El descrédito de la República

Miguel Platón

La reivindicación de la Segunda República que algunos sectores políticos efectuaron durante los últimos años ha terminado por volvérseles en contra: la inmensa mayoría de las investigaciones publicadas están siendo muy críticas con la ejecutoria de un régimen que se anunció como un proyecto democrático, pero que condujo a una guerra civil.

El primer intento de legitimar la experiencia republicana se produjo en 2006, al cumplirse el 75 aniversario el 14 de abril de 1931, cuando el gobierno que presidía el socialista José Luis Rodríguez Zapatero hizo aprobar en el Congreso de los Diputados una declaración según la cual había sido la Segunda República la base de la actual democracia. 

En realidad había ocurrido todo lo contrario. Los constituyentes de 1977-78 tuvieron como objetivo básico no repetir los errores cometidos casi medio siglo antes, de modo que el proceso político discurrió exactamente al revés. En lugar de ruptura, reforma. En lugar de República, Monarquía. En lugar de constitución de izquierda, constitución de consenso. En lugar de una sola cámara legislativa, dos. En lugar de supresión de las libertades mediante la Ley denominada “de defensa de la República”, aplicación de las libertades sin limitación alguna. En lugar de voto restringido con prima para la mayoría, sistema proporcional. En lugar de discriminación a los centros religiosos de enseñanza, colaboración entre Iglesia y Estado. En lugar de una comisión parlamentaria de Actas dominada por la mayoría, establecimiento de una Junta Electoral Central. Etcétera.

Cuando en aquel entonces, durante una reunión informal, utilicé estos argumentos para manifestar a una ministra socialista la improcedencia de la declaración parlamentaria, encontré que tenía una ignorancia prácticamente completa sobre la experiencia política republicana. Llegué a preguntarle si al menos conocía los nombres de quienes habían sido jefes de gobierno en aquellos años. Sólo pudo mencionar Azaña. Es probable que ni siquiera todo el gobierno junto de Zapatero hubiera sido capaz de citar la mitad de los diez hombres que presidieron el Consejo de Ministros entre 1931 y 1939. Menos aún conocer la ejecutoria de cada uno de ellos.

Entonces, como ahora, no había más que una combinación de ignorancia y sectarismo, al servicio de lo que percibían como interés político, en la medida en que reivindicaban una política de izquierda que podía ser utilizada contra la derecha actual. Era una pretensión grotesca, cuando el Partido Socialista y el sindicato UGT habían organizado en octubre de 1934 una violenta rebelión contra el Gobierno legal y legítimo de la República, y sus pistoleros habían secuestrado y asesinado a dos parlamentarios: el tradicionalista Marcelino Oreja Elósegui en 1934 y el monárquico José Calvo Sotelo en julio de 1936.

 

Margarita Nelken en 1936

Conviene insistir en que la ignorancia es la base de la reivindicación republicana. Hace pocos años me invitaron a participar, en una importante emisora de radio, en un programa sobre la Constitución de 1931, que de manera destacada iba a referirse a la aprobación del voto femenino. Con la mejor intención, habían preparado unas grabaciones de la diputada Victoria Kent, supuesta adalid del feminismo. Se quedaron muy sorprendidos cuando, en antena, expuse la verdad. Tanto la señora Kent -radical socialista- como Margarita Nelken -PSOE- se opusieron con todas sus fuerzas a la iniciativa de Clara Campoamor, cuyo partido republicano radical ocupaba una posición de centro.

Esa misma ignorancia ha sido patente, hace pocos días, en la asistencia de la reina Leticia a un homenaje a Campoamor efectuado en el Congreso de los Diputados. El acto no guardaba relación con el aniversario de aquel debate y votación, que se celebró en otoño, sino con la reivindicación del 14 de abril, que supuso al exilio del rey Alfonso XIII. La presidenta del Congreso de los Diputados, Batet, y la vicepresidenta del Gobierno Calvo quisieron al mismo tiempo ocultar la oposición de la izquierda al voto femenino, que fue aprobado gracias al apoyo de la derecha.

La descalificación de la Transición,  el regreso al Frente Popular

Los más activos propagandistas actuales de la República no reivindican el Estado de Derecho de la Constitución de 1931, sino el gobierno sectario del Frente Popular, entre febrero y julio de 1936. Algunos van más allá y elogian el genocidio cometido por la izquierda durante la guerra civil. “Arderéis como en el 36”, gritaban en el verano de 2011 los acampados del 15-M en la Puerta del Sol a jóvenes católicos que preparaban en Madrid la visita del Papa Benedicto XVI. Hace sólo unos días los que perturbaban en Vallecas un mitin de Vox coreaban: “A por ellos, como en Paracuellos”.

En ambos casos se percibía tras esas amenazas el apoyo de Podemos, un partido radicalmente antidemocrático. Suele decirse que la destrucción del cristianismo deja al descubierto la crueldad del paganismo, como ocurrió en la Rusia soviética y la Alemania nazi. La descalificación de la Transición conduce a un regreso al Frente Popular, caracterizado por la ausencia de libertad, la miseria y la discordia civil.

Las últimas publicaciones solventes destacan los fracasos del republicanismo español, tanto los de naturaleza económica y social como los de carácter político. Como principales conclusiones se pueden citar las siguientes:

  • Las restricciones de la Constitución republicana, tanto las de carácter doctrinal (antirreligiosas) como de supresión de las libertades (ley de Defensa de la República).
  • La apelación sistemática a la violencia por parte de numerosas fuerzas políticas y sindicales. Casi la totalidad de esa violencia (asesinatos, incendios, destrucciones, robos, estragos, amenazas) tuvo origen en la izquierda. Incluso los izquierdistas se asesinaron entre ellos, lo que no ocurrió en la derecha.
  • La manipulación de los resultados electorales en 1936, en tres fases sucesivas: alteración de resultados en la jornada electoral, actuación sectaria de la comisión parlamentaria de Actas y violencia izquierdista que impidió la repetición pacífica de las elecciones en Cuenca y Granada, el 3 de mayo de 1936.
  • Inoperancia para resolver los conflictos de orden público, que durante el mandato del Frente Popular amenazaron no sólo la seguridad de las personas, sino también la propiedad de los bienes y el desenvolvimiento de actividades económicas.
  • La impunidad de la violencia ejercida por la izquierda, que culminó en el encubrimiento de los asesinos de José Calvo Sotelo.
  • Las limitaciones a la libertad de expresión. Durante todo el Frente Popular hubo censura previa, que impidió a los ciudadanos saber lo que pasaba. No existe democracia alguna con censura de la prensa.

Con todo ello, ¿hay espacio para una legítima reivindicación de la Segunda República española? En mi opinión, no. Ni en 1936, ni en 1978, ni ahora mismo. El republicanismo, como ocurre con el nacionalismo, se quita leyendo.

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