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"The 7:39": la serie que no dará qué hablar

La de hoy es una serie completa y absolutamente prescindible. No está de moda, no aparecerá en ninguna lista y nadie le recriminará habérsela perdido, porque lo más probable es que pocos lleguen a verla. Ni siquiera usted tras leer esta reseña. Si topa con alguna de las críticas de los entendidos, asumirá acertadamente que “The 7:39” es una serie pequeña que no ha innovado en nada, ni estética ni argumentalmente, y utilizará esas dos horas en hacer cualquier otra cosa de provecho.

Y sin embargo, con el capítulo aún en el gaznate, algo me ha empujado hasta el teclado para hablarles de ella. Intentaré explicarme.

Son las 7:39 de hoy o de ayer, y dos tipos cualquiera cogen el tren desde Paddington hasta Waterloo. Se llaman Carl y Shally, y discuten por el último asiento libre. Son un hombre y una mujer, heterosexuales y bien parecidos, pero no hay flechazo alguno. En contra de lo que estén pensando, no lo habrá. Discutirán por la última plaza, pero acabarán sentados frente a frente. Ella leerá, él se arrugará en el asiento culpable por haber pagado sus frustraciones personales con una desconocida. Porque Carl no es infeliz, pero tampoco feliz. Simplemente está en nuestra misma confortable, anodina y monótona balsa de aceite. Casa, trabajo, casa, familia y vuelta a empezar. Tiene cuarenta años, y una vida vacía de sobresaltos: su hija quiere un violín y su jefe es un tirano. Pero el despertador suena cada vez más atronador por las mañanas.

Shally lleva semanas atascada en la página 10 de Jayne Eyre. Lo coloca ante sus ojos en el tren, cuando se dirige hacia el gimnasio donde trabaja, y desdobla la misma página cuando ha caído la noche y termina la jornada. Está a punto de iniciar una vida idéntica a la de Carl, aunque aún no lo sepa. Ultima la boda en un castillo, busca el embarazo y deja que su musculoso prometido le abrace cada noche encajando la cabeza entre su pelo. Antes de meterse en la ducha, permanece en la cama con los ojos clavados en el techo, quizá preguntándose por qué hoy tampoco ha amanecido con una sonrisa en los labios.

En la vida real -no en El Diario de Noa- cuando las miradas de Carl y Shally se crucen, no habrá descarga eléctrica y el resto del mundo seguirá donde estaba. No es la primera vez que coinciden en ese tren, ni ellos, ni el hombre del maletín de ribetes plata, la mujer que llega siempre antes del cierre de puertas, o la joven que escucha Queen a un volumen insufrible. Gente que durante dos horas al día se mira en silencio y se olvida un segundo después. La nada absoluta veintiún minutos antes de las ocho.

Estación de tren, dos desconocidos que intercambian palabras… Sí, esto lo hemos visto antes. Exactamente en Breve Encuentro, donde los desconocidos Celia Johnson y Trevor Howard se encuentran por accidente, y acaban perdidamente enamorados. El arranque de The 7:39 no solo homenajea con dignidad al clásico de David Lean y Noël Coward, sino que lo arrastra setenta años después y nos lo devuelve apestando a esta gris realidad. No hay violines sonando en el intercambio de miradas, ni un ápice de romanticismo que requiera kleenex. Su director, David Nicholls, despoja de épica al relato de Carl y Shally, que están muy lejos de ser esos desconocidos que se enamoran irremediablemente a pesar de sus respectivos matrimonios. Esto sucede en el siglo XXI, y aquí ya hemos aprendido -afortunadamente- a reírnos del amor.

Pero algo ocurre entre ellos. Algo que ambos buscan, que no estaba ahí en ese primer instante cuando discuten en el vagón, ni lo estará en las sucesivas conversaciones que empezarán a las 7:39, un día tras otro. Pero que continuarán buscando y provocando, mientras hablan sobre Ana Karenina, los lances de su vida en pareja o quiénes querían ser antes de que pasara eso llamado vida real. No hay magia en su atracción: hay pura necesidad.

Y eso, a pesar -o precisamente- de que Sally y Carl no están más perdidos que usted o que yo. No son dos personajes al límite, consumidos por su propia infelicidad que buscan un amarre incandescente para salir a flote. Tienen dudas, como todos, pero están monótonamente conformes. Lo que les ocurre es algo común, casi vulgar: están aburridos de lo que les brinda la vida, faltos de ilusión. Han cumplido con el plan y con los pies en la línea de meta se preguntan. “¿Ya está? ¿Esto es todo lo que hay?”. El aburrimiento existencial.

 The 7:39 podría verse como un drama ligero (no teman, no hay grandes escenas de pastelón ni declaraciones bajo la lluvia) o como una delicada forma de retratar unos miedos que nos son francamente reconocibles, y tomárselo con humor. La lenta muerte de la rutina, el miedo a marchitarse, a verse cada día más gris en el espejo. El pavor de comprobar que ya está sucediendo. Y ese tren que contiene el placer irrefrenable de hacer las cosas sin pensar en sus consecuencias, simplemente porque nos hacen sentir bien, vivos de nuevo.

Es una serie, por encima de todo, hermosa. Que parte de una idea sencilla y mil veces retratada, para permitirnos disfrutar de los detalles. De ese leve roce en el brazo de Shally en la primera despedida, de la relación de Carl con el hijo, de la torpeza de ese primer encuentro que ninguno de los dos sabe si es exactamente lo que está buscando.

Son dos capítulos de una hora en los que no falta ni sobra nada. Que nos cuentan una historia sin sobresaltos, en la que -y para mí esto es lo mejor de todo- los protagonistas actúan sin estridencias y hacen exactamente lo que esperamos de ellos. Entendemos en todo momento lo que ocurre en pantalla, lo que diferencia el telefilme o el culebrón de una historia bien narrada. David Morrissey se sacude el tuerto de The Walking Dead e interpreta a un hombre en plena crisis de los cuarenta con una solvencia que en mi caso, no esperaba. Nos descubre a una encantadora Sheridan Smith, fenómeno en Reino Unido, y una Olivia Colman (Broadchurch) relegada a ser poco más que el daño colateral.

Nada cambia después de ver The 7:39, salvo quizás la reconfortante sensación que deja su lógico desenlace y la falta de moralina o conclusión final. Hay que estar enormemente satisfecho de tu vida para no sentirse al menos un poco retratado en esos personajes de Shally y Carl, o de usted y yo. Porque ya he dicho que es hermosa, pero también es optimista: coger el tren de las 7:39 sigue siendo cuestión de elección.

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