Seriemente

Recordando 'Apartamento para tres'

Desde hace tiempo un cosquilleo constante me pide que le dedique unas líneas a Apartamento para tres, una sitcom emitida por la ABC norteamericana durante varias exitosas temporadas, del 77 al 84, y que a su vez estaba basada en otra telecomedia, esta vez británica, la no menos célebre Un hombre en casa. Y debo reconocer también que llevo algunas semanas negándome ese placer, temeroso de que un capricho personal de tal calado nostálgico les resulte poco sofisticado e intrascendente, incluso casposo, y para futuras entregas acabe relegado a algún hipotético blog de filatelia o ganchillo. Pero la pasión y el empuje nutritivo de tres tazas de café hacen lo suyo.

Como quizá recuerden, en España Apartamento para tres –por cierto, nada que ver con la comedia homónima protagonizada por Cary Grant- se emitió en la privada Telecinco, en los primeros y más picantes años de la emisora, aquellos tiempos de La consulta de Rappel y las galas en Benidorm con Juanito Navarro. No es que fuera una programación sofisticada, de acuerdo, pero al menos no existía en ella la crueldad creciente de los programas que han tomado el relevo en esa parrilla. Pero volvamos al tema, que me desvío. Entonces, la premisa de la serie, en la que un joven soltero se veía obligado a convivir con dos despampanantes chicas, una morena y otra rubia (los ochenta, esa realidad paralela…), resultaba una fantasía tan jacarandosa y hasta un pelín libertina a la que ningún chaval podía resistirse. De hacerse ahora y con los estereotipos actuales, dudo que Apartamento para tres pudiera permitirse ser tan absurda, tan tonta y a la vez tan divertida. Sin duda, alguna asociación en defensa de algo acabaría sentando a su equipo en el banquillo.

Pero no quiero olvidar el que, en realidad, es el verdadero objetivo de este artículo, y que reconozco haberme guardado hasta ahora: servir en bandeja un sentido homenaje a su protagonista, el prematuramente fallecido John Ritter, uno de los mejores cómicos que habitaron la pequeña pantalla en todo el tiempo que la serie estuvo en antena, y después, también. El actor enfermó de una súbita dolencia congénita en la aorta, en pleno rodaje de la segunda temporada de su nueva serie. Ritter, de 54 años, murió pocas horas después en el hospital. Era el año 2003.

Hijo del famoso cantante de country Tex Ritter, el joven actor obtuvo gracias a su papel en la serie un Emmy y un Globo de Oro, los dos premios más importantes de la industria televisiva. Era un merecido reconocimiento al esfuerzo de Ritter, quien abandonó sus estudios de arquitectura y psicología en beneficio de su carrera de actor, y al que muy pronto se le pudo ver en papeles secundarios en diversas producciones televisivas. Sin embargo, no fue hasta que obtuvo el codiciado papel de Three’s Company, título original de Apartamento para tres, (compitiendo en un numeroso casting en el que no faltaron actores como el mismísimo Billy Crystal) cuando obtuvo la fama y el reconocimiento del público y la industria. Apartamento para tres era, como se imaginan, uno de las apuestas fuertes de su temporada, ya que partía de la base de Un hombre en casa, una serie de éxito y reconocida en Reino Unido.

Ritter fue la opción perfecta. Un verdadero animal para la comedia payasa, tanto física como verbal, dotado de una expresividad y un candor únicos, más guapo que feo, y verdaderamente ideal para encarnar al clásico macho simplón e infantiloide en su variedad de buenazo de campeonato. Pese a que podría ser catalogado como una presencia habitual en la televisión, Ritter también logró saltar al largometraje: trabajó con Peter Bogdanovich, protagonizó Una cana al aire, uno de los fracasos de Blake Edwards a finales de los ochenta (“Dios existe, y cuenta chistes”)… y llegó a conseguir algún inesperado éxito de taquilla, como el de la comedia Este chico es un demonio y su secuela (por cierto ¿se acuerda alguien de la simpática Permanezca en sintonía, de Peter Hyams?. Hasta su fallecimiento, se le pudo ver en numerosos papeles secundarios en películas de diversa índole (las últimas, las muy irónicas La novia de Chucky y Bad Santa), y como protagonista en todavía más telefilmes. No estamos hablando, señores, de un actor encasillado.

