo o tercer mandato.

Las campañas electorales deberían tener un tiempo tasado y sobremanera corto, sin el subterfugio de una prolongada pre-campaña, que resulta hipócrita. Si los altos cargos dedican muchos esfuerzos a una larga campaña electoral, quiere decir que detraen las energías necesarias para gobernar, tomar decisiones y preocuparse del interés general. La peor corruptela por parte de los que gobiernan es la utilización de bienes públicos (coches oficiales, locales, viajes, regalos y otros gastos con cargo al presupuesto del Estado) para la tarea de solicitar votos. En el momento actual esa apropiación indebida es ya un escándalo mayúsculo, a pesar de que no llame mucho la atención.

Una perversa utilización del tiempo y del espacio escasos es la postura del "silencio administrativo" en el caso de una campaña electoral cuando un partido de la oposición solicita un local público para un acto político. Simplemente, la oficina pública correspondiente da la callada por respuesta. Es algo tan común como abusivo. Debería ser un comportamiento delictivo, pero nos hallamos muy lejos de un ideal tan fino. Muchas veces, ante la petición legítima de un ciudadano, el organismo público correspondiente deja correr el tiempo sin contestar hasta que llega un momento en el que "se ha pasado el plazo". Creo que es una arbitrariedad miserable; tan corriente que ni siquiera lo parece. Lo más irritante de todo esto que critico es que no parece interesar a nadie. Reconozco (ahora se dice "admito") que soy un bicho raro.

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