Seriemente

'Utopía': La nueva serie de culto es una conspiranoia

Al final me he hecho trampa a mí misma. No he tenido más remedio que, para echarme un buen estreno a las fauces, acudir a ofertas, digamos, más minoritarias apartándome de los superestrenos megaguays de las networks americanas.

Pero entiéndame, hasta que llegue House of Cards la semana que viene, últimamente me he tragado mucha morralla de estreno (Deception, Do no HarmBanshee aún debato si me gusta) y ya me rugían las ganas de buenas series. ¿Y cuál es el reducto donde siempre encuentro consuelo? En la Pérfida Albión. Esa televisión británica que, a la chita callando, está adelantando por la izquierda a los tradicionales gigantes a base de producciones de una calidad casi incuestionable. (Sí, ellos también tienen morralla, pero no nos atosigan tanto).

Y hete aquí que me topé con Utopía, de Channel 4, de la que poco se ha hablado en nuestra piel de toro, y bien merece un espacio.

Lo primero que atrapa en la serie es su poderío visual: rodada en formato panorámico y con una saturación de colores llevada al extremo, Utopía nos avisa desde el primer fotograma que tiene personalidad y está dispuesta a usarla. Y no es mayoritaria. Pero empecemos por el principio:

La serie orbita en torno a un grupo de freaks unidos por un foro virtual sobre un manuscrito ‘secreto’ llamado Utopía Experiment. Escrito por un psicótico suicida años atrás, la novela gráfica predice toda suerte de desgracias presentes, desvelando una conspiración de alargados tentáculos. Al parecer, existe una segunda parte en algún lugar, que podría ser la clave definitiva. Por supuesto, el grupete de antisociales se lanzará a ello: componen el draconiano grupo la irritante Becky, el atolondrado Ian, el chalado Wilson Wilson y un criajo de hogar desestructurado. Poca broma con ellos.

Como en toda conspiración que se precie, hay alguien interesado en mantenerla bajo las alfombras. Olvídense del MI5 o los Illuminati, aquí son dos tipos de lo más raruno, cuyo goce sanguinario recuerda lejanamente al Jules y Vincent Vega de Pulp Fiction, como dice Mariló García. Aún no sabemos qué o quién mueve los hilos, pero si permite a sus esbirros ir por ahí cargándose gente con una bolsa térmica amarilla y aspecto de haber salido de un videoclip de Gorillaz, es que van en serio.

Pero la trama tiene más. Porque todo esto sucede en un escenario del que sabemos poco, pero ya nos inquieta: el país está atravesando una especie de apocalipsis-soft, con una inquietante subida del precio de los alimentos y muchos problemas de salud pública. Para más inri, el ayudante del ministro de sanidad, un perdedor pusilánime, es una marioneta manejada por unos rusos que también se las gastan finas.

Utopía sólo escatima en explicaciones, de todo lo demás anda sobrada: sexo, violencia, humor negro y pocas contemplaciones. El ambiente apocalíptico es asfixiante e hipnótico, pero sobre todo, desconcertante: uno no sabe qué es lo que ocurrirá la siguiente escena, porque aunque mi sucinto relato lo haya sugerido, esto va más allá de una panda de frikis desvelando una conspiración. ¿Qué pinta un conejo, a lo Donnie Darko en todo esto? ¿Quién es la tal Jessica Hyde a la que todos buscan? ¿Hasta dónde llega la conspiración? ¿Quién peina a y viste a los asesinos aquí? ¿Qué hace un tipo que ha dirigido el musical de Matilda en el West End (Dennis Kelly) dirigiendo esta locura?

Tenemos seis capítulos de una hora para despejar incógnitas y devorarnos las uñas durante 59 minutos semanales que son un no parar de disfrutar. Por si no se nota, a mí ya me ha atrapado, y además he descubierto un nuevo gurú visual: Ole Bratt Birkeland, el director de la fotografía de la serie, al que pienso seguir la pista.

Si Utopía se convierte en serie de culto, no me digan que no se lo advertí.

A continuación