Sasa Curcic: drogas, sexo y excesos en el talentoso fútbol serbio

Cuando jugaba al fútbol era un genio, pero las ganas de fiesta le podían. Hasta el punto de retirarse a los 29 años totalmente arruinado.

Tolo Leal

Sasa Curcic fue uno de los grandes talentos surgidos en el fútbol yugoslavo de principios de los 90. Forjado en la cantera del OFK Belgrado, debutó con la selección absoluta de la aún Yugoslavia en 1991, con tan solo 19 años. Su desembarco en la Premier League parecía confirmar los mejores augurios. Pero ahí comenzó su cuesta abajo. Porque él así lo quiso.

Nacido el día de San Valentín de 1972 en Belgrado, su infancia en la Yugoslavia de preguerra no fue nada sencilla. Su familia nunca tuvo casa propia, siempre tuvo que vivir en casa de unos conocidos, y al niño Sasa no le dejaban jugar al fútbol.

Aun así, cuando conseguía escaparse, era lo primero que hacía. Y no tardaron en decirle que era bueno. Muy bueno. Por eso, y pese a las reticencias iniciales de sus padres, a los 14 años le dieron la oportunidad de marcharse a Francia para formarse como futbolista. Pero la cosa no resultó. Pasó de un equipo a otro, sin cobrar un céntimo, a pesar de que siempre demostraba tener calidad para ello. De hecho, en el Cannes era el mejor del equipo, incluso por delante de un chaval argelino unos meses menor y que también había dejado su familia para probar en el fútbol francés; un tal Zinedine Yadid Zidane.

Tras el fiasco francés, Curcic no tuvo más remedio que regresar a casa, enrolándose en la cantera del OFB Belgrado. No tardó en debutar en el primer equipo, entonces en la segunda división yugoslava. Y fue entonces cuando llamó la atención de todos. También la del seleccionador nacional, Ivica Osim, que le hizo debutar con la selección absoluta de Yugoslavia en octubre del 91 ante Brasil. Tenía 19 años y una increíble carrera por delante.

Sustituto de Mijatovic

En el verano de 1993 Curcic, que había logrado el ascenso con el OFB, fichó por el Partizan. Era un trampolín para dar el salto a algún club grande, como habían hecho tantos otros futbolistas durante aquellos años. De hecho, su llegada al club se produjo para sustituir a un prodigioso futbolista que acababa de salir de Belgrado rumbo a la liga española: Pedja Mijatovic.

A Curcic no le pudo la presión. Talento tenía de sobra para liderar el equipo, como relata el entonces entrenador del equipo, Ljubisa Tumbakovic, en Jot Down: "Curcic tenía un talento increíble, tanto técnica como creativamente. Tenía algo raro de encontrar en el fútbol, que es explosión y rapidez, pero también resistencia. Además, era muy carismático. Era un genio. Como jugador fue alguien enviado por el propio Dios… pero nadie es perfecto y él tampoco".

El problema que tuvo Curcic entonces no fue en los terrenos de juego. Porque aquel Partizan, del que Sasa se convirtió en el gran líder, se proclamó campeón de Liga y de Copa. El problema estaba fuera. En la noche de Belgrado. En las fiestas. Y en el malgasto de dinero. Un dinero que Curcic no había tenido nunca, y que ahora despilfarraba.

Un año de fútbol en Inglaterra

En el verano de 1995 fueron varios los equipos que se interesaron por sus servicios. Entre ellos el Atlético de Madrid, justo antes de hacerse con el histórico doblete. Todo parecía cerrado, pero parece ser que Radomir Antic, conocedor de su otra vida, rechazó el fichaje. Finalmente firmó por el Bolton Wanderers, recién ascendido a la Premier League, y que desembolsó 1,5 millones de libras por Curcic. El fichaje más caro hasta entonces de los trotters.

Y su rendimiento fue magnífico de inmediato. Era un equipo menor de la Premier, sí. Su objetivo –que no consiguió- era el de la salvación. Pero el impacto de Curcic fue tremendo. Fue el ‘man of the match’ en 18 partidos durante la temporada (de los 28 que disputó). Nada mal para un equipo que terminó colista. Y sumó cuatro tantos y una decena de asistencias.

Aunque el serbio mágico, como fue bautizado por sus aficionados, manifestó su amor al Bolton, en cuanto se le presentó la oportunidad de seguir en Primera no se lo pensó. Y menos cuando le propusieron formar pareja con su buen amigo Savo Milosevic. Ambos debían formar una sociedad temible en el Aston Villa. Nada más lejos de la realidad.

Es cierto que las cosas comenzaron bien en Birmingham. Pero no tardaron en torcerse. A Curcic le desesperaba el sistema tan encorsetado de su entrenador, Brian Little. Se sentía limitado, no podía expresar la inmensa creatividad que sin duda tenía. Amén de la tremenda exigencia física que le suponía, algo para lo que Curcic no estaba preparado. O no quería estarlo. Así que pronto se cansó de todo aquello.

Y claro, si al bueno de Sasa siempre la había gustado la fiesta, ahora que ya no tenía ganas de jugar al fútbol, la cosa se multiplicó. Fueron sonadas sus correrías nocturnas. Sus llegadas tarde a los entrenamientos, incluso en condiciones dudosas. Para el recuerdo, el capítulo que protagonizó junto a otros cuatro compañeros de equipo (supuestamente, Dwight Yorke, Ian Taylor, Mark Draper y Mark Bosnich), durante un día previo a un partido. Se escaparon de la concentración para subirse a un autobús de dos plantas repleto de mujeres que les esperaba a las puertas del hotel. Curcic se había encargado de todo. Y no sería la única vez.

