Entre traidores y cobardes

Agapito Maestre

Discutamos todo y con todos. Porque no me acostumbro a los cantos encendidos del régimen político, la Segunda República, que nos llevó a la guerra más terrible de España, tengo la obligación de pensar, una vez más, cómo llegó aquel terrible sistema político que hizo una Constitución sólo para la mitad de la población. Porque no soporto la historia de los  currinches, tipo Sánchez y Casado, vencedores de miserias y derrotas morales de nuestro tiempo, debo decir algo que me sirva para seguir pensando la tragedia de España. Porque no me conformo con mis explicaciones pasadas sobre el advenimiento de la Segunda República, tengo el deber ciudadano de seguir escribiendo para que nadie confunda historia de la reconciliación nacional con revancha histórica. Discutamos, pues, todo y con todos. No ocultemos asuntos ni personajes del pasado español. Seamos fieles a quienes no tienen miedo de ser convencidos por sus interlocutores.  

Empecemos por discutir la historia. ¿Qué historia se ha hecho de la España del siglo XX? ¿Quiénes la hicieron, de verdad, los vencedores o los vencidos? ¿Qué hay de verdad y de mentira en esos relatos? Y así, de asunto en asunto, podríamos seguir formulado ciento de cuestiones que nos llevarían a lo obvio: historiar es comprometerse con la verdad hasta el sacrificio. ¿Quién está dispuesto a dar su vida por la verdad? En fin, eludo la respuesta, porque soy un escéptico radical sobre la valentía de los historiadores. 

No obstante, reconozco que la historiografía española ha alcanzado una cierta decencia a pesar de no haber clarificado asuntos y períodos clave de nuestro pasado reciente. La historia de España, cualquiera de sus épocas, tiene que partir de nuestro pasado más remoto, pero si lo que nos interesa, en 2021, es el período de la Segunda República, entonces tendremos que empezar en la última parte del XIX, en 1874, cuando cae la Primera República, duró poco menos de un año y tuvo cuatro presidentes y ni siquiera un día de tranquilidad, y se restaura la Monarquía. Alfonso XII, con apenas dieciocho años, llegó a Madrid el 14 de enero de 1875, reinó diez años. A su muerte, en 1885, asumió la Regencia su segunda esposa, María Cristina de Habsburgo, hasta que fue coronado su hijo Alfonso XIII, el 17 de mayo de 1902, juró la Constitución de 1876, que duró hasta la proclamación de la Segunda República.         

¿Proclamación? Sí, anuncio de una nueva situación política y vital. ¿Dónde está la gran historia, el texto luminoso y definitivo que nos explique quién, por qué y cómo se llega hasta la declaración de que los españoles han dejado de vivir en una monarquía para instalarse en una república? Hay miles de libros que tratan de contarnos la cosa. Pero, salvo raras y escasas excepciones, los historiadores aún no han conseguido construir un relato veraz, creíble y plausible para todos que nos cuente la llegada de la Segunda República. Yo no me conformo con la explicación del gran maestro de la filosofía española: “Por cansancio y consunción de la Monarquía” vino la República. No quiero una respuesta filosófica, que pudo valer sin duda para aquel momento, sino una explicación histórica para aquí y ahora y, reitero, para todos los españoles.  

Tengo la sensación de que casi todo lo escrito y dicho sobre este asunto, sobre todo en las últimas décadas, es brochazo gordo o, sencillamente, mentiras y más mentiras para ocultar lo evidente: la traición de la izquierda y la cobardía de la derecha se aliaron para traer un régimen político que, sin legitimidad alguna de origen y menos de ejercicio, nos condujo a matarnos como salvajes. Seamos, pues, sinceros, y reconozcamos que sigue siendo la cosa más extraña del mundo, casi imposible de entender para alguien que estudie nuestro pasado inmediato sin resentimientos y sin prejuicios, cómo pudo surgir una república de una monarquía a través de unas elecciones municipales. Parece que los historiadores no ocultan la pieza clave. Los llamados historiadores progresistas, por un lado, tienen miedo de que les llamen apologistas de la traición, pero, sin lugar a dudas, el régimen que nos conduce directamente a la Guerra Civil, casi desde que se aprueba la Constitución de 1931, lo trajeron unos golpistas que se acobardaron a la hora de la verdad (la reunión convocada por el PSOE en agosto del 30 que dio lugar al Pacto de San Sebastián, fusilamientos de dos capitanes, encarcelamiento de algunos políticos, etcétera). Y, por otro lado, los historiadores conservadores, monárquicos y liberales no quieren que se les acuse de cobardes, o sea de colaboracionistas con el golpe… En fin, entre traidores y cobardes, entre una historiografía que oculta su golpismo y otra que teme ser llamada colaboracionista, nadie quiere asumir sus contradicciones para construir una historia limpia, o sea, para vincular con decencia nuestro pasado al presente y al futuro.

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