Seriemente

Recordando 'It (Eso)' de Stephen King


Después de la revolución organizada por American Horror Story, que parece haber entrado como un elefante en una cacharrería en el panorama seriéfilo (y no se confundan: la dichosa serie me gusta, y bastante), me temo que nuestra percepción sobre las series de televisión de terror puede andar un tanto desorientada. Dejando aparte algunas incursiones recientes en el género y sus aledaños, como podrían ser Motel Bates o Hannibal (que encuentro más interesantes, o al menos infravaloradas respecto a la anterior) o del éxito de un producto como La Cúpula, del propio Stephen King (que si hubiera sido una película hubieramos tildado sin más como palomitera) lo cierto es que, pese a esa diversificación de géneros de las que disfrutan ahora las series, efectivamente ahora entregadas al género con más fruición que antes gracias a esa Edad de Oro que todavía vivimos (o no tanto), la relación entre terror y TV ni es ni tan nueva ni tan imposible como algunos se pensaban. Puede que, de hecho, se remonte hasta casi sus mismos orígenes.

Y para muestra, un botón que os traemos hoy, casi al azar, más que nada porque fue el que cayó en las manos de este cronista hace pocas semanas tras permanecer muchos años en el olvido. Aprovechando la reciente festividad de Halloween nos hacemos la pregunta: ¿qué tal ha resistido el paso de los años It (Eso), la miniserie basada en el célebre libro de Stephen King, sin duda una de sus novelas más aclamadas (y con razón) del maestro? ¿Aguanta el tipo el telefilme causante de más de una pesadilla en los niños que pululaban por los videoclubs de finales de los ochenta/principios de los noventa (léase, éste que os escribe ahora mismo)?.

La película de 1990 fue, en efecto, una ambiciosa realización para la televisión en formato miniserie de la cadena ABC, dividida en dos partes claramente diferenciadas que suman una duración de practicamente tres horas. Dirigida por Tommy Lee Wallace, profesional que comenzó ejecutando tareas técnicas y artísticas para el mítico John Carpenter, (fue el montador del primer filme de Halloween y realizador de la tercera, sin duda el más extraño objeto de culto de toda la saga, y los fans aquí me entenderán), de su labor de adaptación se derivan algunos de los fallos de It, aunque también algunas de sus indudables virtudes. Y es que la miniserie, bastante fiel al libro de King, del que respeta su marcada diferenciación en dos épocas pese a reducir notablemente su violencia (estoy seguro de que por petición de la cadena), carece de la intensidad terrorífica que le presuponemos al relato más conocido de King, aunque aún así ofrece un buen destilado de sus temas y la dosis de atmósfera malsana y rural que necesitamos los fans del género.


Pero antes, la historia, ambientada en Derry, una tranquila e idílica localidad rural de Maine de esas habituales en el escritor, por mucho que esta vez todo el asunto se desenrede en dos épocas claramente diferenciadas. En las alcantarillas de la pequeña ciudad se oculta una fuerza malévola oculta tras la máscara de un payaso, que a falta de mejor nombre denominaremos como “Eso” y que se ceba con una pandilla de siete jóvenes que finalmente logran derrotarlo… hasta que el indeterminado ser encuentra la manera de volver muchas décadas después, obligando al grupo  adulto y desperdigado a volver a reunirse -no sin antes poner en orden las relaciones entre ellos- para destruir para siempre el mal que atenaza.

En efecto, el gran volumen de la novela escrita por King permitía -y casi pedía a gritos- una adaptación televisiva, siempre más apropiada a la hora de desarrollar un embrollo melodramático y las circunstancias que envuelven a media docena de personajes (los que componen la pandilla protagonista) y conservar de paso gran parte de los acontecimientos narrados por el escritor. Y aquí viene el problema.

