Un pasodoble travesti en Irán

El Teatro de la Zarzuela desempolva de forma brillante Benamor, una exótica obra del maestro Luna.

Jesús Blanco López

Entre los muchos prejuicios, infundados tópicos y reproches con los que suele cargar la zarzuela uno de los más clásicos es el de la repetición de entornos castizos, rurales y paletos. Pero hubo toda una vertiente de obras que apostaron por trasladarse a lugares lejanos o directamente exóticos e imaginarios: el zaragozano Pablo Luna no tuvo empacho en poner partitura a obras ambientadas en Holanda, Siria o Persia. Este último lugar es al que nos traslada Benamor, título exitoso de 1923 no repuesto en décadas ni con grabación discográfica ni videográfica en su haber.

La recuperación de esta obra, por tanto, sabe a estreno, y más si se encuentra detrás del artefacto Enrique Viana, cuya feliz colaboración con el Teatro de la Zarzuela ha dado luz a juguetes de ingenio mayor -las visitas guiadas Arsenio, por compasión- o menor -su versión de La gatita blanca-. En este caso, como director de escena, actualizador del libreto de Antonio Paso y Ricardo González del Toro y además responsable de encarnar a tres personajes diferentes, su presencia es apabullante y acapara los mejores momentos no líricos del espectáculo.

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'Benamor', en el Teatro de la Zarzuela | Javier del Real

El argumento, por alocado y casi transgresor —un sultán y una princesa persas se han criado creyendo que son del sexo contrario para poder librarse de una ley de primogenitura que habría exigido su ejecución, pero deben enfrentar el enredo de la llegada de pretendientes para la hermana menor—, no necesitaba realmente de una actualización. En este caso Viana ha introducido dos personajes con su inequívoco sello —irónicos ante las modas ("Yo era un pastelero alérgico al gluten, lo cual era un drama, porque no existía el gluten"), nostálgicos de la juventud ("Las conservas no están vivas, la gente no se conserva: se mantiene")— que alivian la pesadez de una obra de más de dos horas sin entreacto, difícil de digerir en su tramo final cuando la historia ya no ofrece sorpresas y los números se antojan repetitivos. Si se trataba de actualizar, se podría haber apostado por dar el papel de Benamor, la princesa que en realidad es un hombre, a un tenor, rizando así el rizo a lo Víctor o Victoria.

Por suerte, hasta llegar a ese momento el respetable puede disfrutar de la escenografía, de las más bellas y evocadoras de las últimas temporadas o de personajes secundarios con gancho, como el visir sordo a demanda encarnado por Viana, la madre del sultán -con un TOC de limpieza único en el género- interpretada por Amelia Font o el príncipe Jacinto, el clásico personaje cómico homosexual pero reelaborado para desafiar convenciones, un genial trabajo de Gerardo López. Al lado de estos, y a pesar de los buenos momentos de la partitura, como el pegadizo pasodoble "Por un gran querer" o la conocida "Danza del fuego", con una hipnótica puesta en escena, los intérpretes principales no se lucen tanto. No obstante, Vanessa Goikoetxea y Carol García como Benamor y el sultán presumen de voces cristalinas, así como Damián del Castillo asombra con su rotunda presencia. En definitiva, un pastiche oriental con elementos de gran atractivo: si bien el conjunto no resulta redondo, es mejor relativizar y tragarnos la píldora con que argumenta Viana: "Un sueño feliz es la mejor medicina para los tiempos de pesadilla que estamos viviendo".

  • Título: Benamor

  • Director escénico: Enrique Viana

  • Director musical: José Miguel Pérez-Sierra

  • Dónde: Teatro de la Zarzuela (Calle Jovellanos nº 4, Madrid)

  • Cuándo: Hasta el 25 de abril

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