Seriemente

'Sherlock' es impresionante

Sherlock, la actualización del mito creado por Arthur Conan Doyle realizada por la BBC británica, ha sido un extraordinario éxito de crítica allí donde se ha emitido. Por lo que a mi respecta, su primera temporada, que concluye este jueves en Antena 3, está compuesta de tres de las mejores películas que he podido ver en los últimos meses.

En el Sherlock que se han sacado de la manga los guionistas Mark Gatiss y Steven Moffat (guionista del Tintín de Spielberg) existe esa chispa vital que sólo puede provocar una ficción sin fisuras y elaborada para el puro placer lúdico del espectador. Su mezcla audaz y honesta de seriedad y humor, velocidad y misterio, espectáculo y buen gusto, convierten Sherlock en un goce audiovisual que hace honor a la creación de Conan Doyle.

La primera temporada de Sherlock se inserta de lleno en la tipología de serie policiaca y procedimental, con tres casos aparentemente desconectados entre sí -por mucho que la sombra de un enemigo oculto vaya surgiendo- y una investigación que es el único hilo conductor del relato. Y decimos serie, pese a que la duración de cada episodio es de noventa minutos, lo que convierte cada aventura de Sherlock en una película seriada. El concepto desarrollado por Steven Moffat y Mark Gatiss (que también interpreta aquí a Mycroft, el hermano de Holmes) goza en este sentido de un ritmo absolutamente frenético, y un aspecto visual que asemeja la experiencia a la de un largometraje. La puesta en escena es sumamente dinámica, y lo es preservando un perfecto equilibrio respecto a los diálogos y las interpretaciones, y pese a algunos ornamentos destinados a hacer más atractivo el relato (los sms y e-mails se visualizan en pantalla, sin voz en off). La variedad de escenarios londinenses dibujan una ciudad estilizada, contemporánea y atractiva, tanto en su vertiente turística como en la más miserable y siniestra. Y no quiero dejar de citar la elegante música y el pegadizo tema principal de David Arnold, autor británico vinculado a la saga James Bond desde hace cinco películas.

Pero sobre todo, lo mejor de Sherlock es que cuenta con dos actuaciones magistrales, las de sus protagonistas Benedict Cumberbatch y Martin Freeman, que aportan una visión de los personajes fresca y respetuosa con la fuente. Ambos aparecen perfectamente integrados en un relato de acción y suspense repleto de humor que, como adaptación libre de Conan Doyle que es, resulta a la vez irreverente y absolutamente fiel a la labor del escritor.

Por eso, el Sherlock de Moffat y Gatiss, e interpretado por Benedict Cumberbatch (El topo, War Horse) se define como un “sociopata con muchas aptitudes” que considera “aburrido” tener un trabajo, abusa de los parches de nicotina, y que utiliza con arrogancia la tecnología más cotidiana para resolver los desafíos. Anuncia sus servicios en una página web llamada ‘The Science of Deduction’, y su cinismo y capacidad de manipulación sobrepasa en ocasiones la crueldad con sus allegados. Sin duda, se trata de todo un antihéroe con muchos puntos en común con el célebre House, una serie que hibridó con éxito el drama médico con el policiaco procedimental, y en la que -al igual que aquí- la faceta humana del protagonista era descubierta sólo de manera muy progresiva. Por cierto, que el Holmes interpretado por Benedict Cumberbatch no es de los que se quedan quietos en la habitación, sino que gesticula, corre por los tejados y tampoco duda en desenfundar la pistola si es necesario.

John Watson, por su parte, es ahora un soldado herido en la guerra de Afganistán que encuentra en Sherlock la fuente de emociones fuertes que necesitaba. Martin Freeman, visto en la serie británica The Office (y protagonista de El Hobbit, la precuela de El Señor de los Anillos que Peter Jackson estrenará en diciembre) encarna al doctor y soldado con la mezcla perfecta de humor y seriedad. La constante sensación de incomodidad que aporta al personaje lo convierte en el ancla emocional perfecta con la audiencia. Atención a la inteligente jugada del tercer episodio, en el que se da a entender que Watson relata en su blog personal sus aventuras con Holmes, bautizadas con el mismo título que los propios capítulos anteriores… un guiño notable a Conan Doyle, que narró las aventuras de Holmes a través de la mirada de su fiel escudero, y que demuestra que Moffat y Gatiss han metido vitaminas al personaje, pero conociendo al dedillo el legado literario.

Y llegamos al villano. Naturalmente, todo héroe necesita uno, y el de Sherlock Holmes sólo puede llamarse Moriarty, un psicópata genial dispuesto a sembrar la anarquía y que sólo conoceremos al final de la primera temporada (¿o será un poco antes?). El Joker definió perfectamente la situación en El caballero oscuro, con aquello de un “objeto imparable q choca contra un objeto inamovible” y que no es sino la inversión del arquetipo de Holmes, con un toque divertidamente homoerótico mucho mejor introducido que en la versión action-man fabricada por Guy Ritchie para la gran pantalla. El soberbio enfrentamiento final del tercer capítulo, después de que Holmes y su enemigo hayan jugado a ‘Simon dice’ por las calles de Londres, nos deja con ganas de muchísimo más. Habrán notado que no he nombrado de ella ningún defecto… Es que, francamente, no se los veo.

La primera temporada de Sherlock, que emite Antena 3 desde hace dos semanas, consta de apenas tres episodios de noventa minutos. La segunda, de igual duración, está siendo emitida por el canal TNT en España.

Aquí les dejo la conclusión de la primera temporada, que no deberían ver bajo ningún concepto si no han seguido la serie. Si lo han hecho, estoy seguro que ver de nuevo los últimos ocho minutos de la primera temporada, en los que alguien muy especial revela su verdadera cara, les supondrá un placer enorme…

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