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"True Detective": el capricho de la obra maestra

Una de las espinas que tengo clavadas en esto de las series es que no he visto ninguna de las consideradas “obras maestras” cuando tocaba. Siempre las pillé empezadas. Con la excepción de Breaking Bad, cuando empecé The WireLos Soprano y otras joyas de la galería del coleccionista, ya sabía que me disponía a ver algo grande que había encandilado a todos los expertos y ante las que era imperativo quedar boquiabierto. Y quizás me equivoque, pero en eso hay un poco de trampa. Porque cuando llegamos tarde, comenzamos a juzgar estas series ya subidas en el pedestal, con una visión mucho más condescendiente y menos crítica; convencidos como estamos de que al final todo encajará cual puzzle cósmico. A ello contribuye también tener todos los capítulos disponibles para perpetrar placenteros atracones; en lugar de verse obligado a reposar cada trama, esclavos del visionado semanal. Son experiencias distintas, pero esta última ayuda muchísimo más a apreciar los detalles.

¿Y a cuento de qué viene esto? Pues a que siempre me he preguntado cómo se quedaron aquellos (pocos) que vieron el primer capítulo de The Wire ese 8 de junio de 2002. A ellos nadie les dijo aquello de “tarda en arrancar, pero confía en mí, dale un par de capítulos y ya no podrás salir” y sin embargo continuaron. Eso es que algo vieron, ¿no? algo percetible pero indefinible. Como un aroma que alerta de la delicia que se está preparando en la cocina. Mi capricho era olisquear ese algo desde el recibidor.

Y, ¡ay! Que creo que he dado con ello en True Detective. Siendo de HBO, ya sabíamos que nos moveríamos en unos estándares de calidad altos, pero estoy poniendo los pies en esa barrera entre una buena serie y una deliciosa. Ya en el piloto, me invadió la sensación (más bien el pálpito) de que si no se tuerce, lo que tenemos delante seguirá dando qué hablar los próximos años. Tiene los mimbres y el aroma, y si tuviera que apostar me la jugaría a que esto puede acabar en obra maestra. Así me lo pareció, así se lo cuento. Ya tendré tiempo de rectificar.

True Detective arranca en Louisiana en 2012, con el interrogatorio por separado a los policías Rust Cohle (Matthew McConaughey) y Martin Har (Woody Harrelson), sobre unos de crímenes cometidos en 1995. No se asusten con el casting, porque es el primer bofetón que nos pega la serie: si -como yo- no es entusiasta de los actores, se la va a tener que envainar. Porque el Harrelson se zampa la pantalla y McConaughey ha tenido el cambio de mánager más favorecedor de la historia, y aterriza en 2014 con 30 kilos menos y todas las de arrasar. El actorazo que había bajo el guaperas ha emergido, y lo vamos a tener hasta en la sopa.

Mediante saltos temporales, vamos conociendo el crimen que unió a la pareja de policías, que aunque recuerda en lo visual a los de Hannibal, parece esconder algo todavía más enfermizo. Porque desde los fantásticos títulos de crédito, todo True Detective es opresivo: la bochornosa Louisiana, la asfixiante relación entre ambos, el oscurísimo halo que lo envuelve todo, los muertos, la sangre, los rituales. Todo sabe y huele a perdición. Si a los cinco minutos está preguntándose por qué tiene ese mal rollo metido en el cuerpo, enhorabuena: ya le ha cogido por las solapas.

Especialmente el personaje interpretado McConaughey está llamado a traernos verdaderos momentos de gloria, porque hay algo que huele a podrido en él desde su chocante y primera aparición. El policía tiene el irremediable atractivo de los personajes condenados y también su clarividencia. Es un tipo extraño, desasosegante y enfermo, que en 1995 parece tener como único asidero la resolución de los crímenes. En 2012 ya está muerto por dentro y por fuera. ¿Qué ha ocurrido en esos años? Esa es una de las preguntas claves de la serie, que se tomará tiempo en contestar. La relación entre ambos policías es otro de sus fundamentales atractivos, porque huye de los lugares comunes de las policiales típicas (It’s not Tv, it’s…) regalándonos a dos dos tipos antagónicos que se estomagan mutuamente, y que no acabarán bautizando a sus hijos con el nombre del compañero. Una constante lucha de fuerzas que se repite en todo el esquema argumental de la serie, sucio a más no poder.

Esto es una buena serie negra, así que lo de menos es quién es el responsable del asesinato. No en vano, el guión lo firma Nic Pizzolatto, responsable de varios capítulos de The Killing y Cary Funkanga, guionista de Jayne Eyre. Vayan saliendo ordenadamente quienes gusten de tramas sencillas, que True Detective no ha llegado para ponérnoslo fácil porque no es manjar para el paladar del espectador medio. Es un salto al vacío, una inmensa incógnita de afiladas aristas y donde la esperanza no está, ni se la espera.

La primera temporada la compondrán ocho capítulos y la historia se cerrará ahí. Si triunfa (los dos capítulos que han emitido en EEUU han sido un éxito para la HBO) habrá más temporadas, pero nos despediremos de Louisiana, del rectilíneo McConaughey y el embrutecido Harrelson, porque será autoconclusiva. En España puede verse desde ya mismo en Canal +, un día después de su emisión en los States.

Hay un entusiasmo general con la serie que comparto completamente, porque tiene motivos de sobra para ello. Pero yo me quedo la posibilidad de darme el capricho de ver una obra maestra desde el principio. No nieguen que es una gran oportunidad.

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