¿Por qué es tan difícil que la UE sancione a Rusia?

La dependencia del gas ruso y su compleja sustitución hacen muy difícil la aplicación de sanciones efectivas contra Moscú.

M. Llamas

Crimea ya pertenece oficialmente a Rusia. Moscú firmó este martes la anexión de la región que, hasta ahora, formaba parte de Ucrania y, aunque la UE ha amenazado al Kremlin con la adopción de fuertes sanciones, la mayoría de analistas coincide en que el movimiento geopolítico orquestado por Vladimir Putin no tendrá graves consecuencias. Dicho de otro modo, Europa juega de farol.

De hecho, los mercados han reaccionado al alza ante la tímida respuesta, cuando no pasividad, mostrada por Bruselas. Así, de las casi 100 pesonalidades rusas y ucranianas que se barajaron en un principio como objetivo de multas y sanciones, las autoridades comunitarias estrecharon el cerco a tan sólo 21 nombres, y pocos son los expertos que prevén medidas mayores.

Y es que, más allá de las razones puramente políticas que explican esta inacción, existen importantes factores económicos a tener en cuenta para que Europa deje las cosas como están o, como mínimo, busque una salida negociada a este particular conflicto diplomático.

La principal razón no es otra que la fuerte dependencia enegética del gas ruso. Rusia, a través de Gazprom, aporta casi un tercio del gas natural que consume Europa, alzándose como el gran proveedor continental. En concreto, este porcentaje se eleva al 100% en la mayoría de los países del este y algunas economías del norte, pero también alcanza ratios elevadas en otros estados miembro, como es el caso de Alemania. España, por el contrario, es de los pocos países que no tiene a Rusia como suministrador.

Además, cerca del 70% del gas ruso llega a la UE a través de las tuberías de Ucrania. De ahí, precisamente, que el corte de suministro decretado por Moscú en 2006 y 2009 también afectara a la UE de forma indirecta. Algunos analistas aducen que, igualmente, la economía rusa es muy dependiente de las importaciones energéticas, lo cual es cierto. No en vano, la venta de petróleo y gas representa el 70% de las exportaciones rusas y casi la mitad de los ingresos presupuestarios de su Gobierno.

Así pues, cortar el grifo a Europa supondría importantes pérdidas para Moscú, pero el problema es que, llegados a este punto, Europa depende más de Rusia que al revés, y, por tanto, tendría más que perder. El encarecimiento de la energía alcanzaría precios prohibitivos en varios países miembro.

Ante tal escenario, Bruselas ha alegado en los últimos días que, por suerte, las reservas de gas son elevadas en la mayoría de países europeos gracias a la suavidad del presente invierno. Sin embargo, muchas economías son extremadamente dependientes del gas ruso y un bloqueo prolongado acabaría afectando de forma muy grave al conjunto de la economía comunitaria.

En este sentido, hay quien alega que, llegado el caso, EEUU podría acudir en ayuda de Europa mediante el suministro de gas licuado, transportado por barco. Pero, una vez más, se trata de una opción difícilmente viable dada la escasez de regasificadoras -instalaciones que convierten el gas licuado en gas natural- y la imposibilidad de que dicha oferta supla el ingente suministro ruso.

Otras dificultades añadidas

Aun en el caso de apostar por sanciones adicionales, alcanzar un consenso dentro de la UE para sancionar duramente a Rusia sería muy complicado. Es difícil que los 28 estados miembro de la UE aprueben por unanimidad imponer fuertes multas sobre las principales autoridades estatales y económicas de Rusia, y aún más improbable que se apruebe algún tipo de restricción comercial, dadas las represalias gasísticas que, muy posiblemente, desencadenaría tal decisión.

Además, si bien el sector privado ruso ha sacado al extranjero cerca de 420.000 millones de dólares entre 2008 y 2013, equivalente al 20% del PIB del país, muchos de estos activos se han movilizado a través de centros offshore (refugios fiscales), lo cual dificulta su rastreo y localización.

En este sentido, los expertos de Bruegel, uno de los think tanks de referencia en materia comunitaria, indica que la clave de esta particular partida no consiste tanto en demostrar "cuánto daño puede imponerse a la parte sancionada [Rusia], sino en cuánto dolor puede ser tolerado por el sancionador [UE]". En este sentido, si la UE pretende jugar en serio, "detener las importaciones de gas ruso sería una señal potente" para el Kremlin. Pero, en caso contrario, "Europa tendrá que limitarse a aplicar medidas simbólicas para evitar pérdidas innecesarias".

Asimismo, los analistas del think tank Open Europe concluyen que, hoy por hoy, una "solución negociada" entre Rusia y la UE sigue siendo la "opción más probable" para solventar el problema de Crimea, descartando así un enfrentamiento que, a la larga, perjudicaría a ambas partes.

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