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'Velvet' no es alta costura, pero se defiende

No sé que tiene Antena 3 con las costureras, pero Velvet, la nueva apuesta fuerte de la cadena privada, las tiene a punta pala y el invento ha vuelto a funcionar. La serie tiene todos los ingredientes para capturar ese público masivo que siguió las aventuras de Adriana Ugarte en El tiempo entre costuras, y al menos a nivel de audiencia, las mejores predicciones se han cumplido. Nada menos que 4,8 millones de espectadores presenciaron las idas y venidas de los protagonistas, unas cifras que aniquilaron al otro gran estreno de la noche, el B&B orquestado por Telecinco, a la que le quedan dos telediarios si la proporción se repite dentro de seis días (y casi mejor, así no tenemos que verla). Dicho de otra manera: adiós Sira Quiroga, hola Ana Rivera. 

Velvet va dirigida a ese público tanto femenino como masculino -aunque más los primeros que los segundos- que cayó seducido ante esa mezcla de drama histórico y folletín romántico de la serie de Adriana Ugarte. Si bien confirma que, de momento, la factura y dinamismo de aquella, así como su dinámico trabajo de cámara y de guión, van a ser verdaderamente difíciles de repetir e igualar en el futuro, la serie protagonizada por Paula Echevarría y Miguel Ángel Silvestre va tan a tope y tiene tan claro ese factor culebrón que tras la decepción inicial acaba resultando vigorosa, y hasta dándose ciertos aires de confianza. Y por muy inverosímil que resulte, esa será la impresión que prevalecerá mientras dure.

Dicho de otra manera, Velvet es un culebrón que enfatiza la reproducción de un pasado ficticio con un elenco muy variado y coral, en el que por cierto los secundarios veteranos resultan claramente mejores que los protagonistas. Porque de los efectos visuales mejor no hablamos, pese a los evidentes esfuerzos e inversión. Mejor impresión genera la atmósfera, el diseño de interiores y el vestuario, que pese al cartón piedra generalizado sí dan la adecuada pátina retro a la serie, ese aura de producto más o menos bien empaquetado que viene caracterizando la producción de su cadena y que podría acabar dándole a Antena 3 un factor diferenciador muy fuerte frente a la competencia.

Pero ojo. Pese a la mezcla de amor, familia, venganza y poder (y secretos, muchos secretos) que prometen las tramas de Velvet, que nadie espere que esto sea una apología de la introspección a lo Mad Men, pese a la alta dosis de nostalgia retro de su ambientación. Y no, tampoco un caramelo british a lo Downton Abbey. Lo que ocurre en dentro de las galerías del título aparenta refinamiento, pero no. De hecho, la serie es mejor, o al menos más sincera, cuando se deja de sutilezas y asume su propia identidad, que no es otra que la de un culebrón de lujo. Primerísimos primeros planos de ojos llorosos, muertes que no son tal, vivos a los que les queda un telediario, suicidios, recuerdos, accidentes, amores imposibles porque-yo-lo-digo-y-punto. Recursos de eficacia probada y que son tradición dramática, aquí y al otro lado del charco, y desde que el mundo es mundo.

Otra cosa es que después de esto haya algo realmente nuevo bajo el sol. Sobre todo en cuanto al estereotipo de serie española. Una producción sólida pero suficiente sólo cuando se desarrolla en interiores, un reparto de personajes que cubren todos los cuadrantes de edad y sexo, y como consecuencia de lo anterior, una duración desorbitada, maximizada por esos gigantescos tráilers repletos hasta las cejas de spoilers y que son algunas de las claves de la nueva (y vieja) ficción de Atresmedia. En todo caso, y si nos ausentamos del contexto, Velvet es una serie solvente que sale adelante gracias al trabajo de sus actores (aunque no todos). No es alta costora pero sí prêt-à-porter, un producto digno que se defiende bien.

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