Ha muerto David Koch y la izquierda lo celebra

Santiago Navajas

Ha muerto David Koch y la izquierda champagne lo ha celebrado brindando con crueldad y alevosía. Del presentador Bill Maher, en EEUU, al político nacionalista Ignasi Guardans, en España, son varios los que se han lanzado de cabeza al charco de la maledicencia. Brindaba así Guardans en Twitter por la muerte, debido al cáncer, de Koch:

¿Por qué la progresía odia tanto a los Koch? David y Charles Koch son unos hermanos norteamericanos multimillonarios, filántropos y liberales. Además de ayudar con millones de dólares tanto a la sanidad como la cultura de su país, los hermanos Koch también han contribuido a la lucha político-cultural que se desarrolla en el ámbito anglosajón financiando institutos como el Cato. Es habitual en la progresía manifestar su envidia hacia los millonarios, su resentimiento contra los filántropos y su odio hacia los liberales. Así que son coherentes en desear que Koch arda en el infierno. Pero tal deseo casa mal con su pretendida superioridad moral. A menos, claro, que dicha superioridad les blinde contra todo tipo de miserias, al modo de aquellos inquisidores que quemaban a los herejes para hacerles el favor de salvar su alma.

Aunque la prensa socialdemócrata suele exponer con simpleza y fake news todo lo que rodea a la derecha norteamericana, presentándola como un hatajo de brutos analfabetos religiosos, en los Koch han tocado hueso, por lo que se surfean con desparpajo las olas de la calumnia y la difamación. Por ejemplo, en El País no han tenido ningún escrúpulo en reducir la contribución de los Koch al debate intelectual de liberales contra conservadores y socialistas como

siniestra fuente de dinero para el avance del radicalismo conservador (...) Estados Unidos lo conoce por intentar básicamente comprar elecciones para la derecha de Estados Unidos (...) los Koch acabaron simbolizando la influencia corrupta del dinero en política

Y el periodista de El País es moderado al lado de The Guardian, el tabloide progre por excelencia que no se cortó un milímetro al calificar a los Koch como "Nazi oil". Básicamente, los Koch han hecho lo mismo que los multimillonarios de izquierda como Jeff Bezos, Bill Gates y el mismísimo cuando era demócrata Donald Trump y financiaba a los Clinton antes de pasarse a lo que los progres consideran el reverso tenebroso de la política. Sin embargo, el posicionamiento político de los Koch es mucho más complejo y alejado de la etiqueta de "ultraconservadores" con la que la prensa progre los tilda.

Sus ideas fundamentales se desarrollan como una combinación de libertad individual, libre comercio y mercados no intervenidos por intrusiones estatales (aquellas regulaciones que van más allá de crear un orden en los mercados para intervenir en ellos alternando el mecanismo de los precios y el sistema de la competencia). Por ejemplo, los impuestos confiscatorios, algo con lo que estaba de acuerdo incluso aquel Zapatero que descubrió que "bajar los impuestos es de izquierdas". Tampoco les hablarán los medios progres de que los Koch luchaban contra la criminalización de la homosexualidad o que estaban a favor de la legalización de las drogas, siguiendo el principio liberal de que cada uno es dueño de decidir lo que es mejor para sí mismo y no el Estado. En definitiva, que es mejor equivocarse uno mismo que acierten por ti de manera exógena a tu voluntad. Lo que les llevó también a defender la libertad en educación para que fueran las familias las que se responsabilizasen fundamentalmente de la educación de sus hijos. La introducción, por ejemplo, de un cheque escolar que pusiese el presupuesto estatal educativo en manos de las familias y no de los burócratas fue una de sus grandes aportaciones al debate.

Lo que más odian los progresistas que les desean una muerte dolorosa, al estilo de aquel Tertuliano que se relamía pensando en la dicha que le iba a proporcionar ver a sus enemigos teológicos en las llamas del infierno, es que los Koch, coherentes con sus principios liberales a favor de la ciudadanía y en contra de la dictadura de la burocracia socialista –ahora disfrazada de ecologismo climático, feminismo radical y tribalismo multiculturalista–, también propusieran combatir la inmigración ilegal (donde hay que subrayar lo de ilegal, no lo de inmigración), las regulaciones ambientales irracionales al servicio de los patrocinadores de Greta o los sindicatos de trabajadores que impiden que exista un mercado laboral eficiente y justo, provocando de esta manera paro y pobreza, así como su oposición a las leyes de armas. Podremos disentir de los Koch en el alcance de sus propuestas –por ejemplo, una regulación de las armas que evite que criminales y desequilibrados mentales tengan fácil acceso a ellas, como la que existe en España; o un mercado de trabajo que compatibilice el despido libre con la protección de los ingresos de los trabajadores, al estilo del modelo de la flexiseguridad de Dinamarca–, pero de ahí a la demonización de los mismos, como si fuesen una mezcla entre Darth Vader y Pol Pot, hay una distancia sideral que el intelectual orgánico progre cruza en un santiamén y sin cargo de conciencia.

Lo más importante del activismo político de los Koch es la defensa de una visión del mercado libre compatible con la reducción de impuestos (con la que estaba de acuerdo, como hemos visto, un socialista como Zapatero) y un Estado más pequeño (tarea que llevó a cabo en España otro socialista, Felipe González, cuando comenzó a privatizar empresas, y su ministro de Economía, Miguel Boyer, cuando eliminó el control de alquileres). Por ello, Charles Koch tuvo un intenso debate con Donald Trump, al que acusó de proteccionista y mercantilista por sus restricciones al comercio y a la inmigración, es decir, por ser un enemigo de la libertad de comercio a la vez que un amigo de un Estado Big Brother. Los Koch también se habían opuesto incluso a Ronald Reagan, que, a su lado, casi podría ser considerarlo un peligroso socialista...

Desde el punto filosófico, los Koch son fundamentales en la concepción de que la preocupación recurrente en nuestros días por la felicidad y la dignidad soslaya la cuestión fundamental: la preservación de la libertad, que es el ingrediente fundamental tanto de la felicidad como de la dignidad. Y su corolario político-económico de que una democracia liberal –entendida como una combinación de separación de poderes, elecciones pluralistas y limitaciones constitucionales– y una economía de mercado –donde no impere el laissez faire anarcoide ni la planificación soviética– son los fundamentos institucionales para que dicha libertad individual se pueda llevar a cabo. Por ello, una de sus propuestas era introducir una cláusula constitucional de defensa del mercado:

El Congreso no promulgará ninguna ley que restrinja la libertad de producción y comercio.

Los insultos y calumnias de la izquierda, una nueva modalidad del "ladran luego cabalgamos", son una minucia comparadas con la buena nueva de la traducción de La rebelión de Atlas que ha llevado a cabo Domingo García para Deusto. La novela de Ayn Rand era algo así como la Biblia para los Koch, así que en la muerte de David nada mejor que recordar una de las frases más célebres de la filósofa norteamericana ahora que la izquierda ha tratado de cubrir de oprobio al magnate y filántropo liberal:

La maldad del mundo se hace posible sólo por la sanción que tú le das.

Que descanse en paz y libertad.

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