Y es que la exaltación dramática y emocional en la que deriva It (Eso) a la hora de mostrar la angustia de los adultos acaba resultando ridículo. Wallace intenta apelar al espectador conmoviéndolo con el drama personal de sus protagonistas, pero se olvida de que generar terror hubiera sido la vía perfecta para que nos vinculásemos con ellos. Se trataba de una maniobra arriesgada y comprensible, la del drama, de la que Wallace no sale del todo bien parado: por ejemplo, tras el suicidio de uno de los protagonistas, su cámara subraya la sobreactuada reacción de la descubridora del cadáver, anulando el efecto de un acontecimiento teóricamente importante y provocando incredulidad, a lo que tampoco ayuda la enfática banda sonora de Richard Bellis, por mucho de que en otras ocasiones sí resulta acertada.


Claro que este tono dramático, quizá debido a la necesidad de amoldar el duro argumento al medio televisivo, resulta apropiado en el largo flashback desarrollado en el pasado. Toda la acción ambientada en los años 50 e interpretada por el reparto juvenil resulta extraordinariamente verosímil y evocadora, contando además con algunas interpretaciones infantiles reseñables que le dan un par de baños a las sus versiones adultas. Wallace consigue reproducir bastante bien ese tono a lo Cuenta conmigo, otra adaptación de Stephen King que fue filmada por Rob Reiner cuatro años antes que la que nos ocupa, en 1986, convirtiéndose automáticamente en una de las mejores adaptaciones del escritor pese a no entrar demasiado en el género que tradicionalmente le representa en el imaginario colectivo: el terror (aunque eso es discutible, dada la presencia de cierto misterio y tragedia en el relato que sí es habitual en el escritor de Maine).

Y eso nos lleva a la gran virtud de It (Eso), que tampoco es moco de pavo: la creación de un villano memorable, ese ente interdimensional encarnado por Tim Curry que parece estar hecho de la sustancia misma de las pesadilllas humanas y cuyo origen e intenciones nunca acabamos de conocer, o comprender, completamente.  Todas las apariciones de Pennywise, que así se llama el monstruo, remiten a las de Freddy Krueger en la célebre saga Pesadilla en Elm Street, de tanto éxito en aquellos ochenta/noventa. Y como aquel, el villano se apropia de todos los elementos del decorado, que se transforma en una trampa mortal para las víctimas, a las que además tortura monstruosamente antes de mutilar.

Pese a que -naturalmente – Wallace no visualiza ninguno de estos momentos, como sí hacía King en el libro, restándole bastante fuerza al relato, Pennywise queda definido como una entidad sin forma que se alimenta del puro miedo y para la cual absolutamente todo es posible, gracias en parte a una interpretación de Tim Curry tan intensa como acertada, y en la que el actor adapta su voz y su particular fisonomía -vamos a decirlo claro: es feo- a un personaje que acabó siendo icónico dentro de la galería de villanos del cine de terror de su época. Y ya saben lo que fueron los 80 respecto al cine de terror, o fantaterror, que vivió entonces uno de sus mejores y más impagables momentos, con directores como John Carpenter, Wes Craven, Sam Raimi o John Landis operando a pleno rendimiento.

En suma, It (Eso) no es ya la experiencia definitiva en pánico, pero su argumento tiene la suficiente riqueza como para pervivir en forma de lujosa miniserie y merecer un respeto un cuarto de siglo después. Se trata de un cuento de horror elegante y triste en el que, de manera muy particular, la amistad y los efectos del paso del tiempo cobran enorme fuerza en el relato y emergen como verdaderos temas por encima de los sustos y la sangre. En definitiva, que hay que saber contextualizar (históricamente: la tele de entonces no era la de ahora) y rebuscar entre sus temas y significados antes de chotearse de, por ejemplo, esa última encarnación del monstruo en forma de una enorme y ridícula araña artrítica. Eso no quiere decir que esperemos con ciertas ganas una nueva adaptación del libro, como esa que podría dirigir para el cine Cary Fukunaga en una película que -al parecer y debido precisamente al factor extensión- se centraría más en los adultos que en los niños, y que si todo sale según los planes de Warner Bros se estrenaría a lo largo de 2015.

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