Una pareja demoledora

En cualquier caso, el Aston Villa terminó quinto aquella campaña, un resultado más que notable. El equipo se reforzó para mejorar en la temporada 97-98, pero alguien se equivocó. No pensó en lo que podía ocurrir más allá de los terrenos de juego. Y se fichó a Stan Collymore, un futbolista de una calidad tan incuestionable como su gran afición a la juerga.

Y pasó lo que tenía que pasar. Curcic y Collymore formaron una pareja letal… de noche. Protagonizaron un capítulo tras otro. El más célebre, el que terminó con los dos futbolistas expulsados de una discoteca porque Collymore se subió a una tarima y se puso a orinar delante de un grupo de chicas.

Y terminó como tenía que terminar. Con Curcic fuera del equipo. Ni siquiera concluyó la temporada. Un futbolista que cobraba cerca de tres millones de pesetas de entonces a la semana, pero que, como confiesa él mismo, "cada lunes estaba a cero en la cuenta". Su cuesta abajo ya era irremediable.

Lo intentó el Crystal Palace, conocedor de que si era capaz de controlar, aunque fuera sólo un poco, el comportamiento del serbio, sería un baluarte para el objetivo de la salvación. Pero qué va. A Curcic lo único que le gustaba de aquel fichaje era que iba a pasar de la metálica Birmingham al jolgorio de Londres.

Robbie Willimas o Jamiroquai se convirtieron en compañeros habituales de fiestas del serbio. La cocaína, primero, y las pastillas de éxtasis, después, estaban siempre con él. Lo relata el propio Curcic en su libro. Todo bien para la vida de un futbolista…

El Palace terminó colista, y Sasa Curcic decidió seguir un año más en el equipo. O, mejor dicho, decidió seguir un año más en Londres. De cada vez entrenaba menos, y salía más. Si es que eso era posible. Hasta que Terry Venables, el entonces entrenador del Palace, se cansó de él, y lo mandó a entrenar con los juveniles. Todo un error según Curcic, porque "yo no puedo ser peor influencia para los chicos jóvenes".

De Londres a Nueva York

Cuando la carrera de Curcic, aun a sus 27 años, parecía abocada a su fin, llegó una oferta irrechazable. Alguien en Nueva York pensó que el futbolista aún podía brillar, y el MetroStars le hizo una oferta.

Es decir, le ofrecían pasar de Londres a Nueva York. Evidentemente, ni se lo pensó. "Es la mejor ciudad del mundo. Es la ciudad del pecado, siempre puedes pasártelo bien". Ahora, fútbol, lo que es fútbol, poquito.

Su mejor amigo en la ciudad fue Dennis Rodman. Con eso está todo dicho. Las fiestas eran habituales. Por la ciudad, muchas; y en la casa del gusano, la mayoría. Cuenta Curcic que a veces se llevaba la ropa de entrenamiento a casa de Rodman para poder ir directo por la mañana. Eso si iba, claro. Que ya era mucho.

Estuvo seis meses en el equipo, contribuyendo a uno de los peores registros que se recuerdan en la MLS: el MetroStars perdió siete partidos consecutivos, y 13 de 14 jornadas consecutivas, para terminar último de su conferencia, en la peor temporada de un club en la historia de la Major League Soccer. Curcic jugó nueve partidos en total.

En verano ya estaba de vuelta a Europa, en el Motherwell escocés, donde apenas jugó cinco partidos. Eso sí, su rueda de prensa de despedida fue de las más recordadas que se han visto jamás:

"Me retiro del fútbol para dedicarme a follar. No voy a fichar por ningún otro equipo, aunque me ofrezca 15 millones de dólares. La única opción de que me fichen es si me ofrecen 15 mujeres procedentes de todos los rincones del mundo para hacerlas felices y satisfacerlas como nunca antes las han satisfecho".

Una montaña rusa

Tenía 29 años, y se acababa la vida futbolista de un tipo que nunca supo controlar su inmenso talento. Ni su vida. Mucho menos una vez retirado. Pasó a vivir como un indigente, sin apenas comer nada, y con la poca ropa que le podía prestar su hermana.

Cuando le daba por pensar, era aún peor. Veía cómo les había ido a sus amigos Milosevic, Ciric o Kovacevic, al resto de futbolistas serbios (o yugoslavos) de su generación y se quería suicidar: "Mi único pensamiento era que me trajeran una pistola para matarme".

Pero su suerte cambió relativamente cuando un amigo suyo le inscribió en el programa de Gran Hermano serbio. Era un filón, por su pasado y por su carácter. Pero Curcic sorprendió a todos. Se mostró como una persona cabal, afable, y abrió su corazón ante la audiencia. Reconoció ante todo el país que había tocado fondo. Y ganó el programa.

Con el dinero recaudado saldó sus deudas, y durante un tiempo vivió dignamente. Escribió sus memorias, ‘Ja Saša Curcic: Gola istina’ (Yo Sasa Curcic, mi pura verdad), que le sirvió como expiación.

Pero no tardó en volver a las andadas. Poco después de aquel periodo de bonanza apareció en diferentes vídeos de Youtube, a cual peor. Bailando desnudo en las frías calles de Belgrado, haciéndose pasar por un policía totalmente ebrio… Volvió a intentarlo en otro reality serbio, pero a las pocas semanas fue expulsado por la dirección por su mal comportamiento.

Otra vez tocaba fondo…y otra vez parece que se recupera. En 2018 le ofrecieron entrenar en una academia de jóvenes talentos de la capital serbia, lo que le permite ilusionarse de nuevo y llevar una vida más tranquila y más responsable. Veremos cuánto le dura

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