Seriemente

'The Wire' es la mejor serie de todos los tiempos. Y punto

Escribir sobre The Wire me da miedo. Auténtico pavor. He valorado largamente la opción de mantener la inapelable sentencia que encabeza este texto, y dejar el resto del contenido en blanco, con un único enlace que remitiese a la compra de los DVD de las cinco temporadas. Porque -y esto es un aviso- quien no haya visto The Wire jamás comprenderá la extraordinaria dificultad de dar con calificativos que, remotamente, describan la grandeza de la serie y del universo que retrata. Y aún sabiendo que todo lo que  pueda torpemente decir sólo empequeñecerá la verdadera dimensión de la serie, lo diré. Porque no tiene sentido lo que aquí hacemos, hablar de series, dedicar tiempo a Luck, Juego de Tronos o Bored to death sin otorgarle a la joya de David Simon el sitio que le corresponde: el trono de todas las series. Quien la ha visto, sabe que Él juega en otra liga.

Aún a riesgo de pecar de indulgencia, diré que el vértigo que me inunda a la hora de glosar The Wire está más que justificado. ¿Qué añadir a lo ya dicho por grandes como Mario Vargas Llosa o Nick Hornby? Hay una auténtica bibliografía con los halagos recabados: la mejor serie de la historia, la última tragedia americana, obra maestra, hito de la historia de la televisión. Se la compara con Dickens, con Shakespeare, con Joyce y con Tolstoi, por mencionar algunos. En la Universidad Harvard, los profesores de sociología utilizan la serie para ilustrar sus contenidos. Y no me cabeceen los descreídos: ninguno de los elogios es inmerecido.

Porque The Wire no sólo admite perfectamente maximalismos, sino que se describe a través de ellos. Cuando decimos que la obra de David Simon es la serie más milimétricamente perfecta jamás rodada, no estamos discurriendo por el resbaladizo terreno de los gustos. Lo suyo va más allá. Si hay algo que deja claro su creador es que The Wire no piensa hacer concesiones a los espectadores, de ninguna clase. Ni dulcificaciones, ni simplificaciones. Su obra es la realidad cruda, a bocados: “Mis estándares en lo que a verosimilitud se refiere son simples, y rigen mi prosa desde que empecé a escribir: que se joda el espectador medio”, dijo Simon, en una frase que ya es historia de la televisión. Y así es. No hay ficción al uso, ni concesiones a la espectacularidad: lo suyo es realismo sucio. Pero narrado con clarividencia.

Y la muestra –por citar sólo una- de que Simon no quiso moldear la realidad para que cupiera en la pantalla es el propio lenguaje de los personajes. Más concretamente, el de hombres de los bajos fondos de Baltimore, los pandilleros integrantes de “The street” –uno de los universos que The Wire-. Su lenguaje es absolutamente impenetrable, incomprensible. Pero que esos personajes se expresen en su jerga, la real, no es una manera de alejar al espectador, o de señalar su ignorancia: es sólo la constatación de la realidad. Simon respeta –y venera-  la oscuridad del ámbito y le hace figurar tal y como es, sin artificios ni añadidos. Por eso, entre otras razones, ver The Wire doblada es un sacrilegio en toda regla, que despoja a la serie parte de su lúcida realidad y, en cierto modo la pervierte. Tampoco los guionistas, ni los actores profesionales de la serie comprendían la jerga, y, como dijo uno de sus padres, George Pelecanos: “Esa es parte de su esencia”. Los traficantes no están hablando a través de la pantalla. Nadie les está filmando. Están trapicheando, no pensando en la audiencia neófita. Parte de ello se consiguió, como todos ustedes sabrán, dejando a los yonquis ser protagonistas de sus propias historias asesorando a los guionistas en su particular dialecto.

Nota para el espectador ajeno

Quien haya llegado hasta aquí sin haber visto The Wire estará preguntándose de qué narices estamos hablando. De qué trata esta historia que todo parece abarcar, y que ha sumido a sus acólitos en un éxtasis tántrico que los hace flotar dos palmos del suelo cuando se menciona al tal Simon; que parece haber ascendido a los cielos sin más milagro obrado que una serie de televisión. Ustedes nos detestan, y yo lo entiendo. No entienden a santo de qué tanta devoción y tanto estupendismo y mantras repetidos hasta la saciedad. Comprendo que estén hartos de escucharnos hablar de un tal Omar, McNulty, Stringer Bell, Leaster Freamon, o esa dichosa ciudad, Baltimore, que tan lejana resulta. Pero, es una pena que nosotros, legión de fans irredentos, hayamos conseguido que se apabulle o desinterese por The Wire con onerosas expectativas. Olvídese de nosotros, pónganos el mute, y vea un par de capítulos. Porque seguro que usted, entregado al placer de la lectura, es un espectador inteligente capaz de detectar en ellos mucho más de lo que nosotros podamos decirle. Porque The Wire se sustenta sobre una promesa inquebrantable: jamás insultará su inteligencia.

 

Comiencen por aquí: la primera escena de la primera temporada.

