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Vuelve 'Black Mirror': Frankenstein entre iPads y smartphones

Hay series que esperas con ganas, incluso con ansia, y algunas con una pizca de miedo. Y hay otras, como Black Mirror, que servidora aguardaba con una mezcla extraña de todo ello. Porque, como ya dije, los tres capítulos de la primera temporada me parecieron de lo mejor del pasado año; tanto, que no sabía si quería aún más. En parte, por ese cobarde clásico del “déjalo tal cual está, no la vayas a cagar”, es cierto. Pero Charlie Brooker no es de los prudentes, y se lanzó a la segunda temporada tan pronto como crítica y público auparon la primera.

Mis reservas con respecto a una nueva hornada de capítulos no nacían sólo de lo mucho que me habían gustado The National Anthem, 15 Million Merits y The Entire History of you, sino también del temor a que con la extensión se vieran acentuados los defectos de la trilogía -que los tiene, crucifíquenme si quieren-. Sin ánimo de embarullar el asunto, resumiré diciendo que Black Mirror me encantó, pero más como experimento que como parábola alarmista. Me gusta su visión arriesgada de los peligros del mundo hipertecnologizado, su manera de llevarlo a cabo, y me absorben sin remedio las historias que utiliza Brooker para presentar su mensaje. Artísticamente es casi impecable, pero el problema está en esto último: la pretendida intelectualidad de la que reviste un mensaje que, discúlpenme el atrevimiento, me parece menos profundo de lo que pretende parecer. Por concluir, recurro de nuevo a la autocita, y repito que a pesar de todo Black Mirror me engancha más por lo que sugiere y deja en el aire que por lo que concluye; disfrutándola a rabiar como serie sugestiva y como excusa para la discusión de los dilemas éticos que plantea.

Dejaremos para otro momento las disquisiciones sociológicas que subyacen del relato de Brooker para centrarnos de lleno en lo que toca; la segunda temporada, cuyo primer episodio se emitió este lunes en Reino Unido. Antes de nada, una advertencia: creo firmemente que es importante llegar casi virgen a su visionado, para mantener la sorpresa y el suspense de la trama. Por ello, quedarán convenientemente avisados a partir de qué punto deberían dejar de leer, si no quieren descubrir detalles importantes de la historia que pueden chafarles el disfrute. Spoilers los justos, dicho queda.

El primer episodio, Be right back, se antoja en sus inicios como una leve variación del tercero de la primera temporada – con diferencia, mi preferido-. Pero no conviene confiarse. Esta vez, Brooker nos pone ante ese “reflejo negro” de nuestra obsesión tecnológica a través de un joven pelirrojo que también comparte en las redes cada plato de comida que deglute, o las variaciones en su estado de ánimo. Su novia hace las veces de esa madre que te conmina a “soltar ese aparato”, reclamando más atención. El voyeurismo 2.0.

El escenario que nos presenta es tecnológicamente más avanzado que el actual, pero perfectamente verosímil en pocos años. Nada de coches voladores ni futurismos de ciencia ficción. En la primera parte, Black Mirror mantiene magistralmente la tensión y consigue algo realmente meritorio: no tener ni idea por dónde va a ir la cosa. Entenderán entonces que les invite a dejar de leer si quieren disfrutar de ese salto al vacío que nos propone la segunda parte.

(Leves Spoilers de la trama)

Y aquí empieza lo gordo, el verdadero meollo de la cuestión. Con la inesperada muerte de nuestro protagonista, la estupenda Hayley Atwell se queda sola lidiando con su dolor y su pérdida. Pero en el mundo que plantea, la tecnología también ha encontrado técnicas para tratar de obviar a la muerte aferrándose a un recuerdo mucho más corpóreo que las evocaciones de un pasado feliz. Incluso cuando nos hayamos ido, nuestra huella tecnológica, nuestras vivencias y momentos permanecerán online, disponibles para reconstruir lo que vivimos…. o lo que quisimos pretender que era nuestra vida en Facebook.

Brooker lleva al extermo esa realidad que, por evidente, no deja de resultar interesante: que esa versión que proyectamos en las redes sociales no somos realmente nosotros, sino una caricatura construida con lo mejor que tenemos. Y tras la bofetada, llega el dilema. ¿Y si pudieras rescatar a alguien de la muerte, aunque sólo fuera esa parte parcial e incompleta? ¿Renunciarías a despedirte para siempre de alguien querido? ¿Le darías esquinazo a la Parca? El mito de Orfeo y Eurícide se tecnologiza, presentándonos unas disyuntivas morales que recuerdan a Inteligencia Artificial o incluso al mítico relato de Mary Shelley. La monstruosidad, el autoengaño, la fortaleza, la superación… una excusa rodeada de iPads y smartphones.

En este capítulo, Charlie Brooker vuelve a hacer lo que mejor sabe: Provocar. (Si no me creen, les prescribo sus artículos en The Guardian). Con un argumento maravillosamente bien llevado, regresa con ganas de seguir agitando conciencias con pesadillas tecnológicas. Atractivo y absorbente a rabiar, Be right back mantiene el nivel de la primera temporada, arriesgándose a llegar un poco más allá. Las profecías quedan en un segundo plano, y los dilemas morales cobran protagonismo. En mi opinión, una apuesta correcta que hace la trama no sólo más verosímil -dentro de su lógica interna- sino, si cabe, más sugerente.

Quedan dos más, y muchas ganas que saciar. Mientras tanto, Robert Downey Jr. ha comprado los derechos de The Entire History of you, para llevarla al cine. Miedito.

En España, Black Mirror podrá verse en TNT a partir del 4 de Marzo. 

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