Mi teoría es que Jack Tripper, su personaje, ha calado tanto en la comedia americana que ahora, dos décadas después y en opinión de quien esto escribe, su trabajo sigue vivo en las comedias de Judd Apatow y la labor de intérpretes como Steve Carell, Will Ferrell y demás compañía del Saturday Night Live, nuevos adalides de ese mismo arquetipo en comedias como Lío embarazoso, Virgen a los 40 y media docena de éxitos más sobre niños en cuerpos de adultos. En los márgenes que nos deja la ficción televisiva, sólo ha sido igualado como caricato por Zach Braff, protagonista de la sitcom Scrubs ( por cierto, reservémosla para otra de nuestras futuras revisiones) y que además guarda un más que aceptable parecido físico con Ritter. De forma nada casual, éste interpretó al padre del personaje de Braff en la citada serie.

Pero no sólo Ritter alcanzó la fama con la serie. Las chicas Joyce DeWitt (durante las ocho temporadas de la serie), Suzanne Somers (hasta la quinta), Jenilee Harrison (quinta y sexta, sobre todo) y Priscilla Barnes (sexta, séptima y octava) fueron las coprotagonistas femeninas de Apartamento para tres, estas últimas como sucesivos reemplazos de Sommers, la rubia del equipo. Como esto no dejaba de ser una adaptación norteamericana de una serie británica, el humor y los argumentos siempre acababan siendo de lo más bondadosos y bienintencionados. El asunto principal de la serie era la tensión romántica entre Jack y Janet, cuyos dimes y diretes se alargaban y complicaban a lo largo del tiempo.

Lo que me lleva directamente a la comicidad de Apartamento para tres, basada casi exclusivamente en confusiones de un tono sexual ligero motivadas por la forzada situación pergeñada por los guionistas. Jack es un joven cocinero a quien los Roper, los famosos caseros del apartamento (en efecto y al igual que en la versión inglesa, tendrían su spin-off), le permiten vivir con Janet porque creen que es gay. El amigo de Jack, Larry (Richard Kline) es un vendedor de coches que responde al tipo de semental hortera. Y los papeles de Sommers, Harrison y Barnes son simple y llanamente los de rubia tonta.

Su aire de telecomedia bobalicona de los sesenta, estilo I love Lucy, pero actualizada mediante argumentos más picantes, hoy resulta escandalosamente artificial. Apartamento para tres tiene poco o ningún interés en convertirse en retrato de nada o nadie. No hay interés en reflejar problemáticas sociales, o en incluir actores de otras razas en rol alguno, ni mucho menos en desarrollar tramas sofisticadas. A cambio, toman partido la comicidad puramente física, el slapstick, las caídas y golpes, los frecuentes guiños directos al espectador y, por qué no decirlo, los personajes simplemente estúpidos pero finalmente entrañables. En ella, todo es una simple excusa para explotar la teatralidad de la comedia de situación. Una fórmula fundamental a la que se añade, quizás, la heredada de otra de las instituciones de la comedia televisiva americana, Los Tres Chiflados, así como de mil éxitos arraigados en la cultura popular estadounidense. Ese  humor simple ahora puede causar sonrojo, debido a unos enredos sin interés en establecer vínculos con la realidad. Algunos lo llamarían frívolo, yo prefiero llamarlo elemental. Mirar con aires de superioridad nuestros orígenes me parece igual de poco saludable que dejarse llevar por la nostalgia.

Y una última cosa: John, allí donde estés, sigue tocando las narices a los Roper.

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