Los engaños de la amistad

Amando de Miguel

Debo a mi entrañable amigo Damián Galmés la reflexión sobre los eventuales aspectos desdeñosos que puede adoptar una realidad tan plausible como la amistad. (Me atrevo a suponer que la calificación laudatoria de “entrañable” procede de los helenos. Para ellos el alma residía, más o menos, en el vientre. Nuestra creencia del corazón como residencia del alma procede de los antiguos egipcios). 

La amistad siempre ha sido un elemento central de la cultura española, en el sentido de los usos sociales prescritos por la costumbre. Se ha realzado todavía más con la circunstancia de la pandemia del virus chino (ahora, con el añadido de otras cepas nacionales). La población, obligada a confinarse, ha dado en añorar las relaciones amicales, que ahora solo se pueden desenvolver a través de la internet y sus aplicaciones. 

Los españoles han redescubierto a la fuerza el carácter axial de su mismidad, su solipsismo. Se realza el círculo íntimo de los convivientes en el hogar, más la orla de los respectivos amigos de verdad. El resto de los colectivos se consideran como algo circunstancial, cuando no extraño o incluso amenazante. Se trata de una respuesta defensiva ante la hostilidad encubierta que significa hoy la pandemia. Las actuales normas de distanciamiento físico y de disfraz de las mascarillas obligan a reforzar ese enclaustramiento en el espacio íntimo. Los que se reúnen alegremente en fiestas o celebraciones ruidosas (botellones, bodas, carnavales, etc.) se arriesgan a aparecer como irresponsables, y hasta como delincuentes. La realidad es que las extrañas normas sobre confinamiento o limitación de la movilidad, simplemente, no se cumplen.

El actual culto a la amistad llueve sobre mojado. En España, la definición de una persona con poder o influencia es la que dice tener muchos amigos. Para describir una persona antipática decimos que se muestra “con cara de pocos amigos”. Por cierto, la actual proliferación de las redes sociales lleva a que muchas personas alardeen, sin más, de tener muchos amigos; en realidad, contactos. Es algo que da mucha personalidad, sobre todo, a los individuos que pasan por adolescentes, sea por edad o por el estilo de vida.

Con todo, la amistad es un hecho ambivalente. Pasa algo parecido con otras instituciones básicas, como la familia, la democracia o el Estado. Es fácil percibir la degradación de la amistad. Es la que da lugar al amiguismo, esto es, el favoritismo en las relaciones sociales, económicas y políticas. Ahora, en el espacio político, hemos dado en llamarlo corrupción, lo contrario de la conducta honrada. En España es un rasgo muy corriente del ejercicio del poder político. En la mayor parte de los casos no se considera socialmente punible. Desde hace más de un siglo, todos los partidos políticos que han escalado el poder en nuestro país han practicado generosamente la corrupción. La cual no solo consiste en afanar el dinero público, sino en repartir cargos y otorgar prebendas o privilegios a los amigos. Esa es la auténtica manifestación del poder. 

Lo último que se perdona en España es la traición de un amigo. Romper una verdadera amistad se considera una tragedia personal. Se trata de una vinculación cuasi religiosa. En la España tradicional, los amigos de la misma ideología, de derechas o de izquierdas, se decían correligionarios. Hoy se ha perdido esa etiqueta, quizá por el proceso de general secularización.

Por lo mismo que la relación entre los parientes puede, en ciertos casos, llevar a situaciones de agravio, de conflictos larvados, algo parecido sucede, ocasionalmente, con los amigos. Ambas instituciones, familia y amistad, llevan a explotar la ventaja de influir sobre la conducta del otro cercano. Por lo general, será una influencia amable y constructiva, pero pueden darse también situaciones de abuso o de rebelión. Son particularmente odiosas, al retorcer una relación de extrema confianza. Lo curioso es que se suelen ocultar, quizá por vergüenza o porque revelan un cierto fracaso personal.

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