La lección postrera de Suárez

Abel Hernández

La solemne despedida de Adolfo Suárez, el primer presidente constitucional, ha servido, entre otras cosas, para restablecer la dignidad de la política, que aparecía últimamente degradada, y para reivindicar una forma de hacer política, basada en el pacto, la concordia y el respeto mutuo. Ante su féretro, instalado en el Congreso, los actuales dirigentes, tanto del Gobierno como de la oposición, probablemente se han visto impelidos a hacer examen de conciencia. Ha sido su lección postrera. Por fin, se ha salido con la suya y se le ha hecho justicia, que de forma escandalosa se le negó en vida. El pueblo llano que ha esperado horas en la cola para rendirle el último homenaje no sólo expresa así su reconocimiento sincero y emocionado a un político valeroso, uno de los suyos -él siempre se encontró más a gusto con "la gente de la boina"-, un presidente que buscó la concordia y el interés general, sino que muestra de paso, me parece, su reproche silencioso a lo que está pasando.

El reconocimiento sentido y público del Rey, en este momento decisivo, a la pérdida de un amigo leal y de su papel clave a su lado en la Transición a la democracia, también invita a reflexionar a todos sobre la necesidad de recuperar el sentido generoso de la acción política, que se ha perdido. Entre Suárez y el Rey nunca desapareció del todo el afecto desde que se encontraron en Segovia el año 1969 cuando don Juan Carlos era príncipe, y Suárez, gobernador civil. La Transición la hicieron mano a mano. Sin estas dos personas providenciales, con sus virtudes y defectos, con su agudeza y sus limitaciones, todo habría sido mucho más difícil. No se puede ocultar que entre ellos hubo también sus más y sus menos, y se produjo un largo desencuentro cuando Adolfo Suárez tuvo que dimitir después de una "encerrona" con altos militares en la Zarzuela, que obligaron al Rey a suspender una cacería en la finca Lugar Nuevo, de Icona, en la sierra de Cazorla. El presidente Suárez abandonó voluntariamente el Gobierno, con profunda amargura, después de perder la confianza del Rey y acosado por todas partes. A partir de entonces entre él y el Rey Juan Carlos, al que a pesar de todo mantuvo la completa lealtad hasta el final, se abrió un largo calderón de silencio. El reencuentro se produjo cuando Suárez abandonó totalmente la política activa, abrumado por las desgracias que habían asolado su casa y por los primeros síntomas de su enfermedad, que empezó mucho antes de lo que se dice. Ante la capilla ardiente, al Rey se le han amontonado dentro todos los recuerdos, todos los motivos para el afecto y la gratitud, y estoy convencido de que se ha sentido más solo y desamparado.

Con la generosidad que siempre le caracterizó, incluso hasta con sus enemigos, Adolfo Suárez habrá perdonado desde más allá de las estrellas a los que le apedrearon, desde fuera y desde dentro de su propio partido, en un acoso y derribo tremendo sobre todo por parte de los socialistas, en el que participaron frívola y despiadadamente muchos periodistas conocidos. Los mismos que recogen ahora las piedras que le lanzaron para construir con ellas un monumento en su honor. En España somos así. Los mismos que le navajearon le llevan ahora flores. Y los militares que tanto le hicieron sufrir entonces, ahora plenamente defensores de la democracia y de la Constitución de la concordia, llevan su féretro a hombres, en un gesto simbólico emocionante. En esta hora de la verdad no hay que ser cicatero: al final se le ha hecho justicia. La lección de grandeza moral, que quiso dar con su dimisión aquel tormentoso enero de 1981 y que no fue atendida, sino todo lo contrario, lo ha conseguido ahora con su muerte. Ha sido un aldabonazo en la conciencia política de los españoles, incluidas las nuevas generaciones.


Abel Hernández, autor de Adolfo Suárez. Fue posible la concordia y de Suárez y el Rey.

A continuación