La vida misma en cinco entregas

Aunque la espina dorsal de cada una de las cinco temporadas haya sido una investigación policial, yo no definiría a The Wire como una serie policial. Puede parecerlo en superficie, pero, como he repetido en este texto, su ambición narrativa va más allá. Siempre lo hace. Para mí, es un auténtico retrato sobre la corrupción humana, en todos los ámbitos. Simon nos guía por los principales estamentos de la sociedad de Baltimore, hurgando en los más hondo de sus seres. Es, en suma, un tratado sociológico sobre la corrupción: en el tráfico de drogas, las aduanas, la Justicia, los sindicatos, la enseñanza, los medios de comunicación, la policía. Con crudeza y sin condimentos.

Conforme avanza(n) la(s) trama(s) los sectores se van entrelazando. Como providencialmente anuncia Lester Freamon: todas las piezas acaban encajando. El comienzo son dos universos: el de la policía y los traficantes de droga de los barrios pobres de la ciudad. Pronto la política se ve salpicada, a las puertas del desamparo del final de la primera temporada. La segunda nos sorprende llevándonos mucho más allá de la lucha de poder entre Barksdale y Stringer Bell, y nos ensancha las miras, enseñándonos más pedazos de esa Baltimore de la que forman parte, que integran en su vertiente más incómoda. En los muelles, muchos creímos que no encontraríamos satisfacciones semejantes, pero nos equivocamos. El marco se ha abierto, y hallamos ponzoña allá donde Simon nos lleva: en los sindicatos, en la policía, en las redes mafiosas y en lo más alto del Ayuntamiento. La corrupción impregna toda la sociedad, conforma su ADN. Para explicarnos cómo se llega hasta aquí, cómo una sociedad se pervierte y enferma hasta tales extremos, y cómo los guettos son fábricas de toneladas de carne de cañón, Simon nos conduce al origen: la educación de las escuelas públicas, en una temporada sencillamente magistral. El retrato es devastador y no tiene ningún tipo de misericordia con la clase política ni con las tragedias de los críos. Es una historia tan cruel y descorazonadora, tan escandalosa, que no podemos preguntarnos cómo es que nadie nos ha contado antes que esto estaba ocurriendo, que todo funcionaba tan jodidamente mal. Y ahí, de nuevo Simon nos introduce en el quinto y último universo: el de la prensa, en su declive. ¿Hay sitio, entre tanta ponzoña, para la esperanza?

 

Mi versión preferida. Siempre Tom Waits

Es una serie realista, casi naturalista, pero está muy lejos de ser contemplativa. The Wire es la vida, ya lo he dicho: entretiene, intriga, cabrea, divierte, violenta, engancha, y, sobre todo, hiere. Son treinta y tantos personajes al servicio mismo de las emociones, caracteres que son personajes pero podrían ser personas. En todos ellos hay algo roto, como en cada uno de nosotros. Te hermanas con ellos de una forma que, personalmente, sólo he encontrado en las novelas. Olvídense de personajes televisivos manidos por los clichés: viendo The Wire, uno no puede sacudirse la sensación de que lo que hay tras la pantalla es tan real, que esos seres podrían estar ahora mismo bajo tu ventana, trapicheando con droga, o bebiendo hasta reventar tras acabar su turno en la comisaría.

Disculpen el misticismo, pero después de The Wire hay algo que cambia en tí para siempre. Muchas cosas, en realidad. Es la serie que te hará mirar -reconozcámoslo- a casi todas las que vendrán después por encima del hombro. No entenderemos qué narices hacen el resto de policías hablando de ese modo, comportándose como geypermans sobremusculados.

Y yo que no pretendía pontificar, pero al final no ha habido más remedio. Me ha podido el fervor por ella,  y el deseo “evangelizador” de quienes vivimos enamorados: queremos que usted, espectador afortunado que aún no se ha dejado seducir, forme parte de nuestra secta. Porque si hay una forma de la que se disfruta The Wire, además de viéndola, es compartiéndola con la parroquia. Comentándola, glosándola, recordándola y extrañándola.

Por eso, y para esa legión, este no será la única entrada que le dedicaremos a The Wire. Sabemos que hay mucho más que decir sobre ella, y queremos que participen. Publicaremos, al menos dos entradas más: una sobre los personajes preferidos de la serie, y otra sobre las mejores escenas. Sin ninguna intención demoscópica, nos gustaría contar con su colaboración: comenten, apunten, disparen, y sugieran. Como si estuviéramos ante una cerveza fría.

BONUS TRACK para los adictos

Como ya he superado todos los límites del decoro en lo que a extensión se refiere, me permito hacerles algunas sugerencias a todos aquellos que terminaron la serie y aún buscan consuelo. Yo no he dado con él, pero lo he aplacado con varias cosas, que les indico, no les reseño.

- Libros: el imprescindible Homicidio, y The Wire: 10 dosis de la mejor serie de la televisión.

- Series alternativas de sus mismos padres: The Corner (donde empezó todo) y la posterior Tremé. Por supuesto, Generation Kill.

- Extras: Todos los extras del DVD de las cinco temporadas (muchos disponibles en Youtube), y este documental ‘Style in The Wire, de Erlend Lavik, de la Universidad de Bergen (Noruega).

A continuación